"Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres."

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.



16 de mayo de 2016

Compartición





Amo el maniquí. Su presencia respeta mis días y acoge mis noches. La claridad que emana de él es imperturbable. Incluso en medio de la oscuridad, cuando apago la luz, permanece fiel. Siempre lo he tenido como guardián de mis desventuras y cómplice de mis placeres. Cuando me he sentido vacío he contemplado su serenidad y me ha llegado una voz recóndita alentándome. Si la euforia me embarga percibo que él también se alegra. Los días no pasan por sus facciones hermosas ni alteran el porte estilizado de su figura. Pero últimamente tengo la sensación de que me acecha. ¿No estará conforme con el papel contemplativo y trata de romper su propio molde? Me envía mensajes equívocos. Al despertarme en la negrura de la habitación su rostro destaca con una albura perfecta. Me concentro en leer y hace girar de modo imperceptible y pausado su cuerpo de maniquí como si quisiera seguir mi lectura. Si hablo por teléfono se dobla tratando de captar la conversación. Al estirar mis brazos para relajarme da la impresión de que aquellas manos de dedos exquisitamente cuidados se extienden a su vez para rozar las mías. Y esta conducta paralela de un ser inerme genera una dependencia casi marital con él.

Mi amiga oriental ha venido unos días a visitarme. Sabe cuánto me gusta coleccionar objetos que se tiran y cómo los doto de nuevos significados. Dice que todo lo que se ampara de cuanto otros desechan es como si se estrenara. Al no dejar a la intemperie o para el basurero este maniquí, dice con sorna, es como si hicieras caridad. Aunque creo que lo tienes demasiado mimado. Y además puesto que todas las noches las pasas con él, seguro que sabe de ti más que yo misma, dice incisiva mirando de reojo a la figura inmóvil. Le sacaré de la habitación mientras pasas conmigo estos días, le he respondido con apuro a mi amiga. No, se ha apresurado a responder tajante, ni se te ocurra. Será como otro amante, un amante pasivo. Que mire, que se estremezca, que pase envidia, que disfrute como un voyeur en la penumbra.

Me da miedo mi amiga cuando habla de este modo, sin caer en la cuenta de que la enigmática efigie se entera de todo. El maniquí es una decoración, le digo, entre tú y yo sobra, de la misma manera que son secundarios los demás objetos de la casa. Pero mi amiga insiste en jugar conmigo. ¿Qué temes? ¿Que tengas que elegir entre ella o yo? En mi país no concedemos tanta importancia a las imágenes, no nos importa que nos observen, que nos vean comer, reñir, emocionarnos, hacer el amor. Las llevamos tan incorporadas que no hay distancia. La distancia siempre separa y nos hace extraños. Nuestras imágenes se alimentan cuando nosotros comemos, ríen cuando reímos, trabajan cuando nos sumergimos en nuestros oficios, se excitan cuando retozamos, repiten los mantras cuando nosotros los recitamos. Mi amiga habla con un tono firme, casi convincente. Ganas me dan de recordarle que yo no soy un oriental y que estoy acostumbrado a los distanciamientos, aunque no repudie la proximidad. Pero callo. Hay algo en la propuesta de mi amiga que me invita a dejarme llevar.    

Tu madurez te hace tan hermosa, digo a mi amiga mirando el eje de sus ojos curvados. La música es tenue, ni antigua ni moderna. El sake que hemos bebido con la cena es tan lábil como afilado cuando recorre nuestras venas. La mujer, ungida por el mismo ardor, sabe que ha llegado el momento de dejarnos fluir el uno en el otro. Ella desea exigirme y a su vez exigirse. No estés tenso, me recomienda con dulzura. Mires o no mires al maniquí su presencia es inevitable entre nosotros dos. No podrás evitarlo. La conducta cariñosa de mi amiga desplaza mi incomodidad. Ya verás, me dice al oído, cómo no distinguirás si soy yo la que atravieso tu cuerpo o él quien se te ofrece. Me sorprendo de que mi extrañeza se diluya. No es el sake, no es el calor de la cena, no es la manera de rodearme mi amiga con su cuerpo, no es su voz que se apoca lentamente para convertirse en una especie de arrebato en que la musicalidad la ponen nuestros sentidos. Ambos flotamos sabiendo que, de alguna manera, somos tres. 

Cuando he despertado el sol arañaba las hojas de la persiana. No he roto el silencio pronunciando nombre alguno. Ni mi amiga oriental ni el maniquí habitaban ya la tibia soledad de mi cuarto.






14 comentarios:

  1. Despertar es el momento más arriesgado del día. Ya lo sabía Gregorio Samsa.
    Un abrazo
    Francesc Cornadó

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    1. Exacto. Aunque el señor Franz solo hubiera escrito el principio la novela ya valdría por sí misma. Un abrazo.

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  2. al abrir los ojos, todo sigue rasgado

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    1. Y por más que intentas poner líneas rectas, qué difícil enderezar lo rasgado.

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  3. Creo que no sobraba nadie en esa mínima trilogía. Con el tiempo, la tecnología se meterá en nuestra cama y podremos comentar mientras disfrutamos de un aperitivo sexual de ojos rasgados.

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    1. ¿No está metida ya? Anda que no hay relaciones virtuales en abundancia por nuestras vidas...

      Lo del aperitivo me ha gustado, ¿es que al final el maniquí será más decisivo que un/una acompañante carnal?

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  4. No sé si estaria cómoda con un maniquí en mi habitación...Puede ser bello como un obra de arte, però le falta lo principal: VIDA!!!
    Besitos.

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    1. Pero si los seres humanos proyectamos parte o todo de nuestras vidas en cualquier objeto...de la misma forma que a otro sujeto lo trocamos en cosa... ¿o no?

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  5. A veces el maniquí se mueven y habla. No hay que dejarse engañar, será otro ejemplar de la serie "humana" que anda por estos mundos con su apariencia de realidad. Dicen que quien ha vivido con un falso maniquí, está condenado a la inanidad de por vida.

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    1. Y es que también hay maniquíes que respiran y hablan pero ni tienen mucho oxígeno ni apenas saben comunicar nada. ¿O nos invade el mundo de los maniquíes? No sé, no sé.

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  6. En el plural es absurdo decir yo.
    Un saludo

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    1. Acostumbrémonos a decir Yos. Saludo, Anacanta.

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  7. En realidad el sentido posesivo reduce posibilidades pero no elimina los fantasmas.

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    1. De acuerdo, el oscuro sentido de propiedad de las emociones reduce el Yo y amplía los fantasmas, fácil.

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