"Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres."

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.



15 de octubre de 2016

Vuelta a Aomori


(Eikoh Hosoe)



¿Sigue teniendo su estudio en el mismo Shinjuku?, le pregunta Ito Kabane al anciano de vuelta a la ciudad. Sí, lo tengo, responde el fotógrafo, pero piso lo justo por él. Está en el distrito más expuesto, imagina, aunque también más entretenido para desarrollar la mirada. Durante años trabajé dentro y fuera del estudio. Pero lo que me gustaba era hacer sobre todo trabajo de campo. Los vecinos me respetaron siempre, algo que el casero que tenía entonces no hizo. Incluso se brindaban gratuitamente a dejarse fotografiar. Te sorprenderías qué clase de gente vive en una zona así. Muchos son vecinos de tránsito, los hay desalojados a la fuerza de otras partes, bastantes incluso se esconden porque son perseguidos por la ley y por bandas de pésima calaña. Naturalmente queda gente de edad avanzada que nunca ha prosperado, y las parcelas donde sobreviven son objeto de la codicia constructora. Muchos no tienen ya hijos o, si los tienen, escasamente los ven. Ito le escucha con atención y, aunque es cauta, no puede inhibirse de preguntarle directamente. ¿Cómo se ha llevado con la otra gente, la más peligrosa? Es cosa de saber estar, de permanecer receptivo y no presumir con ellos de nada, dice Tatsuaki. Pero para mí es algo natural. Les he escuchado siempre, me he interesado hasta por personajes en plena autodestrucción. Saben que su vecino fotógrafo nunca se ha enriquecido. Si me han pedido favores que tuvieran o no relación con mi oficio yo se los he hecho. Algunos jóvenes han prosperado como modelos por fotos que les hice en el momento oportuno, pero después desaparecieron de allí y se perdieron en distritos más elegantes de Shinjuku o del resto de Tokio. Es verdad que hay gente especialmente desesperada, yonquis a los que les caigo bien sin mayor motivo, prostitutas que desean que mi cámara les rescaten de su ajamiento, delincuentes que te piden que abogues a su favor cuando les detiene la policía. Los más agresivos suelen ser hombres que llevan sin trabajo algún tiempo. Nunca he preguntado demasiado, ¿sabes? Tal vez me han visto como un tipo discreto. La joven interviene. Pero seguro que las fotografías que haya hecho a esa gente les tiene que haber cautivado, ¿no? Con la maestría que tienen sus imágenes seguro que les mejoró. Tatsuaki salta enérgico. No, en absoluto, yo no mejoré nada. Les capté siempre tal como se mostraban y ellos lo asumían. Era como si al verse en sus actitudes, o en sus maneras de moverse, o en su aspecto físico, eso les permitiera reflexionar más profundamente. Lo interesante es que ellos me hablaban de sí mismos. Nunca interpretaron que yo les sacaba mal, se aceptaban como eran, si bien a veces exponían opiniones críticas sobre su estado. He visto quejas, también lágrimas, también silencios desgarradores. La mayoría se atemperaban cuando comentábamos juntos las fotografías, y acababan agradeciendo verse fijados en un papel. Cuando yo les regalaba las fotografías siempre me decían: le debo una, maestro. A mí me produjo siempre tanta vergüenza que me llamaran maestro. ¡Si eran ellos los que me estaban enseñando de la vida! ¡Si eran sus depravaciones o sus miserias o sus exasperaciones las que me hablaban del verdadero mundo, el de los individuos!

Ito Kabane observó la contenida irritación del hombre. Sus ojos lo atravesaban y lo envolvían. Si él se dio cuenta, disimuló, aunque un ligero rubor atezó su rostro. La mujer habló enérgica. Quiero que usted descubra mis depravaciones y mis desesperanzas, Tatsuaki. Quiero saber cómo es la mujer abyecta que llevo dentro, la mentirosa, la dañina. Quiero que su cámara fotográfica sea mi diván de psicoanalista, que me vea y que me haga ver. El viejo fotógrafo exhibió una sonrisa amable que mecía. No me veo analista de nadie, joven Kabane. Pero si mis ojos no me lo impiden y mi pulso para tomar las imágenes no me traicionan trataré de llegar donde me dejes. Tatsuaki se cortó. Tal vez había hablado demasiado.



9 de octubre de 2016

Visita a las bahías


(Issei Suda)


Desde el extremo más avanzado de Chinzan se pueden contemplar las bahías. La de Aomori y la de Mutsu. Le he traído a este lugar, le dice la joven al anciano, porque es un punto intermedio entre dos paisajes gratos. Como todo en la vida, dice él, si te sabes situar a tiempo entre dos territorios no solo tendrás perspectiva para decidir sino también altas posibilidades de que lo que elijas sea correcto. Pero, eso, ¿cómo se sabe? pregunta la expectante Ito Kabane. ¿Antes de ir? ¿Mientras localizas el punto y te sitúas adecuadamente? ¿O solamente es una conclusión que el desenlace te va a permitir aclarar? El anciano fotógrafo matiza. Nada hay determinado de antemano, dice convencido, ni por estar en una zona de la vida ni por el tiempo que te toca vivir. Lo que parece seguro hoy puede que mañana esté revuelto. El tiempo que crees disponer se te puede escapar de las manos de modo inesperado. Buscamos lo equidistante para decidir una elección pero a veces ésta se improvisa. Y un minuto puede ser más resolutivo que todas las horas que te hayas tomado pensando en afrontar un problema. Aquí sí que estamos bien situados, dice la modelo. Son dos bahías del mismo mar y si se cierran los ojos y se abren de golpe se tiene la impresión de que solo hay una. ¿Es una trampa del ojo o una figuración del deseo de recrear la belleza, que todo lo unifica de modo caprichoso, maestro? El fotógrafo miope la mira con atención. ¿Cómo eres capaz de ver lo exterior con esa agudeza?, le dan ganas de contestar a la mujer. Responde tu misma, le dice. Cuando uno se hace una pregunta ya lleva incorporada la respuesta. Sucede parecido con la mirada. Las respuestas del paisaje están ahí, como lo están los cuerpos, los movimientos, los comportamientos de las personas que suscitan emociones contrapuestas. Pero, ¿lo captamos todo tal cual es? ¿O la mente, que utiliza el vehículo de la mirada, lo altera y apenas interpretamos con parcialidad lo que existe por todas partes? Hay engaño, por supuesto, pues tendemos al artificio y lo sublimamos para tratar de que las cosas sean de nuestro gusto. ¿No es eso traicionar el honesto ejercicio de capturar una imagen en el empeño por conocer su entraña?, dice Ito. La imagen siempre es imagen, contesta el fotógrafo. Algo fluctuante, ni totalmente auténtica ni en absoluto falsa. Es, sobre todo, percepción. Diría que percepción intencionada. Pero un fotógrafo que quiera ver, y no solo dejarse seducir por la imagen, debe luchar contra el ridículo sentido de propiedad sobre lo real que embauca a todos. ¿Sabe, señor Tatsuaki?, dice la mujer con desenfado. Creo que le he traído hasta este mirador para contemplar las ideas de nuestro propio mundo interior. Es como si al aprender de usted mi visión se complementara. Tatsuaki estuvo a punto de soltar una carcajada. No, mi joven modelo, nuestro mundo personal no existe ahora. No tendría sentido llegar hasta esta parte del país, que yo no conocía, y no dejarse absorber por ese horizonte que se disuelve ante nuestros ojos con su belleza insólita. 

La joven Ito Kabane se apoyó en el hombro del anciano. Ambos pusieron sobre las cejas la palma de una mano extendida, a modo de visera. Ojo avizor a la luz que secuestraba al océano y que difuminaba las costas.


  

1 de octubre de 2016

El fotógrafo propone


(Nobuyoshi Araki)



¿Posarías para mí como si fuera mi último trabajo?, preguntó el hombre con extrema y ruborosa lentitud. Del té ascendía una cortina humeante versátil, placentera, que envolvía los gestos y las palabras. En la ascensión de aquel aroma el rostro de ambos se dividía diametral. Un perfil del anciano se separaba para ir a encontrarse con el otro lado de la cara de la joven, que se había a su vez segmentado. Era una visión extraña que solamente para quien ha adquirido mucha experiencia contemplando con detalle los objetos no pasa inadvertido. El anciano lo había experimentado otras veces y se lo hizo saber a Ito Kabane. Si observas, le dijo, entre el humo se acaba de configurar un nuevo rostro. No nos pertenece del todo a ninguno de los dos, pero a su vez es una nueva imagen efímera tuya y mía. La tez pálida de la mujer se encendió pero el comentario resultó hipnótico. Su silencio no estuvo exento de un grado misterioso de concentración. Es verdad, a través de este humear veo un rostro que no es ni joven ni viejo, ni masculino ni femenino, ni hermoso ni feo, ni alegre ni triste, ni preocupado ni indolente. Es como si los principios duales de la vida adquirieran otra dimensión, ratificó la joven con voz tenue. Hay más, intervino él. Si nos miramos fuera de este vapor también advertiremos otra mitad de la cara en cada uno de nosotros. No debes asustarte. Es el lado impasible, inseguro pero defensivo que lucha desde nuestras facciones para proteger las emociones y los sentimientos que las azuzan. Pero yo creo que es un lado falso, un lado que se resiste a manifestar la vida que cada cual lleva dentro de sí. Una parte que trata de resignar al que se encuentra viejo, apurando sus posibilidades, y que vuelve indeciso a quien se considera joven, limitando sus osadías. Naturalmente, debes captarlo en su fugacidad, con el espacio que existe más allá del fondo de la retina, y que sortea los recuerdos y frena las vagas asociaciones de ideas. Ito Kabane cerró los párpados en un intento de sujetar una visión prácticamente inaprensible. Ni confirmó ni negó el comentario del hombre. ¿Quiere de verdad fotografiarme, Tatsuaki?, le preguntó con cierto azoramiento. Mire que tendrá que escoger qué lado visible u oculto de mí misma debe descubrir. Me gustaría mucho registrar la imagen que otros fotógrafos no habrán captado, incluso aquella que tú no hayas visto jamás por mucho que te mires en los espejos y te recrees con las páginas de las publicaciones donde ha aparecido tu cuerpo, le contestó con firmeza el fotógrafo senil. Si poso para usted, Tatsuaki, dijo la modelo entrando en un bucle de amor propio, no es para mostrarme en la alteridad aparente con que me he exhibido en otras ocasiones. Si poso para usted, debe comprometerse a revelar la naturalidad que algún día perdí. Con usted no quiero ser una modelo más. Asegúrese de que aguzará su mirada, maestro. ¿Cómo?, dijo el anciano con tono templado. ¿Aún no te habías dado cuenta de que ya lo vengo haciendo desde que nos conocimos en el tren?





22 de septiembre de 2016

El cazador cazado


(Daido Moriyama)



¿Por qué me ha contado esa historia?, dijo la joven viajera cuando el tren se acercaba ya a destino. Es una historia de salvajismo muy antigua, ¿no? El fotógrafo jubilado Tatsuaki sonrió con benevolencia. Es una historia antigua y es una historia que se repite una y otra vez, sin duda, le respondió. ¿Cree que el instinto depredador está presente en nuestros días?, insistió con disimulada ingenuidad la chica. ¿A ti qué te parece?, dijo él, con el amargo aplomo de quien sabe que ha visto y padecido de todo. El instinto de cazador o del que defiende territorio no solo es algo personal, que fluye por las venas de cada individuo de este mundo. Es también un comportamiento colectivo que suele traer grandes desgracias, como bien supimos en nuestro país en tiempos no muy lejanos. ¿Quiere decir que usted mismo sintió cierta ferocidad dentro de sí?, arriesgó con osadía la joven. No solo la sentí sino que me presté al ensañamiento, como millones de compatriotas. Pero aun  cuando no se llegue todos los días a ese extremo, es innegable que el humano vive para el territorio y la caza cada día de su vida. O, dicho de otra forma, su vida es la búsqueda de las satisfacciones y el aseguramiento de sus posibilidades. A veces con dureza y con elevado coste. Cierto que las formas han cambiado. La apariencia de seguridad oculta el latente instinto. El acceso a los bienes simula nuestras debilidades. El despliegue de medios y mercancías, como nunca había conocido antes la humanidad, casi hace creer que hemos alcanzado un paraíso. Pero el hombre sigue siendo, en esencia, un primitivo que tiene que ganarse el pan de cada día. Y esto que te digo sirve tanto para hacer frente a sus necesidades de disponer de una forma física de vida como para las interiores de su espíritu, las que rigen las emociones y los afectos. Somos competitivos hasta la médula, se explayó Shintaro Tatsuaki. ¿Usted ha tenido que luchar mucho, verdad, señor Tatsuaki?, preguntó con una mirada incisiva la joven. ¿Acaso tú sabes lo que es luchar?, respondió con cierta ira el fotógrafo. El tono empleado por el anciano era áspero pero no desprovisto de comprensión y, sobre todo, de ternura. He tenido que pelear para salir adelante con mi familia en aquel distrito abandonado en que crecí, he tenido que arriesgar cuando nos llevaron al matadero, y luego tuve que reiniciar la vida como muchos otros adaptándome a trabajos sin fin. Me consuelo al pensar que sin todos los avatares, de los que no salí malparado del todo, no hubiera logrado aferrarme al mundo de la fotografía. El silencio de la chica inquietó al anciano. Temió que ella se sintiera dolorida y que no quisiera continuar hablando. Se avergonzó de sí mismo, pues no se consideraba hombre de reproches. ¿Sabe lo que me gusta de usted, señor?, preguntó ella con un tono relajado. Que no da la impresión de que la vida le haya vencido. ¿Acaso la fotografía le rescató de todas sus etapas de atrocidades?

El Shinkansen entraba ya en Aomori cuando los dos compañeros de viaje se levantaron para despedirse. Me llamo Ito Kabane, dijo la mujer. Tal vez podríamos tomar té un día de estos. ¿Ito Kabane como la modelo?, dijo el hombre. Soy la modelo, precisó la joven Ito, y, ¿sabe?, me alegro que un observador como usted no me haya reconocido. De esta forma usted me ha visto como la que soy, no como la que aparento en las fotografías. Tatsuaki enmudeció, algo avergonzado por no haber sido capaz de distinguir, él, que tanto había presumido siempre de su ojo largo. Disculpa, le dijo. Mi capacidad de visión no es lo que fue. En realidad se escudó en la visión inmediata, marginando la capacidad de retentiva que había tenido en el pasado. Le prefiero así, dijo con audacia la mujer. De esta manera ha sabido verme con más profundidad de campo, ¿se dice así?, que todos los demás fotógrafos que solo buscan en mí el cuerpo y la pose. Tatsuaki se emocionó pero no lo dejó entrever. Me alojaré en el Sukayu, dijo escondiendo su mirada triste de miope a la mirada escrutadora y honda de la chica.




9 de julio de 2016

Cazadores


(Jacob Aue Sobol)



Dos humanos se encuentran en la noche de los tiempos frente a frente. Cada uno con su caracterización, cada cual con su ferocidad. La primera sirve para potenciar a la otra si acaso no es suficiente el despliegue de su naturaleza. 

Desde las máscaras, también desde sus sonidos profundos y secos, se miran y se escrutan. Los colores pronuncian la fiereza de la musculatura del rostro. El momento es tenso, difícil de controlar. Están al borde de una presa cercada. No se sabe quién logrará abatirla, o si va a salir indemne de la situación por sí misma. El afán de los dos hombres por conseguirla se justifica en la necesidad de supervivencia. Pero la pieza se ve impulsada por sus propias leyes biológicas y se lo va a poner difícil. No lo tiene imposible. Por instinto sabe que los dos hombres no están de acuerdo, que van a competir entre sí. Ahí, el animal acorralado, jugará una baza despierta. Confiará en el instante oportuno y en su agilidad. 

A los hombres no solo les incentiva la posesión inmediata como tal de la presa, sino también quién de los dos va a llevarse el trofeo y con él la fama. Esto último les estimula tanto o más que la caza, pues el que logre el objetivo será reconocido al volver a casa. Ser reconocido no es un mero ejercicio de gratitud por parte de la tribu. En ella será más influyente. Los hombres se tantean en la distancia. El triángulo con la fiera es desigual. El cálculo de posibilidades no garantiza un triunfador claro. ¿Son más potentes las armas humanas que las defensas del animal acorralado? ¿Se impondrá la táctica pensada de los hijos del clan a la reacción instintiva, pero bien dotada, de la presa? 

El triángulo se torna circular, nunca la geometría fue tan móvil y cambiante como en su aplicación efectiva. El impulso humano es dual. Cada individuo no se las ve solo con una presa sino con dos. A una hay que domeñarla hasta el exterminio para alimentarse y proveerse con sus derivados. A la otra, competidora neta, hay que doblegarla. Hacer que hunda sus rodillas en el fracaso tal vez acarree también la muerte. Y siempre el desaire de los suyos. Algunos de los propios ya han pasado antes por ello y en lugar de ignorar al cazador cuando pierde partida y vida prefieren convertir a su hermano en una víctima del esfuerzo y el interés por el clan. La palabra héroe no se ha inventado, pero la leve idea flota en el ambiente. Es más práctico para la corriente tribal disponer de muertos exaltados que despreciados. 

¿Cuánto durará el acecho a tres bandas? No parece que exista el tiempo, pero éste ha sido un elemento decisivo desde el principio de las vidas. Puede llegar una tormenta, o simplemente la noche. Pueden aproximarse nuevos competidores o tal vez otros animales que hagan causa común con el que se apartó de la manada. Tomar una decisión sitúa a hombres y animal en el mismo plano, incierto, inseguro. Todo va a depender de un reflejo. Los hombres tienen claros sus pertrechos, aunque desconocen quién es más capaz para utilizarlos. La bestia, recluida en su propia constitución, resistente y no menos poderosa, sigue confiando en la división de los cazadores. El cerco se prolonga. Los hombres empiezan a cansarse del tanteo agotador. La duda prende en sus cada vez más aparentes muestras de ensañamiento. ¿Es real la violencia que pregonan entre ellos o empieza a ser un baile ritual del que nunca contarán la verdad cuando retornen perdedores? 

El animal se crece a medida que los aguerridos humanos suavizan sus muestras de agitación. Quiere abrir un hueco por donde escapar. El instinto le dice que puede ir contra uno de los cazadores, pero no le aclara si el otro va a a provechar la ocasión y acabar con él. Sin bajar las armas, los hombres profundizan sus miradas, realizan gestos diferentes con sus manos. Ofreciéndose. Un tú a tú de propuestas veladas. Tras sus mejillas pintarrajeadas, se lanzan a un entendimiento emitido y captado a la vez. Es como si ambos dijeran: primero la pieza, la posibilidad es única. Es como si dialogaran: el animal es grande, nos lo podemos repartir. No quieren rebajar el tono de sus maniobras. Mantienen su exageración agresiva, que el animal no perciba un cambio de actitud. De pronto, los dos hombres colaboran y el acuerdo rompe el ritmo refrenado que hasta ese momento tenía la caza. La presa se desplaza hacia atrás, los hombres se le aproximan. Por un instante se produce un equilibrio perfecto en que no se distinguen los géneros. ¿Prevalece el instinto o la inteligencia? Con sus bufidos el animal hace retroceder a los cazadores. Con la exhibición de sus armas los cazadores condicionan a la bestia. Gritos hoscos y golpes secos con los pies de unos se mezclan con el desasosiego furibundo del cuerpo de la fiera. Ella está a punto de jugarse el todo a una carta y saltar sobre sus contendientes. Ellos se debaten entre la claridad del objetivo y la obnubilación que les causa su sangre ardorosa.

En ese momento el tiempo se para.


29 de junio de 2016

En el Shinkansen


(Daido Moriyama)




¿Le interesa de manera especial la fotografía, señorita?, preguntó el célebre fotógrafo anciano Shintaro Tatsuaki, arriesgando, a la joven que se había sentado enfrente. La mesa del vagón comedor del Shinkansen a Aomori era amplia y los asientos cómodos. ¿Lo dice porque contemplo atenta el paisaje?, respondió cortés ella. Shintaro Tatsuaki ya no era el hombre comunicador que había sido en años anteriores. Mucho menos el seductor que se descubrió a través del trabajo de fotógrafo profesional, que algunos llaman artístico. El cansancio había mellado su resistencia, aunque subsistía en él un talante receptivo que suscitaba confianza. Le intrigó la manera de mirar de la joven. Observa mucho, le respondió, y tengo la sensación de que sabe hacerlo. No es una mirada superficial la suya. Lo registra todo, pone el ojo y elige. La joven se lo agradeció con una sonrisa pudorosa. Oh, ya no es igual que antes. La velocidad del tren ha modificado mi mirada sobre el paisaje. En cierto modo, precisó, podría decir que miro más a la cercanía de los individuos. Y, no crea, en contra de lo que parece los rostros de las personas son mucho más difíciles de profundizar que los paisajes. Descubrir, y no digo admirar, lo que hay tras ellos es un desafío que me convierte en una voyeur sumamente indiscreta. Shintaro se sintió de pronto iluminado. Alguien que habla con sinceridad sobre la importancia del saber mirar, pensó, debe merecer la pena. Aunque yo casi esté al borde del retiro, una persona así debería ser mi discípula, se tentó.

La idea repentina de dar nueva vida a su trabajo de años, apoyándose en otro individuo, le pareció que tenía mucho de relación entre ciego y lazarillo. Agradeció que la joven fuera tan abierta. Se lo hizo saber. La actitud conversacional se ha perdido hoy día entre los que pueblan las megalópolis, comentó. Son muchos pero están muy lejos unos de otros. Ya ve que no todos, dijo ella. Nosotros somos la excepción. Shintaro necesitó confiarse a la mujer. He dedicado mi vida a mirar y a reflejar lo mirado. Trabajo ya poco, ciertamente, pero he fotografiado lo que es obvio y me ha interesado menos y también lo que se oculta tras la apariencia física de las personas o de sus conductas. Lo mismo puedo decir de un paisaje rural, de una ciudad industrializada, o del mar. Ella se asombró. Pero el mar es monótono, intervino. No crea, revela más de lo que cree sobre la esencia de la naturaleza, replicó Shintaro. ¿Más que un individuo? Más, mucho más. El mar no se deja adulterar como los hombres por los temores, las vanidades, los compromisos o la ansiedad. Aunque debo reconocer que cuando atraviesas a una persona descubres en ella algo de mar. El anciano fotógrafo sintió que su imagen quedaba imantada en las pupilas de la mujer. Por unos instantes, ni uno ni otro hablaron. Se escrutaron con suavidad, de ojos turbios a ojos expectantes. La joven disolvió aquella partícula de fascinación mutua. Por lo tanto, habrá fotografiado muchos mares, conocerá sus calmas y sus turbulencias. Habrá visto galernas devorando hombres y el dúctil oleaje abandonando generosamente en las playas a los supervivientes. Dígame, también habrá fotografiado a innumerables mujeres, ¿verdad? 

Shintaro Tatsuaki sintió que crepitaba su propia mirada. Dudó. Luego habló con dulzura. Joven, ¿me está pidiendo que le devuelva mi agotada mirada sobre usted misma? No hubo un silencio acerado, pues la pleamar que proponía la mujer era acogedora. Pruebe, le respondió ella con audacia, mientras desenvolvía con parsimonia su bentö, ese preparado de comida que dan en los Shinkansen y que parece un juguete.





11 de junio de 2016

El guionista


(Robert Capa)




No te engañes, aseveró displicente mi amigo Jan Bierce, el guionista, mientras desayunábamos. Escribimos sobre el amor los que no amamos. ¿Cabe algo más inapropiado? Eso os permite mantener la distancia, ser más objetivos y valorar con fiabilidad algunos ángulos de visión que no podrían tener los escritores enamorados, comenté yo puntualizando un pensamiento que ambos compartíamos. Sí, pero, por otro lado, corremos el riesgo de salirnos de la realidad, exagerando con la crudeza de un realismo exacerbado, matizó Jan. Podemos estar imponiendo diálogos a unos personajes que acaso reflejan más nuestras desconfianzas y frustraciones que lo que vive la mayor parte de la gente. Y ya sabes que en nuestro oficio nos debemos a la aceptación por parte del espectador.

Cada vez que Jan se pone en marcha para elaborar un guión comparte ideas conmigo y no podemos evitar que iniciemos un nuevo debate sobre el mundo. Para mi amigo no se trata solamente de escribir de corrido un mamotreto que luego van a pulir otros antes de dar el visto bueno. Necesita durante el proceso mantener viva una suerte de tertulia llena de ideas, de confrontación serena sobre lo luminoso y también de controversia apasionada acerca de lo oscuro que habita en el espíritu humano. Suele decir que el tema de la guerra, por ejemplo, siempre resulta más sencillo de tratar. Es como si por su propia definición no hubiera demasiadas salidas inverosímiles y se acertara a describir de plano el horror o la barbarie de unos hombres contra otros. Todo está abocado a la destrucción, de cuerpos y de emociones, eso marca lo que se vive en la guerra, dice un Jan vehemente.

Yo pienso que la violencia también habla de manera diversa y significativa sobre el hombre. Incluso ese tipo de violencia en que parece que la sociedad, los Estados, las creencias y cada individuo son un solo engendro que ha enloquecido. Y que, a pesar de lo perverso que es invadir territorios y aniquilar seres, los hombres, en el fragor de la vorágine, crean márgenes en los que el escepticismo anida, el hastío hace mella, la discrepancia asoma el hocico y la fragilidad de cada hombre puede saltar con brusquedad. Pero a Jan no le gusta ceder con facilidad. Aun teniendo un pasado diferente, insiste, los hombres que participan en una guerra se ven abocados de manera circunstancial o prolongada a un oficio tenebroso que los anula. En la misma línea, la población civil que sufre las consecuencias también hace frente a una alteración, que puede llegar al exilio forzado, aunque se aferre con todas sus fuerzas a recordar con añoranza la normalidad que les precedió. Una forma de vida de costumbres pacíficas en la que, si bien había diferencias y enfrentamientos, todo se resolvía cediendo pacíficamente. Pero la guerra es otra cosa, reprime sentimientos, encierra nostalgias, provoca odios que antes no se habían sentido. Y, lo que es sumamente trágico, hace que la gente se sienta perdida, hasta el extremo de delegar el diálogo y el buen hacer cotidianos en esas figuras falsamente literarias del combate y de la siempre abominable aunque deseada victoria. Terrible aspiración ésta que muchos verán abortada por el infortunio.

Recordar los tiempos felices, suelo decir a Jan, aunque vayan quedando alejados, siempre remite a alguna incierta clase de esperanza para la gente que sufre. ¿Qué harían los masacrados civiles si perdieran el vínculo con el pasado? ¿Cómo alimentarían ilusiones de supervivencia los inquietos e ilusos combatientes si no hablaran entre ellos de la vida tranquila que habían conocido anteriormente? ¿Qué futuro, si llega a haberlo, podría perseguirse de no triunfar a su vez un hondo sentido de la añoranza y de lo que fue posible vivir sin terror? Un guión bélico, le digo, proporciona mayor facilidad de tratamiento si se ignoran todas estas cosas y se reduce todo al enfrentamiento descarnado y a idealizar los mitos épicos. Pero la complejidad de los individuos, aun soterrada, está ahí, aflora y eso lo debes tener en cuenta a la hora de escribir un guión que merezca la pena.

Jan Bierce, amigo de toda la vida, amante con altibajos y lagunas, se queda callado cuando el debate llega a ciertos extremos. En ese momento puede levantarse y salir o revolverse buscando nuevos argumentos. Sigo pensando que los guiones que describen historias de amor son más enrevesados, opina Jan. Nunca hay una perspectiva única. Encontrar el punto equilibrado al narrar situaciones de afinamiento o de rechazo entre dos humanos que se acercan y se soportan voluntariamente, nada que ver con el forzoso comportamiento en una guerra, resulta complicado.  En las historias de amor la voluntariedad de los individuos es decisiva. ¿Cómo no reflejar los movimientos repentinos de afecto o de desaire que se dan entre dos seres? ¿Cómo no describir sin demasiadas concesiones a la sensiblería aquellas afecciones producidas  a causa de una entrega o de un abandono? Por no hablar del roce y el desgaste cotidiano a que una pareja se somete tras haberse elegido libremente. A los humanos les califica más los roces que la armonía. Oye, Jan, le digo un tanto agotada por la discusión,  ¿acaso olvidas que también hay mucho de anulación de personalidad entre los amantes? ¿Que uno se impone al otro? ¿Que alguien de ellos, o los dos, se sacrifican en el altar de las obligaciones y los desencantos?

La mirada que Jan Bierce me echa es como una mano férrea que me tapara la boca. Pero sé que, de un momento a otro, sus ojos de felino salvaje se van a tornar de oveja entregada. Hoy, no, me apresuro a decirle con cierta acritud, levantándome del sofá.






29 de mayo de 2016

El mal



(Jorge Molder)


No he dormido nada en toda la noche. El diagnóstico se hendía en mi mente como un puñal curvo. Las palabras pronunciadas ayer por el médico han hecho más oscuro cada minuto: no digo que no tenga solución lo suyo, pero no quiero tampoco que se engañe. Engañarme. A estas alturas de mi vida, acuciada por un número sucesivo e inagotable de falacias y celadas, pretenden aconsejarme la verdad. Mi propio mal puede ser la verdad. La única que tendré que asumir y ante la que me doblegaré como una pieza de caza abatida a medida que mis entrañas se desgarren. Crees que nunca va a llegar, que los secretos de la parte turbia de tu cuerpo no van a ser jamás revelados. Lo oías sobre otros y a ti te parecía estar a salvo.

Si algo tiene de cruel la noche insomne es que confunde y provoca. Acelera los latidos de la obsesión y del desconcierto. Activa el sentimiento ridículo de una culpabilidad que creías superada. Entonces piensas con una afectación malsana: yo he provocado mi propio mal. Te pones a revisar cada paso en falso, cada episodio de riesgo, cada práctica nociva de la que no se te hubiera ocurrido pensar que iba a dejar huella en ti. Aquellas correrías abusivas, tantos excesos que no te dejaban descansar lo suficiente, las demasiadas aventuras en que te ibas maltratando sin aceptarlo. La noche trae hasta ti a los personajes depravados de la vida, con los que te dejaste llevar sin límite. También se manifiestan los angelicales. Presencias inocentes, seres severos pero bondadosos, amigos altruistas, amores que, incautos, confiaron en tu entrega. Aparecen en la vigilia atormentada para ponerte en vergüenza y echarte en cara no haber corregido tu rumbo a tiempo.

La tabla de salvación que pretendiste llegó tarde. Ya estabas demasiado tocado para intentar la nueva vida de orden que aparentaste a los ojos de los demás. Es lo que tiene el mal, que te pone a repasar tu existencia, buscando claves del pasado. Pero tú estás aturdido, no te aceptas. Es lo que tiene la noche, que se alía con el mal y lo potencia. Los pensamientos se manifiestan como fogonazos y la cordura es vencida por una sensación de angustia que no sabes reconducir. Que no me engañe, pero que confíe en la ciencia, me recomiendan. De este modo se ha cerrado el discurso en boca del médico. Y me consuelo: al menos sus palabras deben servir para que tenga claro de modo definitivo que he traspasado un límite que probablemente hacía mucho tiempo que había transgredido. Me enojo hasta tal punto que mi habitante paralelo me llena de reproches. También de miedo. Siempre tememos afrontar nuestros fracasos, y el mal es uno de ellos. Acaso el más traidoramente justiciero. El que te sentencia. ¿Sirve de algo ahondar ahora en las vivencias que quedaron atrás? ¿Se salva uno por diseccionar las conductas que desviaron? ¿Es útil pedir perdón al individuo que pudo ser de otra manera y devino en la que te hace ahora padecer? Cualquier simulación mental sobre lo que podría haber hecho bien y no hice hará más profunda la herida del desasosiego.

Cuando amanece la habitación huele acremente. Percibes la pesadez de tus párpados. ¿Será el mal? Miras tu cuerpo, sudado pero sin marcas de eso que dicen que tienes. Tratas de recordar la consulta sanitaria del día anterior, pero las imágenes se muestran borrosas. Olfateas las sábanas, te reconoces en ellas, no te ves otro. Alguien te dijo una vez que la enfermedad es el otro. Tú le respondiste: no sé ser yo si no soy el otro. Mueves los brazos, extiendes las piernas, pasas la mano por tu piel en un ejercicio de reconocimiento. La capacidad de tacto que posees se desarrolló desde la infancia como un lenguaje clarividente. Una herramienta provechosa de conocimiento y, cómo no, de placer. Expulsas el aliento de modo compulsivo y la bocanada revierte como un bumerán del que te sabes propietario. No sientes la necesidad de abrir las ventanas para airear el ambiente. No deseas moverte con el fin de evitar que lo que aún permanece indemne se altere dentro de ti. No quieres que la parte más umbilical de tu pasado antiguo escape de tu cuerpo, donde dicen que se agazapa un mal del que no estás seguro si te lo han descubierto o si solo ha sido el dibujo caprichoso de una pesadilla premonitoria.




   



16 de mayo de 2016

Compartición





Amo el maniquí. Su presencia respeta mis días y acoge mis noches. La claridad que emana de él es imperturbable. Incluso en medio de la oscuridad, cuando apago la luz, permanece fiel. Siempre lo he tenido como guardián de mis desventuras y cómplice de mis placeres. Cuando me he sentido vacío he contemplado su serenidad y me ha llegado una voz recóndita alentándome. Si la euforia me embarga percibo que él también se alegra. Los días no pasan por sus facciones hermosas ni alteran el porte estilizado de su figura. Pero últimamente tengo la sensación de que me acecha. ¿No estará conforme con el papel contemplativo y trata de romper su propio molde? Me envía mensajes equívocos. Al despertarme en la negrura de la habitación su rostro destaca con una albura perfecta. Me concentro en leer y hace girar de modo imperceptible y pausado su cuerpo de maniquí como si quisiera seguir mi lectura. Si hablo por teléfono se dobla tratando de captar la conversación. Al estirar mis brazos para relajarme da la impresión de que aquellas manos de dedos exquisitamente cuidados se extienden a su vez para rozar las mías. Y esta conducta paralela de un ser inerme genera una dependencia casi marital con él.

Mi amiga oriental ha venido unos días a visitarme. Sabe cuánto me gusta coleccionar objetos que se tiran y cómo los doto de nuevos significados. Dice que todo lo que se ampara de cuanto otros desechan es como si se estrenara. Al no dejar a la intemperie o para el basurero este maniquí, dice con sorna, es como si hicieras caridad. Aunque creo que lo tienes demasiado mimado. Y además puesto que todas las noches las pasas con él, seguro que sabe de ti más que yo misma, dice incisiva mirando de reojo a la figura inmóvil. Le sacaré de la habitación mientras pasas conmigo estos días, le he respondido con apuro a mi amiga. No, se ha apresurado a responder tajante, ni se te ocurra. Será como otro amante, un amante pasivo. Que mire, que se estremezca, que pase envidia, que disfrute como un voyeur en la penumbra.

Me da miedo mi amiga cuando habla de este modo, sin caer en la cuenta de que la enigmática efigie se entera de todo. El maniquí es una decoración, le digo, entre tú y yo sobra, de la misma manera que son secundarios los demás objetos de la casa. Pero mi amiga insiste en jugar conmigo. ¿Qué temes? ¿Que tengas que elegir entre ella o yo? En mi país no concedemos tanta importancia a las imágenes, no nos importa que nos observen, que nos vean comer, reñir, emocionarnos, hacer el amor. Las llevamos tan incorporadas que no hay distancia. La distancia siempre separa y nos hace extraños. Nuestras imágenes se alimentan cuando nosotros comemos, ríen cuando reímos, trabajan cuando nos sumergimos en nuestros oficios, se excitan cuando retozamos, repiten los mantras cuando nosotros los recitamos. Mi amiga habla con un tono firme, casi convincente. Ganas me dan de recordarle que yo no soy un oriental y que estoy acostumbrado a los distanciamientos, aunque no repudie la proximidad. Pero callo. Hay algo en la propuesta de mi amiga que me invita a dejarme llevar.    

Tu madurez te hace tan hermosa, digo a mi amiga mirando el eje de sus ojos curvados. La música es tenue, ni antigua ni moderna. El sake que hemos bebido con la cena es tan lábil como afilado cuando recorre nuestras venas. La mujer, ungida por el mismo ardor, sabe que ha llegado el momento de dejarnos fluir el uno en el otro. Ella desea exigirme y a su vez exigirse. No estés tenso, me recomienda con dulzura. Mires o no mires al maniquí su presencia es inevitable entre nosotros dos. No podrás evitarlo. La conducta cariñosa de mi amiga desplaza mi incomodidad. Ya verás, me dice al oído, cómo no distinguirás si soy yo la que atravieso tu cuerpo o él quien se te ofrece. Me sorprendo de que mi extrañeza se diluya. No es el sake, no es el calor de la cena, no es la manera de rodearme mi amiga con su cuerpo, no es su voz que se apoca lentamente para convertirse en una especie de arrebato en que la musicalidad la ponen nuestros sentidos. Ambos flotamos sabiendo que, de alguna manera, somos tres. 

Cuando he despertado el sol arañaba las hojas de la persiana. No he roto el silencio pronunciando nombre alguno. Ni mi amiga oriental ni el maniquí habitaban ya la tibia soledad de mi cuarto.






1 de mayo de 2016

Desde las vísceras



(Karin Székessy)



Sé que no te esperabas esto, maldito. Puedes pensar que es mi manera de resarcirme de tu crueldad. Deberías agradecérmelo. Podría haber sido más contundente, pero debes vivir para padecer. Nunca sabrás en tu carne cómo me sentí yo todo el tiempo que te apoderaste de mi vida con total impunidad. ¿Te paraste a pensar en el mal que causaste a otros con mi desaparición, y que todos pensaron que había sido definitiva? El cuidado de la imagen externa y la culta exhibición de convivencia en los círculos de gente tan falsa como tú podía engañarles a ellos. Pero en las horas de tu actividad monstruosa, proyectabas tu verdadera identidad, transgrediendo mi cuerpo y el de otros con absoluta vileza. ¿Te satisfizo eso alguna vez? La excusa era sacarme información, obligarme a confesar lo que no era, forzarme a implicar a otras personas que eran tan inocentes como yo. Ni tú ni tus secuaces os creíais nuestra supuesta culpabilidad. No te ocultes tras tus jefes y sus órdenes. A ellos solo les importaba un castigo ejemplar, sin reparar en consecuencias. Más bien tratando de que se produjera el mayor exterminio posible. Enrolado voluntariamente en ese plan infame, yo, tu hembra única, como me denominabas, carente de la libertad más elemental de mí misma, fui un objeto para tu persistente depravación. Miserable, secuestraste mi edad, me arrancaste de la gente querida, me negaste la luz, me privaste de alimento, me condenaste a las noches de las alimañas, desvaneciste mi conciencia, anulaste mi voluntad, me entregaste a las bestias, deshiciste mi cuerpo, hurgaste en mis entrañas. De qué manera envidié la fragancia de la primavera cuando penetraba por las rendijas de mi cautiverio. Nunca sabrás en ti mismo cómo una saliva indeseable puede humillar la piel. Cómo una voz lasciva puede herir los oídos de quien es forzado. Cómo la amenaza puede quebrar la resistencia. Cómo los tormentos más sofisticados pueden aterrorizar los profundos rincones de la mente. Cómo la violación puede hacer odiar el disfrute de la vida. Llagaste con tus manos bárbaras cada palmo de mi cuerpo, maltrataste hasta el extremo mi desnudez. ¿Pensabas que yo iba a ceder a tus malévolos deseos? Podría hacer una descripción detallada del horror, pero lo resumiré diciendo que tú mismo eras horror. El hombre en el que todo eran sonrisas, que seducía a las bellas mujeres de aquella corte de delincuentes desprendiendo bonhomía, trocaba cada jornada sus composturas al atravesar aquel antro de criminalidad legal. El canalla que habitaba en ti se crecía y desplazaba la otra faz. Allí, conmigo, mostrabas el único rostro con el que crees sentirte consistente. Un rostro que un día se volverá contra ti mismo. 

Te he robado a la novia, pero no te preocupes, la compensaré de tu engaño. Es mi modo de vengarme y de recuperar algo de mi vida, que tú, infame torturador, destrozaste.




23 de abril de 2016

Desahogo


(Joachim & Malik Verlag)



Hay hombres a los que se les debería exigir vivir dos veces, dijo ella. No una vida más larga, sino de otra clase, cuya dimensión no sé precisar, en la que vivieran de otra manera. ¿Un purgatorio, acaso?, intervino su amante. A eso lo llaman también existencia arrepentida, y ya la practica mucha gente. Tal vez, dudó ella, pero tal actitud implica una somera conciencia de la culpa, algo que yo considero insuficiente. No basta con el mero símbolo del perdón, ya sea el que emite la religión o el que inflige el castigo de la ley del Estado, que es a lo que se acogen la mayoría de los individuos canallas, precisó. Ah, tú planteas un tiempo denso en el que vivan atormentados por sus faltas. Que sepan lo que significa sentirse reprobados en lo más profundo de sí ante las conductas malvadas de su pasado, le contestó la otra mujer. Ambas permanecían aún con sus dedos enlazados, como si se sostuvieran ansiosas en el hilo del amor inconcluso, y necesitaran dirigir sus bríos hacia terrenos escabrosos. Ella insistió: ser perdonados o ser castigados nunca les sitúa en la sensación real de todo aquello que han pasado las personas que han recibido mal por su mano. Deberían ser rozados por alguno de los padecimientos que sus víctimas han sufrido, saber del dolor, arrastrarse en una humillación análoga, conocer la desesperanza, quebrarse ante el miedo más hondo. No debería pensar esto, a mí misma me parece espantoso. Tampoco es oportuno que lo diga justo ahora, cuando me siento unida a ti y no a un bárbaro. Su amante la besó en los párpados. Aquella ternura la calmó. Puso una voz tenue en su oído: quien debería desear todo lo que tú has dicho tendría que ser yo. Tengo profundas razones para haber acumulado odio. Aligera tu peso, infinitamente más leve que el mío. Suaviza el malestar por la recóndita traición de ese hombre que ha estado ocultándote su bestia. Al fin y al cabo, yo no tuve tanta suerte. Aliviémonos en una latitud diferente. No permitamos que lo vivido anteriormente cada una de nosotras nos obceque y nos desvíe del disfrute. Se miraron al fondo de sus ojos, ahuyentando el mal, abriéndose a otra vida.






8 de abril de 2016

Alejamiento



(Daido Moriyama)


¿Qué queda del tacto de otra persona sobre nuestro cuerpo cuando tiene lugar el abandono? Él cree que he sido yo la que me he ido. Pero hace tiempo que el hombre se iba alejando de mí, acaso sin saberlo. No era él, sino el otro que habita secretamente en él y al que no puede renunciar. Uno que yo no acepto. No voy a mentir y cargar las tintas de mi ira sobre las manifestaciones del hombre respecto a mí. Si me basara solamente en sus comportamientos no debería tener queja. He recibido afecto y atención y, sin ninguna duda, un refinado placer en cada uno de nuestros encuentros, esa difícil ofrenda que muchos hombres no saben obsequiar. Él siempre ha reconocido generosamente mi libertad y ha sabido responder como un hombre tranquilo ante mis ocasionales reacciones agitadas. Sé lo que pensarán mis amistades. ¿No te bastaba eso? ¿Qué más quieres? ¿Crees que vas a hallar un amante más completo? Si la gente no se dejara arrastrar por el aspecto exterior de las cosas, si se diera margen para concebir el amor no como una ensoñación sino como una realidad torticera que nos embarca pero nunca nos acaba de llevar a un puerto seguro, tal vez me entenderían.     

No podía soportar por más tiempo sus caricias, ni el tono pausado y agradable de su voz, ni el contacto de una piel que convulsionaba la mía, ni la manera de enfocar parcialmente los temas generales de la vida. Ni siquiera esa amable bondad que rezumaba y que causaba admiración en nuestros círculos de amigos, desatando un efecto de envidia sobre mi persona. Sabiendo lo que sé ahora, ¿cómo podría permitirme ser acogida por un cuerpo que desconozco a qué hombre de los dos que lleva dentro pertenece? ¿Cómo podría soportar el discurso de un individuo en apariencia prudente? Me hubiera dolido menos si hubiera aparecido otra mujer entre nosotros. Pero él nunca previó tal cosa. Su fijación conmigo era absoluta, aunque otros llamen a esa actitud fidelidad.

En mi vida ha habido hombres a los que me he entregado, aun sospechando que seguían viéndose con alguna amante con la que no habían roto del todo. También ellos me han compartido conociendo que yo reservaba ocasionalmente alguna relación poco definida. Los liberales en el amor nos hemos respetado y dado con generosidad cuando se han producido tales circunstancias. Afortunadamente hemos sabido reaccionar a tiempo ante los comportamientos de las personas posesivas, incapaces de comprender que el disfrute de la belleza no puede ser propiedad de nadie. Y que la búsqueda del placer hermoso es una proyección más honda, pero nunca definitiva, del reconocimiento de una naturaleza benigna y propia del signo de unos tiempos que no condenan la exploración de unos individuos por otros. 

Pero no es por nada de eso por lo que me he alejado de mi amante. No me tengo por vieja y, lejos de hundirme, las dificultades me dan alas. A estas alturas prefiero elegir la flor del día y, aunque asumo que había llegado a una cota de ternura y de goce con él como no había percibido con otros, cundía dentro de mí un rechazo virulento ante su presencia. Había empezado a sentir ásperas esas manos, escamosa toda la piel de su cuerpo, biliosa su mirada, broncas las palabras que pronunciaba, airados los ademanes, feroces sus movimientos, agresivas las maneras de tomarme. Sí, es una percepción imaginaria de que el otro que se impone a él mismo en su propio interior me maltrata y me reduce, como voy sabiendo que puede estar haciendo con otros seres. Este hombre bueno, este amante idóneo, este personaje admirado no ama a los demás humanos. ¿Será cierto que oculta a un individuo despiadado? Entonces, ¿cómo permanecer más tiempo con quien no ama a los que tienen el mismo derecho a vivir que él?





26 de marzo de 2016

Y de pronto, la vejez



(Bernard Plossu)



Hoy es el primer día que me siento viejo. No, no pregunten por mis años. Tengo una edad y he perdido otra. 

La edad no es estable, ni se trata de una cifra. Es una mutación, un trazado confuso cuya marca se emborrona. Otros dirán que es una línea que sucede a otra línea, al modo de un hexagrama chino, pero cuya interpretación resulta más dificultosa e incierta. No lo sé. Nunca sabemos con exactitud en qué línea estamos y mucho menos en que tramo de ella, si es que la línea es el modelo por excelencia de una imagen rectilínea. Yo no lo creo. No veo el tiempo como una geometría única aunque vaya en una dirección inexorable. A veces sus perfiles se difuminan, otras se hacen evidentes. Soslayamos lo curvo, pensando que nos aleja y saltamos sobre lo lateral, como si no fuera con nosotros. Error. Sus contornos nos asombran con redondeces que enriquecen nuestra existencia, nos conducen a lo imprevisto, nos sorprenden con cortes que hieren, o toman la disposición de aristas extrañas que dificultan la marcha y nos desvían. Tantas veces lo que parece un callejón sin salida nos depara un nuevo mundo... Si por algo se califica la edad es por ser solo una palabra, bastante trivial por cierto. O por ser un lugar inaprensible, ausente.

Eso me parecía hasta ahora, en los momentos que me entrego al filo despiadado de las reflexiones. En ocasiones te has puesto a meditar sobre la dimensión del tiempo, me digo, y te has perdido en la disolución del discurso. Ahora es cuando te das cuenta de que el perímetro de los días se desestabiliza como nunca lo hizo antes. Jamás te acuestas del mismo modo que ayer ni amaneces con el mismo talante. Aparentemente sí. Pero eso no es el tiempo, es la circunstancia, una manera de estar a caballo, no se sabe si al paso o al trote, entre el espacio de los cuerpos y el tránsito temporal de los compromisos y las exigencias. 

Por qué hoy me cae de repente encima la vejez es una impresión que me viene zahiriendo todo el día. Puede que a causa del rostro inexpresivo que veo reflejado en el espejo, acaso este tono aguardentoso de voz, o bien el aullido de un tirón muscular en el costado. Justificaciones. Ha sido a raíz de levantarse la mujer, precipitada y mohína, alejándose con brusquedad de mi lado. Ha sido tras la agitación de unos cacharros en la cocina, del golpeo de la tapa del inodoro, y un rastro descuidado de agua que ha quedado por el suelo. El frío inexplicable, repentino. El eco de unas palabras cínicas, pronunciadas con tono excitado. Martilleo de reproches, endurecido a través de un mensaje cruel. Después, apenas las sensaciones. Inmediatas, dolorosas. El vacío. La sospecha de que un aroma al que estaba acostumbrado, en el que yo mismo había habitado, se haya diluido para siempre entre mis sábanas. El temor al no retorno. ¿Son los lenguajes ocultos del cuerpo los que me atosigan, cargándome de ancianidad antes de tiempo? De la cabeza a los pies, un temblor fatigoso se hace presente. La lasitud me encoge. Es como si todo lo vivido con ella se hubiera retirado de improviso. Instalándose en esa estancia abrumadora llamada recuerdo. Dicen que así sucede cuando se apresura la muerte total. Acaso esto que me ocurre, que nos ocurre, es también una expresión anticipada de la muerte física. Porque, ¿no muere uno cuando padece la pérdida de una parte decisiva de sí mismo?

Ceniza de los días exultantes. No sé interpretar la huida de quien ha compartido complicidad y disfrute conmigo. ¿Qué faceta de mí no le ha gustado? ¿Acaso haber preservado con excesiva discreción mi pasado? ¿No haber sido lo suficientemente elocuente y sincero? ¿Se ha percatado ella de que soterro emociones tras el despliegue de mi condescendencia carnal? ¿Sospecha que oculto un oficio menos digno tras mis comportamientos ordinarios? Preguntas que me hago a mí mismo de manera vertiginosa, horrorizado por ejercer de psicólogo sobre mi propio carácter. Yo, que tanto odio esa profesión.




17 de marzo de 2016

La redada



(René Groebli)


Nacemos para la muerte, bramó el sumo sacerdote desde las gradas del templo. Hubo un silencio que encogió aún más la naturaleza de los obligados acólitos. Aquella gente, sumisa por circunstancias forzadas, no estaba acostumbrada a tal clase de imprecaciones. Acaso por esa razón la voz de trueno y la sentencia rigurosa del clérigo les perturbó. Estaban allí a causa de la redada que había tenido lugar en todos los antros de la ciudad, a excepción de aquellos locales de clase alta que exhibían su hipócrita rótulo de espacios reservados y que eran intocables. Los tugurios fueron registrados palmo a palmo por las huestes clericales y se había conducido por la fuerza hasta la magnificente seo a tahúres, prostitutas, clientes, rufianes, beodos asiduos, sicarios, traficantes de vicios mayores y menores y delincuentes de infame ralea. 

Nacemos para la muerte, que nadie lo dude, insistió con voz suavizada el predicador y añadió con tono profético: pero morimos para la vida. Nadie de los presentes le entendió. Quien más o quien menos dio vueltas en su magín al oculto significado de aquella frase que parecía sacada de lo más profundo de los libros sagrados. Suena bien, dijo uno de los apresados al que tenía al lado. Pero, ¿qué ha querido decir?, respondió el de atrás. Me gustaría morirme entre alcohol y putas, soltó el que despedía un tufo ácido desde lo más hondo de su estómago. Pues a mí no me importaría correr el peor de los riesgos por conseguir los tesoros que debe tener este vocero, comentó sarcástico el especialista consumado en asaltos. 

El alto clérigo, en aquel cuchicheo sordo creyó percibir la inquietud de la masa. Ya van encarrilados, pensó. Y se deshizo en una catarata de recomendaciones ásperas. Tenemos que purificaros, dijo, y se corrigió. Tenéis que purificaros, tenéis que limpiar vuestros espíritus y cambiar vuestras actitudes para que no muráis antes de tiempo. Y lo trágico no sería que desaparecierais, pues la sociedad agradecería la limpieza, sino que unierais el destino malogrado que os ha marcado en vida a la desdicha de la condenación, donde lo peor no es tal sanción sino vuestra negación eterna. 

La turba allí domesticada siguió sin entender a aquel personaje, pero en voz baja alabaron su buen decir y la facilidad de palabra. Debe desear para nosotros algo bueno, pensaron muchos. Asomaron las primeras lágrimas, las fáciles, entre los más débiles. Otros cayeron en una profunda introspección en la que no se sabía si lo que cundía era miedo, el arrepentimiento de sus conductas díscolas o el tanteo para sortear aquel destierro que no les proporcionaría ya placeres sino dolor e insatisfacción. A uno de los indóciles, aprovechando una pausa motivada por la contención de un gargajo por parte del orador, se le ocurrió alzar prudente la voz. Preguntó. Si nos corregimos y expiamos, ¿podremos ser modelos para otros pecadores? Todos temieron que la pregunta, un tanto soberbia, irritase al clérigo. Pero, de pronto, éste se dulcificó, contempló de un extremo a otro a la grey, pasó revista con la mirada a cada una de sus ovejas. Todos vieron cómo el férreo pontífice de la advertencia se emocionaba. Miradme a mí, dijo atemperado. ¿Pensaríais que yo fui una vez como vosotros? Todos se sorprendieron y turbados negaron con la cabeza. Pues bien, lo fui. Yo y la mayoría de los que fueron un día ungidos como yo.

La tensión se propagó bajo la sobrecogedora bóveda. Algunos cayeron genuflexos, como si las palabras escuchadas sonaran a revelación. Clamaron a gritos que se arrepentían de su pasado. La mayoría, viendo oportunamente una salida a su detención, se sumó con toda clase de manifestaciones grotescas y exculpatorias. Perdón, padre rector, queremos entrar en vuestro predio de bondad, vociferaban con falsa compunción. Entonces el sumo sacerdote se conmovió, su cuerpo entró en convulsiones, el verbo ducho se le bloqueó y no supo sino repetir nerviosamente una vez tras otra: yo fui como vosotros, yo fui como vosotros. 





9 de marzo de 2016

Muda



(Antoine D'Agata)



Hueles acre cuando te aprietas contra mi cuerpo, y me dices no des la luz, me dices deja que sientan mis sentidos como si no fueran míos, que no nos veamos el uno al otro bajo ningún prisma luminoso, que no sepamos quiénes somos, que compruebe tu cara con mis manos, son mis dedos, dices, los que te dibujan, los que afilan los perfiles de un rostro que habla y que mira y que jadea, porque me gusta marcar tus contornos, y donde no llegue con mis palmas, afirmas, llegaré con mi cuerpo cambiante, mi cuerpo que se estira para que tú te extiendas, que se impone al tuyo para que se deshaga en el vacío y se recomponga dentro de mí, así hablas con ese tono firme pero deslizante, y yo me acojo a tus órdenes, y deseo cumplir los trabajos que me impones, mis labios se resecan con la sal que emite tu piel, me da tanta sed el perímetro resbaladizo de tu cuerpo, quiero sujetarme a ti pero patino sobre tu carne que muda, que pierde sus asperezas, imperceptiblemente al principio, luego me diluyo, y la humedad acerba que excretas se apropia de mi identidad, y vas y me dices lenta, apagada casi, nos hemos perdido en un espacio en el que no nos reconocemos tal como éramos cuando llegamos aquí, te das cuenta, y yo digo que sí pero que no siendo ni uno ni otro también sentimos, y dices que sentir no necesita nombres ni imágenes ni tiempo, nada de eso basta para llegar más lejos, llegar a lo desconocido solo puede ser si no se pretende llegar a ninguna parte, y tu palabra alargada me convulsiona, es como si diseñaras un mundo con mi cuerpo que no hubiera imaginado, y al guiarme a través de tu verbo exacto y al afirmarme en tus sugerencias se produce en mí una identidad nueva, que no exige, que no compromete, que no crea dependencia, verás que sin verme te ves, dices contundente, y retrayendo tu lengua bífida que aún afilaba mi piel dejas caer junto a mi oreja una definitiva sentencia, ves qué fácil ha sido abandonar nuestro cuerpo de víboras y amarnos como humanos, y ambos derivamos nuestras lenguas múltiples en un solo manantial.






29 de febrero de 2016

La descendiente



(Annibale Carracci)



No sé si aquel antepasado existió realmente, aunque así se afirmara de generación en generación. ¿Debería producirme una emoción extraordinaria que hubiera habido un hombre de aventura en la familia? ¿Tendrían que bullir por ello mis fluidos de modo especial? Si durante décadas se ha silenciado el asunto, ¿por qué sale ahora a relucir? ¿Simplemente porque los tiempos han cambiado y se puede hablar libremente de ello? Sé que algunos parientes alardean ahora, incluso entre las amistades, de aquel episodio en que nuestras raíces se confunden con otras. Exotismo, dicen unos. Genealogía turbia, comentan otros de modo malévolo. A mí me da igual. Mi curiosidad es algo íntimo que no persigue justificarse ante nadie.


Cierto que las páginas de un diario que arroja poca luz y abunda en misterio hicieron arder mis manos cuando las recibí. Quería saber más. Tanto tiempo ocultándonos unos a otros la existencia del cartógrafo tras el vago rumor, sin creer nunca que fuera sino leyenda familiar. Nos movemos más entre el no saber que en el saber. Incluso consideramos menos problemático desconocer muchas cosas. Cuanto menos se sepa, menos conflictos, he escuchado en muchas ocasiones dentro de la familia. Yo me preguntaba si los problemas no vendrían precisamente de no tener claridad. Aclararlo siempre suponía tener que aceptar una realidad que, si bien ya pasada, no iba a ser del agrado. Es sabido que de la ignorancia muchos edifican su propio tótem, al que se aferran sin apearse un ápice de su necedad. Cierta gente huye de la indagación, así no se ve tentada a cambiar las conductas. Su torpeza les lleva a rechazar lo que conviene y seguir admitiendo lo que ya no es adecuado. Todo lo contrario de lo que debió hacer nuestro antepasado cuando se embarcó hace siglos para trazar cartas de continentes y océanos. Él no podía saber entonces que dibujaba también un nuevo mapa de su propia vida.

Nunca se está seguro de nada. Es uno de mis lemas preferidos. De lo que no sabemos y no queremos saber nacen las cábalas, sumamente peligrosas puesto que nos distraen de conocer los acontecimientos y la formación de los fenómenos. Para mí es un acicate no tener seguridad o, mejor dicho, no querer tenerla. Bajo lo que aparenta ser firme hay bastante arena movediza y muchos no tienen inconveniente en instalarse sobre ella. No es mi caso. De ahí que la aventura de mi antepasado me siga intrigando. No solo por lo que pudo hacer allá lejos y nunca supimos con exactitud. También porque mi instinto me dice que yo soy parecida a él en alguna característica recóndita. Mi color es aceitunado, y eso bastaría para descartar un vínculo. ¿De dónde viene esta pigmentación que me hace diferente a los otros miembros de la familia? El cartógrafo debía ser pelirrojo, se dijo toda la vida entre lo poco que se contaba de padres a hijos antes de que yo naciera. Entonces, ¿en qué punto la línea de transmisión de la naturaleza deparó un salto y se convirtió en excepción? 

Nadie se ha atrevido jamás a expulsarme del clan, pero a su vez han puesto en duda que yo sea una fiel heredera. Mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos eran y no eran de la familia. Una situación muy confusa. Saber y aceptar no siempre van de la mano. El resto de la familia sabía que esa rama era tan legítima como cualquier otra. Pero las diferencias no gustan de ser asumidas, abundaban los prejuicios. Ahora que se me respeta más que lo que se respetó a otros  -no estaría bien visto no hacerlo y tampoco sería legal-  mi empeño tiene más valor. De niña tuve que soportar chanzas de otros niños que contraponían al supuesto pelirrojo con mi propio color. Pero, ¿y si lograra demostrar que mi amor por los mapas y por el conocimiento de gentes y territorios viene por vía genética? ¿Y si el tono de mi piel, la prominencia de mis labios, el poblamiento de mis cejas, el generoso rizado de mi pelo o la forma de mi cráneo fueran también hijas de la geografía que obsesionaba al antepasado? Ya sé que al que no quiere escuchar no se le puede demostrar nada. No se deja. Demostrar no solo es razonar y exponer argumentos y pruebas, es proponer a los otros que acepten salir de su ceguera. Algo que no abunda.

Los fragmentos del diario de mi antepasado náufrago aclaran poco para otra mirada que no sea la mía. Yo busco en ellos una explicación sobre mi propia existencia. De que el océano no se tragó al hombre no me cabe duda, puesto que el escrito ha llegado hasta nuestros días, preservado secretamente. Nadie lo había prestado atención jamás. Pero las letras de ese manuscrito hablan como si fueran mi sangre. El relato alienta ocultas llamaradas en mi interior. Su resistencia invoca mi búsqueda apasionada. Y si mis pensamientos deslizan dudas, hay espacios y sensaciones de mi cuerpo que me sitúan en la verdad. Cuando en los atardeceres cálidos, por ejemplo, mi piel huele a especias lejanas y mi saliva se reviste de una consistencia salina. Cuando la sensibilidad de mis dedos acarician las plantas o mi olfato se recrea con los aromas del alba. Cuando mi cuerpo patina sobre el cuerpo de un hombre como una navegación tempestuosa. ¿Será todo ello un signo? 




23 de febrero de 2016

Fragmentos del diario de un geógrafo



(Théodore Géricault)




22 de diciembre 

...un fuerte viento de barlovento, apoyando la tormenta, ha arremetido contra el navío. En principio parecía que dominábamos la embestida; de hecho todos los efectivos de la tripulación se pusieron en guardia para, cada cual desde su puesto, evitar que los palos quebraran y la nave se inclinara peligrosamente hacia estribor. Por mi parte, ajeno al conocimiento de las tareas de marinería, no he sido de utilidad y he permanecido toda la noche recluido bajo cubierta, repasando nerviosamente los mapas imprecisos de los territorios a donde nos dirigimos. Nunca en mi vida, habiendo afrontado aventuras y riesgos de toda laya, me he visto tan agarrotado por el pánico, por lo que considero necesario registrar en mi diario el efecto de estas horas estremecedoras.


23 de diciembre 

 ...el oficial mayor dice que ya es el alba, pero para mí sigue siendo la noche interminable. El oleaje es tan intenso que al menos dos o tres marineros han desaparecido, bien porque no pudieran sujetarse con la maroma o por un fallo en la maniobra. No sé permanecer tranquilo aquí abajo. El movimiento de los objetos me desquicia, apenas puedo desplegar las cartas de navegación que el capitán me ha pedido que revise, ya que su vista es pésima. No entiendo que me pida algo que desconozco, salvo en aquella materia que consiste en revisar las zonas costeras y precisar ciertos rumbos. Sea cual sea lo que yo pueda hacer, tengo la sensación de que estamos vendidos. Mientras no amaine el temporal o salgamos de este vórtice que nos mantiene a su capricho no hay manera de situarse. Avanza el día pero es tan turbia la luz que los hombres están sumamente inquietos. No puedo seguir escribiendo, ni siquiera mi brazo es capaz de permanecer sobre el pupitre y temo se vuelque la tinta. Jamás me había sentido tan rendido a unas circunstancias que me superan y tan inútil para realizar un trabajo eficiente.


24 de diciembre 

...parece que hemos salido un poco del ojo de la tormenta, si bien puede tratarse de una situación pasajera. La tripulación está alarmada por los numerosos desperfectos que se van detectando. El capitán y el contramaestre me han pedido que les dibuje con mayor claridad las zonas costeras del sur, pues dicen que por allá los vientos son más suaves y tal vez podamos abrir una nueva ruta. Tengo la impresión de que es una estratagema para infundir confianza entre los hombres, ya que las cartas marinas son las que son y no tenemos otras, y un mapa que yo modifique a ciegas no va a sacarnos del atolladero. Todo el mundo ruega a las fuerzas del cielo que que cambie la dirección del viento y las nubes se alejen definitivamente. El mando me pide un gesto de complicidad y colaboraré aunque solo sea por elevar la moral colectiva. Si el capitán quiere justificarse con un mapa que no será verdadero, en el empeño de que hay que cambiar de rumbo, él sabrá. Estoy desarbolado de pensamientos y rendido al destino, así que no hay nada que perder.


26 de diciembre 

...la corriente de agua que ha inundado la bodega no solo ha dañado una parte considerable de las mercancías que transportamos así como de la munición destinada al fortín de Bonnefoi, sino que ha echado a perder bastantes vituallas. Aprovechamos esta calma chicha para tratar de poner a salvo lo que permanece incólume. La tripulación, debilitada por el esfuerzo de los últimos días, está malhumorada al tener que racionar los alimentos. Algunos hombres han enfermado. El capitán no me deja ni a sol ni a sombra, pretendiendo que a través de la cartografía que tengo entre manos obre un milagro. Parece olvidar que el que tiene que tomar decisiones es él. Su experiencia debería hacerle extremar su olfato. La salinidad que llega con el aire no augura un asentamiento de la bonanza y el océano empieza a estar de nuevo picado. Una parte importante del velamen se encuentra rasgada y si el viento se vuelve impetuoso tendremos problemas para avanzar. Estar al pairo si se cierne de nuevo la tempestad no es la mejor solución, comenta la marinería.


27 de diciembre 

...imposible escribir dos líneas seguidas. Es tal el grado de turbulencia que azota el navío que la confusión reina por doquier. Aunque los hombres saben estar perfectamente en sus arriesgadas posiciones de nada sirve si el capitán no toma una determinación. La resistencia de sus cuerpos puede resentirse, como así mismo quebrar la envergadura de la embarcación. Sin haber hecho mayores esfuerzos tengo magulladuras por todas partes. Los hombres se ríen de mi queja por lo que llaman males menores y me muestran heridas profundas, costillas partidas, tumoraciones en su piel. En fin, un estado de desgaste generalizado que les vuelve decrépitos. Únicamente palían sus desdichas ingiriendo el alcohol que llevamos como mercancía a bordo. 


28 de diciembre 

...al fin hemos cambiado el rumbo y, según el capitán, muy al albur. Tal maniobra prometía al principio salir del círculo vicioso en que nos mantenía el océano. Pero o bien hemos retrocedido, capturados de nuevo por un remolino de dimensiones colosales, o la tempestad se extiende mucho más de lo previsto, el caso es que las acometidas son superiores a las que anteriormente hemos sufrido. Cunde la alarma y la tripulación no deja de comentar que la situación va de mal en peor. La nave escora peligrosamente, ora a babor, ora a estribor, y hay momentos en que se encabrita como si no pudiera volver a seguir el ritmo del oleaje. Para evitar la pérdida o el destrozo, he recogido los mapas, mis libros, la escribanía. Oigo más griterío y carreras de lo habitual, aunque no me llegan muy perceptibles, pues el ruido ensordecedor de los elementos se ha adueñado del navío, al que consideran un intruso en su dominio proceloso. Dejo de escribir, puede suceder lo peor.


31 de diciembre o 1 de enero

...no sé con exactitud qué día es. Tampoco en qué parte del océano nos encontramos. He estado sin conocimiento mucho tiempo; el cuerpo, tan dolorido. Moraduras y cortes por todas partes. Crujen mis huesos como si fuera un anciano, tal vez haya alguno dislocado. Tengo una sed que duele. He salido a cubierta, dando tumbos. Llamo al capitán, pero no responde. Tampoco el alférez ni el piloto. Recorro el galeón sin encontrar hombre alguno. La confusión se apodera de mí. No aparece nadie, ni vivo ni muerto. Tampoco están los animales que trasladábamos en la bodega. Me siento contento por haber sobrevivido a la tempestad, pero mi desasosiego va en aumento. Las vías de agua son de escasa entidad y no parecen una amenaza. Me siento en una isla flotante, una especie de tierra de nadie entre el cielo y el mar. O, mejor dicho, entre mi respiración palpable y las ensoñaciones. No sé si servirá para algo que deje constancia de la situación, pero este diario obra como un instinto más de supervivencia. Acaso mi único testigo.


tal vez 4 de enero

...sigo perplejo, sin saber  muy bien en qué fecha me encuentro, aunque ¿de qué me serviría saberlo? Me río de esta situación enigmática, sin poder compartir con nadie ni mi perplejidad ni mis ironías. Pienso en la fábula bíblica de Noé llenando el arca de animales y parientes para salvarse. Aquí soy yo el único que resiste a la deriva, en una nave que se ha vaciado inexplicablemente de hombres. No sé si me he salvado o si estoy al otro lado de la vida y aún no  me he dado cuenta. Tengo algunos víveres, pero escaso apetito y un ánimo endeble. Solo me alimento de confusión.


sin fecha clara

...la carne en salazón está extremadamente salobre, apenas queda agua y el coñac como sustituto me produce más sed. El sol es tan cruel como lo fue la tormenta de los últimos días. A veces me vuelvo goloso con mis propios dedos untados en esta tinta que traslada las palabras a unos pliegos que nadie leerá jamás. No sé para qué escribo. ¿Para certificar que aún estoy vivo?


día sin número

...imposible situar en qué fecha vivo. Mi propia debilidad me somete a desvanecimientos frecuentes. Recorrer el navío, cuando las fuerzas me lo permiten, me aburre. Ya ni las ratas aparecen. No son deseables, pero al menos me proporcionaban juego y compañía. No sé lo qué digo; nunca me gustaron, pero cuando no tienes otros seres a los que aferrarte cualquier especie te habla y te entretiene. Mis pensamientos se han vuelto pesados, ni siquiera aquellas creencias que me inculcaron de niño están a salvo. Para qué. Han naufragado, como todos mis sentidos. La naturaleza que me alentó la vida es ahora inhóspita y cruel.


...

...no sé si escribo o sueño que escribo. Si al menos mantuviera la lucidez y la destreza suficientes para empuñar la pluma podría escribir mis propios recuerdos. Volvería una y otra vez a relatar cada episodio de mi vida, considerándolo desde personajes diversos. Podría ser una buena excusa para no sucumbir al tedio. Quién sabe si el recrear mis experiencias no me llevará también a renacer de nuevo.


...

...este sopor profundo tira de mí. Me despierto una y mil veces, en cada ocasión más exhausto. No soporto la idea de que me traicione el cuerpo ahora que he empezado a registrar los años de infancia. Nunca pensé que encontrarme cerca del fin me llevara al origen de esta manera. El escribiente que se ocultaba en mí ha tomado el relevo del cartógrafo que convertí en oficio. Tal vez porque los mapas de mares y territorios ya no podrán conducirme a ninguna parte y, en cambio, reconstruir con palabras mi vida desde los primeros pasos podría concederme la paz que jamás he tenido.


...

...escribir y leer mis primeros recuerdos me ha dado cierta fuerza. No para bien del funcionamiento corporal sino para mantener el temple y la resistencia. Leer lo que narro sobre mi pasado me produce congoja, pero después apacibilidad. A veces me quedo dormido y las alucinaciones, sumadas a lo que escribo, se convierten en un espacio único en el que me dejo mecer. ¿Moriré así? ¿Perderé la energía pero no la curiosidad por conquistar un territorio tan nuevo como desconocido?




14 de febrero de 2016

La mujer invisible



(Jean-François Jonvelle) 



Hoy he vuelto a ver a la mujer invisible. Cómo es posible, se preguntarán ustedes. No sé responder. Pero la he visto. No presentaba un perfil muy definido ni su imagen era un derroche de luminosidad, pero no me cabe duda de que se trataba de ella. Además, he escuchado su respiración contenida, su tono pausado y bajo de voz, los pasos prudentes y apenas ruidosos al pisar la tarima de la estancia. Suelo verla con cierta vaguedad algunas noches en que me desvelo y no sé poner orden en mis turbados pensamientos. Pero nunca con la evidencia con que hoy se ha mostrado. Otras veces se limitaba a permanecer en un rincón del cuarto y sonreír, o simplemente observarme. Una mujer invisible, aunque se me revele, es siempre un ser evanescente. Hasta ahora sus apariciones eran fugaces y, como mucho, el movimiento de aire que producía dejaba un aroma agradable a flor de primavera, pero confuso. No sabría decir qué flor emite el perfume natural que ella exhala, no soy experto en botánica y apenas en mujeres invisibles.  

La cercanía que ha mostrado esta madrugada me ha confundido. En otras ocasiones aparecía más ausente, como si ni el mundo ni yo mismo fuera con ella. Si tocaba los objetos, estos no variaban de ubicación. Si se desplazaba, no dejaba huella. Miraba el entorno, pero no lo alteraba. Solo cuando me parecía que fijaba sus ojos en los míos se alejaba de su invisibilidad. Hoy ha transgredido la conducta que era habitual en ella y su osadía tenía algo de invitación a que yo formara parte de su invisibilidad. Dirán ustedes que debe ser más bien a la inversa, que ella ha pretendido llegar a mí y manifestarse con su corporeidad. No estoy seguro. 

Se precipitaba la oscuridad hacia el alba y la invisible se ha acercado resuelta. ¿O me ha llevado a su ámbito silencioso y mortecino? Sentados ambos en la cama, sin distinguir qué territorio de los dos pisábamos, he percibido un halo tangible que me proporcionaba calor, pero también agitación. La mujer, con sus manos invisibles, palpaba mi cuerpo con cautela, como si deseara situarme en un espacio que ella pudiera ocupar. Yo solamente percibía ráfagas del éter que ella buscaba materializar. En el cuello, en la espalda, en las rodillas. ¿Cómo lograba ensortijar sus dedos en mis cabellos? ¿Cómo escribía caricias tibias en mis labios? ¿Cómo hurtaba mis palabras con su lengua ebúrnea? ¿Cómo arañaba mi pecho con sus uñas aguzadas? ¿Cómo hendía mi ingle con su vientre incandescente? Desplacé a un lado mi cuerpo para aprehender aquellos movimientos que se sugerían pero nada retuve. La mujer invisible, alterada, indecisa, se apartó de mí y se expuso al espejo. Esta es la ocasión de verla con alguna claridad, me dije. Me levanté impetuoso para capturar su imagen. Pero el espejo me devolvió una película de vaho, deleble, inaccesible.




7 de febrero de 2016

El samaritano



(August Sander)



En mayo de 1934 la casa del bibliófilo Hans Joachim Würth fue asaltada por energúmenos uniformados. Würth no era judío, tampoco comunista, ni siquiera un librepensador declarado y confeso. No se le conocía actividad pública alguna que le comprometiera. Toda su capacidad de expresión personal había sido reducida y modesta. La asistencia puntual a la junta de propietarios municipal y la participación alterna a una tertulia en el café El ciervo verde. En  la junta se limitaba a votar conforme a las razones de la mayoría en cuestiones de interés meramente organizativo y doméstico. En la tertulia era parco en palabras, preciso en sus aseveraciones y exacto en la recomendaciones acerca de lecturas. A las opiniones más polémicas él respondía con citas de autores clásicos. Al enfrentamiento entre tertulianos reaccionaba canturreando el pasaje de La cabalgata de las Valquirias. A la pretensión de alguno de los presentes de leer un artículo de la prensa oficial o bien un opúsculo clandestino Würth se echaba hacia atrás en el rincón donde estaba colgado el perchero y abría con disimulo una separata sobre el libro de Job en versión luterana.  

La casa del bibliófilo parecía más que una biblioteca personal un centro de acogida de libros huérfanos. Tomos provectos y jóvenes, polvorientos o bien oliendo todavía a tinta reciente, con tipografías al uso o conteniendo caracteres de alfabetos misteriosos. Interpretaciones históricas que ahora se negaban, novelas que apenas habían posado en los escaparates de las librerías, pensamiento político y filosófico que no estaban bien vistos, incluso volúmenes ilustrados sobre el arte maldito hallaban una tierra de promisión en espera de mejores tiempos en la casa de Würth.  El vicio o, mejor dicho, la virtud del hombre consistía en recoger libros tirados en cualquier parte, salvados de las piras o entregados voluntariamente por amigos que se sentían inseguros. Nunca imaginó que semejante generosidad pudiera ponerle en aprietos.

De dónde partió la información perniciosa por la que allanaron el domicilio del buen samaritano no se supo. Hans Joachim no era un hombre que se granjeara enemigos ni competía con nadie ni se traía entre manos negocios turbios que algún desagradecido aprovechara para ajustar cuentas. Una vieja novia despechada de juventud pillaba muy lejos. Los fieles del nuevo régimen no contaban con su apoyo pero tampoco les daba motivos para señalarlo. Hacía muchos años que había abandonado las clases lectivas como para que algún estudiante suspendido se tomara la revancha. No tenía ni deudores ni acreedores, así que la venganza por esta causa quedaba descartada. Tal vez el miedo o la tortura de uno de los perseguidos que le hubiera entregado parte de sus fondos para no ser destruidos podría haberle delatado. Partiera de donde partiera el chivatazo, los uniformados que irrumpieron en casa de Würth se llevaron un chasco.

Aquel día infausto los anaqueles de la vivienda del anciano apenas mostraban sino obras totalmente libres de sospecha. Autores reconocidos de la más acendrada idiosincrasia y del pensamiento ortodoxo, libros de historia y de eugenesia considerados sostén de las teorías advenedizas, tomos de mecánica y física obsoletos y algunos catálogos y composiciones musicales sobre la larga y rica tradición germánica. A la sección de asaltantes lo que hubiera allí les daba igual. Oían la palabra libro y les rechinaban los oídos. Veían una estantería repleta y se disponían a prender la hoguera. Olían el papel rancio y ácido de los volúmenes y se les alteraba el carácter. Pero sólo el jefe decidía. El jefe era un antiguo estudiante, entrado en años, frustrado en la carrera y que no había llegado a nada, pero que presumía de decidir sobre el sentido de la cultura. Pontificaba sobre el bien y el mal de lo que estaba escrito, daba el visto bueno a los contenidos morales apropiados o vía libre para destruir lo infame. Decidía, en fin, sobre el destino de la huella cultural de la historia, que él y los suyos consideraban propiedad y destino.

¿Dónde están todos esos libros que nos han dicho que recoges?, preguntó el líder del grupo de asalto a Würth. Todo lo que tengo está delante de vuestros ojos, respondió prudente y tranquilo el anciano. ¿Para qué iba a querer más? A un pitido del jefe los secuaces se desplegaron por la casa, abrieron puertas, corrieron muebles, desvencijaron armarios, subieron a las buhardillas. No encontraron nada oculto. Sabemos que no tienes más propiedades, dijo ufano el jefe, pero si aquí no están todos los libros que andas rescatando, ¿qué haces con ellos? ¿Dónde los escondes? O peor aún, ¿a quién se los has pasado? Pero Hans Joachim no se dejó amedrentar. Quien os haya ido con el cuento, respondió al energúmeno culto, miente. Todo lo que pude ya lo leí hace años y olvidado lo tengo. Aunque me dieran ahora un libro de esos que decís que van contra nuestra cultura y nuestro sistema, sentiría tales arcadas al rozar sus lomos que no podría ni abrirlo.

El jefe se sintió burlado, no se sabe si más por las informaciones dudosas que le habían conducido al desliz o por las respuestas del viejo, de quien se conocía de toda la vida su disposición lectora y sabia. Respecto a cómo se las ingenió Würth para ocultar aquel asilo de libros salvados de la destrucción es algo para lo que hoy, muchos años después de terminar el desastre, no se ha hallado explicación.  





31 de enero de 2016

Akiko y el profesor



(Daido Moriyama)


Los amores de Akiko con su profesor de lengua se iniciaron en un burdel. Él fue una tarde nevosa hasta el otro lado de la ciudad, se bajó en el apeadero de la vieja cementera y tomó la calle de los ferroviarios. En la casa le presentaron a Akiko. Ninguno de los dos exteriorizaron conocerse. Ni delante de la patrona y las otras mujeres, ni durante todo el tiempo que pasaron juntos. Mantuvieron la discreción, controlaron su mutua sorpresa, estuvieron en su papel. Ella olió enseguida que el profesor no era ningún novicio, no obstante los prudentes modales de éste. El hombre no se encontró con la alumna torpe que le sacaba de sus casillas; lo dedujo por aquella insinuación con que le recibió. Akiko estuvo tentada a ponerle a prueba. Hoy vas a ser mi cliente insatisfecho, urdió para sí mientras ajustaba el reloj. Pero el profesor, que ella había tomado por avezado, optó por quedarse inerte. Ninguno de los dos parecía urgir al otro. Permanecieron vestidos, tomaron sake, y la mujer encendió un cigarrillo ruso del paquete olvidado por otro cliente.

El profesor y Akiko se tantearon con miradas fugaces, disimuladas. Fueron cautelosos y abrieron un territorio de nadie. Relajado, expectante, mudo. Cierto que ambos hervían de curiosidad por llegar el uno al otro. Mas para ello tenían que desprenderse de sus personalidades anteriores. Ni el maestro podría enseñar ni la alumna sabría aprender. Los roles que les denunciaban debían quedar apartados. No se decidían a dar el paso como aquellos que se están conociendo por primera vez para un intercambio mercantil pasajero, que no compromete a más. No, en modo alguno la situación les resultaba incómoda. Para ella, porque el hombre ya había satisfecho el servicio y podía apurar su tiempo de manera inactiva. Para el profesor, porque no se recuperaba del estupor y el deseo había sido desplazado. Se siguieron observando sin prisa, con mayor decisión, con gestos sordos, ella recostada en la cama y él sentado en un sillón americano.

A medida que los ojos del hombre buscaban más insaciablemente los de la mujer, el silencio se volvió intenso, incluso activo. Akiko observó al profesor de lengua pronunciando en su interior un vocabulario apropiado, fijando una sintaxis apasionada que no expresó con voz. Más allá de la canosidad del hombre, del ligero encorvamiento de la espalda, de los ojos ahogados por la miopía de los años. Miraba los labios carnosos, casi occidentales, y la mueca sonriente que el hombre abortaba con frecuencia y que le atraía con fuerza. El profesor veía a la estudiante como si ambos estuvieran en clase, pero con la libertad que da un ambiente diferente. Fue también más lejos. Reparó en sus pechos delicados, enmarañó su mirada con el cabello de ella, hizo de su boca un pensamiento que se depositó recóndito en el cuello de Akiko.

Sin que ninguno de los dos tomara la iniciativa sintieron el agudo latigazo de la necesidad de conocerse íntimamente. Pero el mismo impulso que reprimían para aceptar el rol que deberían asumir en ese instante, les acercaba en otra dimensión que no parecía tener cabida en aquel ámbito. Se mintieron burdamente. Él dijo con aplomo forzado: nunca había estado en un sitio así. Ella dijo innecesariamente: yo no te conozco de nada. Pero ninguno se desvistió, ninguno acarició al otro, ninguno emitió una propuesta que hablara con palabras de carne. Sonó el contador del reloj. Akiko se levantó sin prisa y rozó la solapa del profesor. ¿Volverás?, murmuró en el oído del hombre.