"Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres."

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.



22 de septiembre de 2016

El cazador cazado


(Daido Moriyama)



¿Por qué me ha contado esa historia?, dijo la joven viajera cuando el tren se acercaba ya a destino. Es una historia de salvajismo muy antigua, ¿no? El fotógrafo jubilado Tatsuaki sonrió con benevolencia. Es una historia antigua y es una historia que se repite una y otra vez, sin duda, le respondió. ¿Cree que el instinto depredador está presente en nuestros días?, insistió con disimulada ingenuidad la chica. ¿A ti qué te parece?, dijo él, con el amargo aplomo de quien sabe que ha visto y padecido de todo. El instinto de cazador o del que defiende territorio no solo es algo personal, que fluye por las venas de cada individuo de este mundo. Es también un comportamiento colectivo que suele traer grandes desgracias, como bien supimos en nuestro país en tiempos no muy lejanos. ¿Quiere decir que usted mismo sintió cierta ferocidad dentro de sí?, arriesgó con osadía la joven. No solo la sentí sino que me presté al ensañamiento, como millones de compatriotas. Pero aun  cuando no se llegue todos los días a ese extremo, es innegable que el humano vive para el territorio y la caza cada día de su vida. O, dicho de otra forma, su vida es la búsqueda de las satisfacciones y el aseguramiento de sus posibilidades. A veces con dureza y con elevado coste. Cierto que las formas han cambiado. La apariencia de seguridad oculta el latente instinto. El acceso a los bienes simula nuestras debilidades. El despliegue de medios y mercancías, como nunca había conocido antes la humanidad, casi hace creer que hemos alcanzado un paraíso. Pero el hombre sigue siendo, en esencia, un primitivo que tiene que ganarse el pan de cada día. Y esto que te digo sirve tanto para hacer frente a sus necesidades de disponer de una forma física de vida como para las interiores de su espíritu, las que rigen las emociones y los afectos. Somos competitivos hasta la médula, se explayó Shintaro Tatsuaki. ¿Usted ha tenido que luchar mucho, verdad, señor Tatsuaki?, preguntó con una mirada incisiva la joven. ¿Acaso tú sabes lo que es luchar?, respondió con cierta ira el fotógrafo. El tono empleado por el anciano era áspero pero no desprovisto de comprensión y, sobre todo, de ternura. He tenido que pelear para salir adelante con mi familia en aquel distrito abandonado en que crecí, he tenido que arriesgar cuando nos llevaron al matadero, y luego tuve que reiniciar la vida como muchos otros adaptándome a trabajos sin fin. Me consuelo al pensar que sin todos los avatares, de los que no salí malparado del todo, no hubiera logrado aferrarme al mundo de la fotografía. El silencio de la chica inquietó al anciano. Temió que ella se sintiera dolorida y que no quisiera continuar hablando. Se avergonzó de sí mismo, pues no se consideraba hombre de reproches. ¿Sabe lo que me gusta de usted, señor?, preguntó ella con un tono relajado. Que no da la impresión de que la vida le haya vencido. ¿Acaso la fotografía le rescató de todas sus etapas de atrocidades?

El Shinkansen entraba ya en Aomori cuando los dos compañeros de viaje se levantaron para despedirse. Me llamo Ito Kabane, dijo la mujer. Tal vez podríamos tomar té un día de estos. ¿Ito Kabane como la modelo?, dijo el hombre. Soy la modelo, precisó la joven Ito, y, ¿sabe?, me alegro que un observador como usted no me haya reconocido. De esta forma usted me ha visto como la que soy, no como la que aparento en las fotografías. Tatsuaki enmudeció, algo avergonzado por no haber sido capaz de distinguir, él, que tanto había presumido siempre de su ojo largo. Disculpa, le dijo. Mi capacidad de visión no es lo que fue. En realidad se escudó en la visión inmediata, marginando la capacidad de retentiva que había tenido en el pasado. Le prefiero así, dijo con audacia la mujer. De esta manera ha sabido verme con más profundidad de campo, ¿se dice así?, que todos los demás fotógrafos que solo buscan en mí el cuerpo y la pose. Tatsuaki se emocionó pero no lo dejó entrever. Me alojaré en el Sukayu, dijo escondiendo su mirada triste de miope a la mirada escrutadora y honda de la chica.




12 comentarios:

  1. Interesante y buen dialogo intergeneracional y de género.
    Un saludo.

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    1. Tal vez transmisión de experiencias y consejos no tan velados a quien tampoco es una inexperta, tal vez. Gracias.

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  2. -La escrutación de la hondura nos transforma en miopes.

    -La génesis del capital y la producción: si le damos al hombre un territorio de caza puede que se sienta primitivo y libre en un mundo materialista y mercantilista, puesto que a las mujeres hay que cederles y someterlas a un espacio de recolección en las rebajas.

    -Somos animales adulterados por la facilidad y la comodidad.

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    1. -No vemos lo que no queremos ver.

      -Los efectos capital`/producción/consumo están cambiando, aunque todo viaje puede ser de ida y vuelta.

      - Adulterados, manipulados, desfigurados, idiotizados...

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  3. Y claro, cuando la visión está desenfocada, vemos mejor. Es la paradoja de la mirada sin otra intención que la contemplación.

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    1. Las miradas son siempre retráctiles. Avanzan y retroceden y fijan los objetos en función de los estímulos, significados, necesidades. No estaría tan seguro de que las intenciones se reduzcan a la contemplación...pasiva.

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  4. Encantador recuperarte, después de esta breve ausencia.
    Una delicia .............

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    1. Muy amable; habrá que seguir la senda de las letras.

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  5. Yo distinguiría entre el mundo de los miopes físicos y el mundo de los miopes intelectuales. Pueden pertenecer algunos al primero pero ser agudos y hasta clarividentes en el otro plano.

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    1. Si te interpreto bien, así lo creo yo también. Las apariencias no suelen decir la verdad, suponiendo que ésta exista.

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  6. Muy interesante. Me gusta tu blog!
    Un saludo.
    http://casaamantera.blogspot.com/

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    1. Gracias por parar y leer, Marisa. Un saludo.

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