"Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres."

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.



27 de mayo de 2020

La casa del risco, la cascada y el arquitecto


(Katsushika Hokusai)



¿Quién vive en lo alto del risco?, pregunta el célebre arquitecto Masaoka a los funcionarios de la prefectura que le acompañan en la visita a la zona. Un modesto artesano, le responden. El arquitecto se atusa la barba. Me gusta. Que alguien humilde pueda aspirar a acercarse a los cielos le honra. Y si lo hace junto a una cascada le envidio. Ya quisiera yo vivir ahí.

Sus acompañantes se miran unos a otros, desconcertados por la ocurrencia, ocultando las risas. Un técnico joven y ambicioso que aspira a asentarse en la Corte, donde Masaoka es tan estimado como reconocido, osa cuestionarle. Pero señor, es un lugar agreste y de difícil acceso. Un dignatario de carrera como usted, ¿podría soportar las incomodidades? ¿Le sería práctico? ¿Honraría a sus conocimientos con el retiro a este paraje trivial perdido en lo más apartado? Le doy la razón, responde el arquitecto, en cuanto a la ubicación abrupta. También en que se trata de un paraje que no suele aparecer en los mapas. Pero de ningún modo puedo estar de acuerdo en que se trata de un paisaje trivial. Pues, ¿qué es lo práctico? ¿Aquello que gira solamente en torno a la vida económica de una región? ¿Cuanto transcurre entre los muros de una urbe? ¿Lo que se halla en la proximidad de los gobernantes y sus caprichosas disposiciones? Y lo trivial, ¿no es todo cuanto, como en este caso, no ha sido intervenido por la voluntad humana transformadora, tantas veces desacertada y perjudicial? Sin duda lo práctico se abre paso por doquier y marca la riqueza y su distribución entre los habitantes de un territorio. Pero hay otro sentido de lo práctico que se oculta en los espacios más extraviados y desconocidos. Que solo son habitados o concurridos por gentes sencillas que viven del día a día. ¿Acaso no confluyen en este rincón los elementos que siempre se han considerado nutrientes de la existencia? ¿No están ante nosotros las fuerzas vivificadoras? ¿No recurren al agua, a la piedra, al árbol o al viento los sentidos con el fin de percibir tanto la belleza como la armonía del mismo funcionamiento terrestre? En definitiva, ¿dónde podría yo encontrar mejor inspiración que en el casamiento entre las formas del relieve y el fondo sencillo de un cobijo que se muestra ante nuestra mirada?

El joven que trata de marcarse méritos todavía se resiste a la argumentación del arquitecto. Usted, maestro Masaoka, que construye para el emperador y los príncipes, tiene designios más elevados. ¿Se le ocurriría traer aquí a vivir al mandatario más excelso en nombre de unas ideas tan espirituales? Masaoka hace un gesto irónico. No soy quién para traer a un lugar como este u otro cualquiera a quien me otorga reconocimientos y me da el trabajo. Ni siquiera para proponérselo, pues entiendo las funciones que desarrollan quienes tienen que vivir pendientes de la gobernación. Pero la visión de este lugar, mi joven ayudante, ha penetrado en mi mente y la ha enriquecido. Y mi mente dice que puedo llevar lo que veo hasta los dominios del Emperador. ¿No se ponen ordinariamente la ciencia y la técnica al servicio de los palacios o de los edificios de la burocracia? ¿No median ellas en el ordenamiento de las ciudades? ¿No serían las mejores aliadas para representar en Edo o Kyoto lo que aquí y ahora mismo admiramos como un don de la propia naturaleza? Respetemos este entorno y llevémoslo a través de nuestros saberes y nuestro ingenio hasta las ciudades para que estén menos huérfanas.



(De aquellos orígenes ancestrales proceden las ideas que la mano del hombre ejecuta)


19 de mayo de 2020

Dos amigos en la casa de té


(Katsushika Hokusai)


Cuando hicimos un alto en la casa de té de Koishikawa, en el viejo camino a Edo, era invierno y la carretera estaba impracticable. El lugar, reconvertido en taberna e incluso en posada, pues la situación del país había dado un vuelco, se hallaba sumamente concurrido. Viajeros desconcertados que buscaban donde pasar la noche dado el estado de sitio decretado en la capital, militares licenciados tras la rendición, comerciantes que no sabían a qué atenerse con el mal tiempo, campesinos y artesanos forzadamente ociosos, y la inevitable corte de mujeres de compañía que trataban de obtener beneficio del desconsuelo de los hombres.

Circulaba dinero negro y devaluado. Algunos proponían negocios nada claros que nadie sabía si se llevarían a efecto. Se jugaba a los juegos de azar exponiendo a la desesperada títulos de propiedad de bienes y familias. Corría el sake, que también había subido de precio. Mi amigo Jakuren, licenciado en las artes y técnicas de la medicina, porque él aseveraba que arte y técnica son las dos caras del mismo cuerpo de la atención, fue tentado por uno de aquellos tahúres. Afortunadamente su apuesta fue prudente, la pérdida escasa, y supo adaptar allí mismo uno de los principios de su aprendizaje. Aplica cuidados antes de que se infecte la herida y corta antes de que llegue la gangrena. Eso lo dices ahora, le consolé, pero si no tiro de ti hubieran intentado quitarte hasta el diploma. Mi amigo rio y de pronto se puso pensativo. ¿Crees que mi carrera me servirá para dar respuestas a la vida? Crecido en su actitud me pareció oportuno animarle. Creo más bien, le dije con cierta severidad, no exenta de benevolencia, que es más bien la vida la que confirmará tus conocimientos. Los específicos y los generales, pues de la observación amplia y del trato con tus pacientes deducirás, con altas posibilidades de acierto, lo que no imaginas. Él afirmó con la cabeza. Esa debe ser el lado de arte que  compone mi profesión, ¿verdad? Una parte fundamental, le apoyé, pues irás descubriendo que cada enfermo es único y, por lo tanto, aunque haya características comunes con otros necesitarás comprender qué le diferencia de otros.

Jakuren se puso cabizbajo repentinamente. De todos modos, en malos tiempos tengo que afrontar la tarea. Le corregí. O en buenos para aprender, pues verás cosas profundas y sorprendentes de la manera de ser de los humanos que en otras circunstancias más pujantes te serían ocultadas. Eso te acercará al paciente, sin duda, pero todavía te conducirá más lejos, a prospectar y acaso entender a la persona. Su faz cambió, supongo que por efecto de mis palabras. Pero temí haber sido excesivamente moralista. De pronto le dije: no me hagas demasiado caso. No soy precisamente el más apropiado para dar lecciones ni consejos a nadie. Bien sabes que no tengo oficio y que vagabundeo por esos mundos con trucos y villanías que no solo salen de mis escritos. Mi amigo hizo un guiño. Eh, tal vez curen más tus relatos que los tratados de la ciencia y los tratamientos de los médicos, y me golpeó cariñosamente en el pecho. Fui sarcástico. O que perjudiquen, o que condenen, o que manden a las entrañas del Fuji, no olvides que tengo un modo de escribir muy oscuro y nada alentador.



(¿Quién puede garantizar la salvación por la literatura?)

13 de mayo de 2020

El monje anciano y el novicio


(Katsushika Hokusai)


Cuando observas el paisaje, ¿con cuántos ojos lo miras?, pregunta el monje anciano al novicio que es considerado alumno avanzado. Este, que no quiere que quede en evidencia su prestigio, describe meticuloso y ufano sus percepciones. Lo miro con las manos porque palpo la tierra. Lo miro con los oídos porque escucho a las aves. Lo miro con la boca porque degusto sus frutos. Lo miro con el olfato  porque aspiro sus aromas. Lo miro con la vista porque quiero abarcar toda su geometría. El anciano afirma con la cabeza pero pone un gesto insatisfecho. ¿Solo ves con esos ojos lo que no se limita a ser un conjunto sino que se despliega en detalles? ¿Lo que no son apenas partes sino también un todo? Pongo todos los sentidos a disposición de la visión, dice el joven tímidamente. Entonces, si  las laderas de los montes, los caminos y los caseríos están cubiertos de nieve, ¿con qué ojos los ves? El novicio, en un golpe de ingenio, desafía la pregunta. Con la imaginación. Muy bien, dice el otro. ¿Y si la niebla cubre la distancia que transitas? El novicio se crece. Con la intuición, sin duda, exclama. Eres agudo y sabes distinguir la mirada nítida de la velada. Pero espera, inquiere el monje. El aire, por ejemplo, ¿con qué mirada lo observas? Si suena, es mi capacidad de audición la que me lo hace ver, dice el novicio, cuya respuesta vuelve a ser recurrida por el anciano. Y ¿si te golpea el rostro hasta herirlo y llenarlo de arrugas? El novicio no sabe responder y busca confuso una explicación. No sé, maestro, lo reconozco. Con la mirada del tiempo que transcurre, que es la más acertada y dolorosa, asevera el anciano. Pero eso tú, hoy, no puedes aún saberlo, pues hay miradas largas que solo van tras nuestros pasos.


(Nunca mirar solo en una dirección. Nunca reducir la dimensión de lo mirado. Nunca creer que se ve lo que aparenta dejarse ver)


5 de mayo de 2020

Los enamorados ante la fiesta de las Estrellas


(Katsushika Hokusai)



¿Estás preparado para la celebración de las Estrellas? Toyo, la hija de la dueña de la casa de té, que se ha encontrado con el criado Suwa se siente excitada por la proximidad del acto más importante del verano. Siempre estoy más dispuesto a una celebración alegre que a un acto luctuoso, responde el joven. Toyo no quiere desperdiciar la ocasión. Espero que no faltes, pues aunque las estrellas se encuentren en el cielo nuestra alegría sería escasa si no coincidiéramos tú y yo. Tus padres no aprobarán nuestra complicidad, le recuerda Suwa. No olvides los problemas que tuvimos aquella noche que me pillaron en la cercanía de tu casa. Pero mañana es una fiesta colectiva, exclama animada la joven. Todos estaremos y pasaremos inadvertidos. Conque tú te identifiques con una de las dos estrellas y yo con la otra habremos trazado una línea de aproximación de la que nadie podrá percatarse. No olvides que es nuestro secreto. Suwa se rasca el cogote. ¿Crees, Toyo, que con imaginar que ambos somos una estrella nos conformaremos? Seguramente no, concedió ella, pero será una manera de seguir estando cerca uno de otro. Más importante que nos encarnemos en nuestra fantasía como Orihime o como Hikoboshi, las estrellas separadas de la constelación, es que nos escribamos pequeños deseos y los colguemos de los árboles o los pongamos a flotar sobre una hoja en el río. Suwa no lo acaba de ver claro. ¿Tú crees que eso bastará para sentirnos más cerca el uno del otro? Una fiesta tan típica como la de las Estrellas está muy bien cuando hay algo seguro detrás, pero mientras no logre llegar a ti me parecerá un gesto insuficiente, si no inútil. Las estrellas no se pueden poner en mi lugar ni en el tuyo. ¿Y si aprovechamos el revuelo de la fiesta para escapar de nuestras familias?, propone la muchacha. La mirada de Toyo destella una luz especial, pícara. Hagamos una cosa. Primero escribimos los deseos, como todo el mundo. Luego fingimos que los ponemos a merced de la corriente o en las ramas, y que todos nos vean en plena agitación. Pero los papeles nos los reservamos para nosotros. Después, como el pueblo entero estará pendiente del ajetreo, nos vamos hasta el recodo de los bambúes que hay junto al molino, y tú me lees el tuyo y yo te leo el mío. Suwa se siente impresionado por la ocurrencia de su amada. De pronto, la duda. Pero si estará a punto de caer la noche, ¿cómo podremos entonces leer lo escrito? Fácil, dice Toyo. Tú lees mi deseo en mis labios y yo leo tus anhelos en tu boca. 



(La imaginación ayuda a superar obstáculos)

28 de abril de 2020

El canto de las hormigas y el filósofo


(Katsushika Hokusai)


El anciano filósofo Zheo, que observa desde la orilla del camino el paso de las trabajadoras, interrumpe su canto acorde. ¿Sabéis que antes de que nacierais vosotras ya existía el canto? No somos tontas, maestro. Nos acunaron con canciones, dice la más atrevida del grupo. ¿Sabéis que al cantar salen los malos humores del cuerpo?, insiste. ¿Usted cree que cantamos acaso para ser más ricas?, dice una ingeniosa. Todas se echan a reír. El filósofo no cesa. ¿Sabéis que con la canción rozáis la condición de los dioses? No llegamos a tanto, dice una de las mujeres con más carácter. Nos conformamos con impresionar a un molinero o a un obrero de la serrería para que nos mime. Y el coro de la canción se troca de nuevo en coro de risas. ¿Sabéis que las canciones dan amor incluso al que menos amor recibe?, eleva el tono provocador el anciano. Nosotras sabemos muy bien cantar la canción de nuestro cuerpo para ser amadas, le mantiene el pulso con desparpajo la que va a la cola de la fila. El buen Zheo se siente cada vez más filósofo. ¿Sabéis que el canto canta a la pérdida más que a lo que se posee? A nosotras nos gusta sobre todo cantar a lo que no tenemos y preferiríamos tener aunque luego cantásemos lo perdido, le replicó descarada la que más razonaba de todas. Por un momento el viejo Zheo, al que se tenía por sabio, bajó la cabeza haciendo gestos de afirmación con ella. Luego la alzó y se dirigió por último a las mujeres. Bien, puesto que veo que tenéis respuestas para todo no interrumpo más vuestra marcha. Con gusto iría con vosotras si mis piernas me lo permitieran. Yo también necesito vuestras canciones para convencerme de que debo seguir sintiendo la vida. Entonces ellas agitaron las manos en homenaje. Ahí tiene toda la razón, maestro Zheo, respondieron gozosas. Cantamos y cantaremos para sentir a cada instante la vida.




(Hay filósofos reconocidos que no dejan de ir, cuando otros ignotos no  cesan de estar de vuelta)


20 de abril de 2020

El dignatario viaja de incógnito


(Katsushika Hokusai)


Shunro Iitsu, recién nombrado dignatario de la ciencia en la corte, viajó de incógnito para incorporarse. Al borde de un roquedal detuvo su caballo para contemplar el paisaje de la nieve. El invierno es protector, dijo a su criado. Los próximos ciclos de la tierra dependerán de cómo se comporte esta estación. La generosidad del suelo en los meses que vengan se está manifestando ahora mismo aquí, debajo de nosotros. Señor, no le digo que no, le respondió con humildad su criado Taito, y bien sabe que soy admirador de sus conocimientos como el que más. Pero mi cabalgadura son estas piernas y estos pies míos a los que no hará felices la naturaleza si permanecemos parados mucho tiempo. Taito, te entiendo y no deseo tu mal, le contestó Iitsu. Mas todo lo que tiene valor exige un sacrificio, cuando no correr un riesgo. Admira el entorno que se nos ofrece. Percibe la textura mollar de la nieve. Distingue las alturas encrespadas y los valles dóciles. Observa la recóndita flor que solo podrías hallar aquí bajo la advocación del manto de las divinidades. 

Taito no paraba de dar pequeños saltos sobre la nieve. Diga si quiere que soy un quejica, pero ¿cómo extasiarse con la belleza cuando el calor le abandona a uno y la humedad hiere las entrañas? Cuando lleguemos a Edo agradecerás que hallamos elegido una ruta retirada y sensible, le consoló el dignatario. Una vez en la corte no tendremos tantas oportunidades de disfrutar de la tierra indomable y auténtica, por muchos jardines hermosos que dicen que hay allí. Por eso mismo tenemos que retener en la mente y en los sentidos cada detalle. De ello depende que en la ciudad apacigüemos nuestros instintos y controlemos nuestros deseos. El criado, que había estado atento, sacó sus conclusiones.  ¿Quiere decir, señor, que todo allí es artificial y aparente? ¿Y que debemos compensar la realidad de lo ficticio con la verdad que la memoria resguarde dentro de nosotros? Bien lo has interpretado, mi servicial Taito. Y te diré más. Lo que hoy estás viendo y sintiendo dentro de ti podrás relatárselo a las jóvenes que cortejes. Allí también hay flores ocultas que esperan ser descubiertas por un sagaz explorador. Al muchacho le sonó mejor esa perspectiva que le brindaba su jefe. ¿Cómo son las mujeres de Edo?, le preguntó. El jefe fue severo. No descuides ahora tu mirada ni tu capacidad de percibir lo que tienes delante. Cuando lleguemos allí tendremos ocasión de hablar de las mujeres. ¿O pensabas que yo estaba al tanto? Mis conocimientos, prosiguió el dignatario Iitsu, abundan en la exuberante materia del campo, de las montañas o de los ríos, pero es deficiente en todo cuanto crece fértil y salvaje dentro de una mujer. Reemprendamos la marcha, Taito, que te quiero sano y salvo para acometer otro tipo de aventuras. 

    


(Solo hay un instinto en la naturaleza, aunque tenga diversas expresiones)


11 de abril de 2020

El geógrafo en el albergue de los sueños



(Katsushika Hokusai)


En la casa de las afueras una luz tenue advierte a los viajeros que se ofrece el placer. El geógrafo Manji, que lleva días recorriendo a pie la región montañosa, se detiene en el zaguán. Busco donde albergarme esta noche, dice a la encargada que le recibe. Ella, perspicaz, le informa. Aquí podemos ofrecerle sueños, usted sabrá si le interesan. Los paisajes de esta región me han brindado tal clase de ensoñaciones que me siento satisfecho, se sincera Manji. La encargada, obsequiándole con una taza de té, le habla con sutileza. Hay sueños que nacen de otros paisajes. Figuras que se mecen como los juncos. Fragancias íntimas que invaden los olfatos sibaritas. Sustancias cuya libación reviven los deseos más soterrados. Palpaciones que descubren proporciones exigentes y desconocidas.

Bien sea por las palabras de la mujer o por el aroma del té, Manji acaricia el aliciente de la conversación. Mire que es difícil superar la armonía del universo cuando se  recorren los caminos.  Y mi oficio me ha enseñado mucho de ello. Cerrar los ojos al mundo de las formaciones geológicas  o rechazar la inhalación del olor que emana de las flores o no poner oído al canto original y variado de las aves o no ceder a la palpación del bambú sería un error imperdonable. La belleza del paisaje solo existe cuando afinamos nuestros sentidos como herederos del suelo, de las aguas y del éter. Cada pisada, señora,  me ha llevado a un mundo más profundo.

Todo eso que dices es cierto, replica ella. Me admiran tus conocimientos y alabo tu sensibilidad. Pero ¿crees que es suficiente? ¿Te parece que todo lo existente está ahí afuera? ¿No sabes que hay más mundos dentro del visible y mucho más allá del aparente? ¿Dimensiones concéntricas ocultas que se multiplican en un mismo cuerpo? ¿Movimientos convulsos que  brindan sus ritmos para quien desee abandonarse a ellos? El geógrafo, que escucha a la señora con creciente interés, se siente espoleado. En mis peregrinaciones por esta y otras regiones se han mostrado ante mi mirada toda clase de armonías. Incluso las que se explican solamente por el caos. ¿Me quiere decir usted que en este albergue humilde puedo encontrar visiones no descubiertas y sensaciones no percibidas? Joven Manji, le susurró la mujer, aquí vienen aldeanos y comerciantes, guerreros y dignatarios, artistas y monjes. No hay condición de hombre que no se detenga en este lugar apartado. Pero ellos no esperan lo que intuyo que tú buscas, el verdadero fruto de la tierra. La esencia de la femineidad.

Entonces, Manji cedió a la aguda y velada proposición de la señora. Me quedaré esta noche, dijo, pero a condición de que me garantice que viviré dos sueños.




(No dar por suficientemente conocido lo vivido; estar abierto hasta el fin al brindis de la vida)


4 de abril de 2020

El aprendiz de artes


(Katsushika Hokusai)


La primera vez que Taira, aprendiz de dibujo de una pequeña urbe del sur de Hondo, visitó la gran ciudad no dejó de sorprenderse del ajetreo. A medida que se acercaba a Edo cada giro de cabeza le deparaba un paisaje insólito. Fuese el trasiego de mercancías o el transporte más rudimentario de viajeros o el paseo de abundante gente ociosa al aprendiz le parecía encontrarse en otro mundo. Entonces pensó en sus habilidades y en lo grande que le resultaba todo aquello para desarrollarlas. Mis nociones más elementales de dibujo se me quedan chicas para abarcar este universo tan vital, dijo a su preceptor. No temas. Si tienes de verdad madera de pintor lo vas a comprobar pronto, le respondió amable el señor Higuchi. De momento mira por todas partes. Absorbe cada situación que veas. Toma constantemente apuntes, incluso a la carrera. Sin prisas, sin agobio alguno. Lleva siempre una carpeta liviana y los útiles de escritura y dibujo más sencillos. ¿No debo ponerme enseguida a la tarea de iluminar los paisajes sobre el papel?, preguntó el joven. El paisaje, le contestó su preceptor, no se va a ir. Taira mostró cierta ansiedad. Pero la gente va muy deprisa, me costará captar sus movimientos. Y el otro: la gente vuelve y va continuamente. No vas a advertir diferencia en su comportamiento de unos días a otros. El aprendiz seguía preguntando inquieto. Pero, ¿cómo sabré si son los mismos y si hacen las mismas labores? Higuchi era benévolo con él. ¿Acaso te importa más un rostro sobre otro? ¿Piensas que las labores cambian de un día al siguiente?

Maestro Higuchi, lo que más me preocupa es no precisar la luz. Es más rápida que la gente, más revuelta que las aguas, más mutable que las nubes. La luz es cambiante, cierto, le consoló el maestro, pero muy generosa. Lo que un día te quita, otro te lo devuelve con creces. Una mañana tiemblas porque nace el día apagado, pero al siguiente te permite ver la cumbre de la gran  montaña. Taira no cesaba en su inquisición sobre el maestro. Me desconcierta la crecida ondulante y agitada de los ríos. ¿Piensa que seré capaz de reflejarlo con mi mano? Tú mira la corriente y deja que te robe la mirada. El río es un ladrón honrado que sabe devolver lo hurtado. Tu mano, al fin y al cabo, no hará sino seguir los pasos que le indique tu visión personal de lo que se te muestra.

El aprendiz, encontrando satisfactorias y animosas las respuestas del maestro, abusó de su condescendencia. Aún hay algo que me abruma más. ¿Llegaré a representar a las mujeres tales como se muestran? ¿Cómo podré acceder a ellas para que se conviertan en modelos? Higuchi, que estaba de vuelta del viaje de la vida, le observó con mirada escéptica y divertida. Ah, joven Taira. Representar a las mujeres no es lo más sencillo, pero sí lo más profundo, si lo logras. Yo puedo señalarte los burdeles con las mujeres más hermosas y satisfactorias de la ciudad. También puedo indicarte los domicilios de las mujeres fieles, cuyo rostro y porte no difieren demasiado de las otras. Y si te quedas simplemente a la orilla de los caminos verás todos los días mujeres hacendosas que realizan su trabajo honrado y se vanaglorian de un cierto margen de independencia de sus horas, sin que desmerezcan de otra clase de mujeres. Qué tipo de mujer querrás retratar depende de tu elección. Yo nunca tuve dudas, le confesó. Taira, que se sentía excitado por las revelaciones de su maestro. llegó al límite. Usted, ¿cuales eligió?, se atrevió a preguntar. El maestro se levantó, corrió la fusuma de aquel espacio de la casa, y le dijo alejándose: a todas. Nunca fui desdeñando a unas o dejándome atraer solo por otras. Pero tú tendrás que adivinarlo cuando llegue el momento.




(No hay un conocimiento más auténtico que el aprendizaje permanente. Incluso de las personas)


27 de marzo de 2020

Diálogo en la parada del palanquín


(Katsushika Hokusai)


Para qué nos parirán, dice uno de los porteadores de kago mientras hacen un alto y se secan el sudor. No digas eso, le corrige el otro sin omitir por ello una carcajada exagerada. Takechi, que tiene bastantes más años que el quejica, le azuza divertido. No pensaste lo mismo cuando optaste por este oficio. ¿Quién te recomendó que lo cogieras? Seguro que otro que llevaba un palanquín no fue. 

Hiro es fuerte y, aunque lleva recorridos muchos caminos no se queja tanto por el esfuerzo como por la falta de compensaciones. Ninguna mujer quiere a un conductor de kanga como no sea más que para una noche. Y ni siquiera la noche es desinteresada. A Takechi le hace gracia cómo muestra su sinceridad el compañero. A mí también me pasaba al principio, le revela. Y mira, ahora tengo seis hijos, una esposa que me necesita y una casa alquilada que, eso sí, no habito todo lo que quisiera. Pero ya tengo mucha edad y no se me ocurriría tirar por la borda la habilidad que he llegado a desarrollar. Pero tú, que puedes ser diestro para otros oficios, te convendría buscar. ¿O estás esperando a que una de estas damas que trasladamos se prenda de ti? Takechi se da cuenta de que acaba de ser mordaz con su socio. Intenta limarlo. Bueno, al fin y al cabo en este oficio nuestro se adquiere experiencia. Se ve quién despide a los viajeros que trasladamos, quién los recibe, de qué clase son o fingen ser, cómo hablan y si tenemos suerte y son gente culta hasta nos enseñan algo. Es entretenido. Hacer bien el trabajo y ceder a sus caprichos durante el viaje permite obtener un propina. Claro que a estas alturas, precisa Takechi, me conformo con que el viajero no exceda el peso. 

Es ahora Hito quien ríe. Pero se le coagula la risa y la queja asoma de inmediato a sus labios. Takechi, dice, uno siempre quiere más y de otra manera. Presiento que llevando el kanga no aprendo nada. La mujer que permanece dentro del vehículo le ha escuchado. Yo aprendí cuando dejé el camino que mi familia había trazado para mí, dice para asombro de los dos hombres. Seguro que tú lo tienes más fácil, por lo que he escuchado. ¿Has probado a tirar por otra senda?




(No es útil lamentar la suerte en esta vida si se puede andar otro camino)


21 de marzo de 2020

La travesía de los barqueros


(Katsushika Hokusai)


Las dos orillas se alejan, 
las dos orillas se atraen. 
Llévame a la otra parte, barquero.
Pero tráeme de regreso.
Que me esperan.

Es la vieja canción de los barqueros. Alguno de los pasajeros la acompañan silbando. Otros convierten la travesía apacible en un espacio de tertulia. El monje, absorto en la perspectiva del horizonte, lo traduce a una oración. Se agradece la paz que nos otorgan los cielos, exclama con la contenida euforia que caracteriza a un religioso. Pero el samurai lo escucha. Ah, la paz es un logro de nuestra protección. Sin ella, ¿qué haríais los demás? ¿Qué sería de vuestra vidas? Ni una ni otra paz que invocáis sería posible si no dispusieseis de los bienes que proporcionamos, ríen los comerciantes que van a negociar al otro lado del río. La paz sin riqueza saltaría por los aires. Una madre que amamanta a su hijo calla pero piensa: si no os hubieran parido primero y cuidado después ibais a estar ahora aquí disputando tonterías. Un poeta que observa de reojo a la mujer, parece interpretarla y sale de su mutismo. Hay dos naturalezas, la que nos trae a este mundo y la que nos es obsequiada para disfrutar. Los demás se vuelven hacia él y asienten con la cabeza. Dos viajeros que despliegan como pueden una baraja de karuta apuestan por el azar. La vida es un juego. Decimos que los cielos salvan, pero a veces nos condenan. Los servidores de la autoridad se reivindican para nuestra protección, pero ¿cuántas veces no nos dejan desvalidos? Los mercaderes aportan bienes, pero se aprovechan hasta el abuso. Los poetas creen conquistar el mundo con sus rimas, pero ¿hasta qué punto llegan a saciar nuestras sensibilidades? Las naturalezas de la vida están sometidas al azar. Nosotros jugamos a las cartas para fingir que la suerte es nuestra aliada, pero sabemos que la fortuna no es eterna.

Otomo, el barquero principal, detiene el remo. Respira hondo desde su garganta, que expulsa un olor apestoso a sake.  Eh, tú, Sone, le dice al compañero. Despierta y toma mi relevo. Las verborreas apelmazan mi cabeza más que la corriente a mis músculos.




(En tiempos de palabrería, no hacer dejación del pensamiento)


16 de marzo de 2020

La contemplación y la calma


(Katsushika Hokusai)



Lo inalcanzable es lo que alimenta los sueños, dice un peregrino humilde a algunos visitantes pudientes del templo. Fluyen de toda condición social, unos en carromatos, otros sobre caballerías, los más a pie. Los que han realizado las ofrendas y orado por sus difuntos se despliegan sobre el barandal a admirar el paisaje. Estrenan primavera, la luz acompaña, el clima se les obsequia benigno. Contemplan el gran volcán. El que existía antes de cualquier religión. Mucho antes de los primeras magias de los hombres. E incluso antes de los mismos hombres. Alguien replica al peregrino desarrapado que los sueños son los que motivan las obras humanas. Eso parece, dice aquel. Tal vez por ello son tan frágiles como quebradizas. Sí, le impugna el otro, pero si no fuera así no existiría este templo, por ejemplo. Ni nuestras ciudades, ni las máquinas, ni los transportes, y tampoco podríamos obtener los recursos de cada día. El modesto peregrino no le dice que no. Solo matiza. Los sueños están bien si se les doma. Cuando se les hace crecer en demasía pueden volverse contra los hombres. Su interlocutor no ceja. ¿Qué pasa si los hombres dejan volar los sueños que no dejan de iluminar sus ideas y concretar sus obras? A aquel peregrino sencillo no le gusta dejarse enredar y zanja la discusión con una frase simple y enigmática. Pasa lo que está pasando, responde bajando el tono de la voz.

Todos los del  mirador fijan su vista en el paisaje lejano. Coinciden en que aquella observación emociona y relaja. ¿No son dos sensaciones opuestas?, pregunta con sencillez una dama de buena posición. Naturalmente, hay emociones causadas por la tensión y otras derivadas de la calma. Pero yo tengo la impresión de que aquí, deslumbrados todos por el monte sagrado, descubrimos el vínculo entre tensión y disfrute. ¿Cuál es ese vínculo?, le requiere otro de los viajeros circunstanciales. La mujer no duda: la belleza. 



(Si la búsqueda de la belleza dirimiera las disputas de los hombres...)



11 de marzo de 2020

El viento que barrió la historia


(Katsushika Hokusai)


El día en que volaron los apuntes que tenía preparados el cronista del shogun fue turbulento. El viento llegó impetuoso del lado del mar y una bruma se extendió sobre los campos y las aldeas confundiendo a las gentes. Los arrozales se vaciaron de campesinos y en los caminos los carreteros buscaron refugio. El cronista estaba dando fin a la redacción de las hazañas de su señor cuando la naturaleza barrió de un plumazo los acontecimientos historiados. El cronista palideció, se agitó tratando de asir algunas de las hojas escritas, luego se dio por muerto. En cuanto se entere de esto el shogun ordenará que me ejecuten, comentó con sus ayudantes. 

Shiki Fujimara, de extracción humilde pero de un tesón ejemplar y de una superación sobresaliente, pasaba por ser un excelente calígrafo. También era reconocido como uno de los más exhaustivos recopiladores de acontecimientos. Exigente y minucioso, su trabajo lo realizaba de manera discreta. Se entrevistaba con personas de toda condición, no solo con los mandatarios más egregios o con los funcionarios. Si el shogun había participado en una batalla iba a tomar nota también de las impresiones de los sencillos soldados de la infantería. Si se aplicaban nuevas leyes fiscales sobre las ciudades Fujimara consultaba a comerciantes y artesanos para pulsar los efectos. Si cundía un mal en los cultivos o se extendía alguna enfermedad desconocida entre los agricultores indagaba causas y recababa opinión, siendo receptivo a posibles soluciones. Si había tenido lugar un suceso natural que hubiese conmocionado a una aldea o incluso a una comarca, sabiendo que podía haber afectado a los más humildes, se interesaba y hacía una descripción detallada que luego elevaba a sus superiores. Sin que nadie se lo pidiera expresamente Shiki Fujimara levantaba acta, por su cuenta y riesgo, de cuanto llegaba a sus oídos. Decía que lo que le sucede al súbdito  más desfavorecido del shogunato le sucede también al gobernante más elevado. ¿Confundía la realidad con sus deseos o era un mensaje indirecto dirigido a la autoridad?

El cronista, una vez que hubo pasado aquel fenómeno que nadie supo explicar y volvió la normalidad, decidió mantener el temple. Nada podía hacer si sus informes habían sido pasto del viento, salvo redactarlos de nuevo. Pero ¿con qué datos? Ciertamente su memoria era prodigiosa, pero no hasta el punto de retener el orden de lugares, situaciones, cantidades, nombres o sencillamente fechas de los sucesos que había anotado. El shogun no tiene por qué saber qué hay de verdad y qué de inexactitud -no se atrevió a citar siquiera la palabra mentira- en la nueva relación que debo iniciar, comentó con sus íntimos. Envió un correo al poderoso señor justificando que demoraba la entrega de la crónica, pues ya había corrido por todos los territorios la extraña turbulencia que había paralizado durante un tiempo la actividad de los hombres. Si el viento ha barrido la historia, rehagámosla, exclamó inflamado de seguridad y esperanza. 

Fue tal el empeño de Shiki Fujimara y su equipo que en pocos días no solo recuperaron el relato, sino que lo doblaron en extensión. El cronista no daba crédito. ¿Qué me había dejado antes o qué he puesto ahora sin que haya ningún nuevo acontecimiento digno de narrar? Ni siquiera he mencionado el suceso que nos ha desbordado a todos, pues todavía no es objeto del informe. Revisó este y le pareció que era más o menos como el anterior. La ocupación caligráfica no había cambiado. El tamaño del papel de arroz tampoco. Sí que tuvo la sensación de que el estilo de la nueva redacción tenía más de relato novelado que de crónica. Al leer por tercera vez el texto advirtió que los personajes citados en la escritura anterior habían tomado preponderancia. Como si hablasen por sí mismos más que por la mano del narrador. Y que cuanto expresaban no era una mera transmisión de hechos, sino que revelaban opiniones. Que la mención de una pérdida, por ejemplo, se había convertido en la difusión de una queja. Que la evocación de un episodio bélico alzaba ayes y lamentos, pero también cantos de victoria. O que la exposición de una injusticia era acompañada de voces discrepantes que dialogaban de modo alborotado. Incluso al mencionar la boda de unos simples aldeanos no solo se citaba la celebración y se daba cuenta de su ritual, sino que derivaba por los amores y los negocios que habían convergido en el paso de la pareja. Este informe definitivo ya no era, como el primero, una somera relación épica del shogun y sus generales, ni una exaltación de la corte y la riqueza de su capital. Detrás latían multitud de asuntos menores que hablaban en directo de la penosa pero estoica existencia que llevaban los súbditos.

El tiempo que le había sido concedido para concluir la crónica tocaba a su fin. Tendré que enviar al shogun el trabajo tal como queda, decidió. Si lo acepta, habré salvado la situación y me habré asegurado el futuro. Si no le gusta, sea cual sea el castigo, al menos habré descubierto que narrar lo imaginado también puede ser una nueva manera de ganarme el pan. Si sobrevivo, dejó caer irónico.




(Cuántas interpretaciones se ocultan tras la transcripción de una historia)



5 de marzo de 2020

El poeta de la luz y de la obscuridad


(Katsushika Hokusai)


Cuentan que el poeta Momen se despertaba en la tenebrosa oscuridad de la noche para no perderse el nacimiento del nuevo día. Le preguntaban: Todos los días son iguales, ¿por qué madrugas tanto? Para que mis poemas sean luz tienen que engendrarse también en la oscuridad, como hace el día, respondía conciso. Después de la aurora Momen se dedicaba a sus quehaceres y por la tarde reposaba, alternando meditación y descanso. 

Antes de que apareciesen en el cielo las primeras franjas del ocaso el poeta Momen se incorporaba de nuevo, subía al roquedal y se sentaba a despedir el sol. ¿No tienes bastante con el amanecer que tienes que presenciar un día y otro la puesta que se repite?, le provocaban. Pero él se mostraba inmutable. Para que mis poemas comprendan la oscuridad necesitan nutrirse de la luz, contestaba. 

Los más íntimos se atrevían a insistir. Si madrugas y pernoctas, si durante la jornada atiendes algún negocio o haces retiro, ¿cuándo escribes los poemas? Él los dejaba desconcertados. Mis poemas ya estaban escritos antes de levantarme y siguen escribiéndose cuando retorno a la noche. Lo único que hago, de vez en cuando, es transcribirlos. 

Un día les leyó esto:

Con luz escribe
el río de la noche.
Yo solo callo.
Al despedir el día
me pierdo en su rumor.




(El hombre ordena y dispone lo que ya está en marcha)


2 de marzo de 2020

Encuentro de recaderos


(Katsushika Hokusai)


Cada día se encuentran sobre el abismo. No es el rumor agitado y veloz del arroyo Seishi el que perturba a los que transitan por el puente que cuelga. No es el despeñadero, al que están acostumbrados y que no se paran a mirar, lo que desequilibra sus pies. Es el viento incesante que sopla gélido unos días desde el Norte, otros más templado desde el Oeste. A veces se torna feroz y forma un remolino. Es lo que más temen. Entonces tienen que agarrarse a las maromas para evitar lo peor. 

Ozaki pregunta a la chica: ¿qué llevas hoy a tu señora? Utaro se sonroja, en parte por el fragor del viento pero también por encontrarse con el joven recadero. He recogido material de escritura y dibujo que se ha recibido en la estafeta del pueblo. Mi señora lo está esperando desde hace días. Dice que me va a enseñar los signos de las palabras y las formas de las figuras y de los paisajes. A ella se le dan muy bien. Ozaki se queja: qué suerte la tuya, a mí nadie me enseña nada. Parece que mi destino consiste solamente en trajinar para el amo. Y si no hago algo mejor y me marcho de aquí acabaré en la leva de alguno de los señores de la guerra. Pero eso es lo que gusta a la mayoría de los chicos, le recuerda Utaro, tener una paga y conocer otros territorios. A mí no, protesta Ozaki. No me gusta que me lleven forzoso a ninguna parte. Mi vida no puede seguir siendo como este camino inestable sobre el vacío. De un extremo lo rutinario y mal considerado de cada día. Del otro ser carne barata para los caprichosos combates de los mercenarios. La única elección es sobre qué extremo me embrutecerá menos que el otro. ¿Qué puedo hacer? Utaro le sonríe. Prueba a tirar por el camino de en medio, le dice con sagacidad. Cuando yo aprenda el arte de las palabras y de los trazos te enseñaré a ti. Y entonces ni tú ni yo dependeremos más de nuestros amos ni nos rendiremos al destino. Así no habrá más abismos de servidumbre bajo nuestros pies.




(Siempre aparece un camino inesperado, si se sabe andar)

28 de febrero de 2020

El longevo andarín


(Katsushika Hokusai)


Al anciano andarín de la aldea de Oshi que iba a recoger miel en los panales del prado le preguntaron: ¿qué ha hecho usted para ser tan longevo? El viejo respondió: mi longevidad no tiene mérito alguno. Haber nacido antes que todos vosotros y pensar en morirme después que todos vosotros. Los vecinos conocían su sarcasmo habitual, pero los viajeros se admiraron. Tiene que haber algo más para que su constitución resista los embates del tiempo, insistieron. Mi misterio consiste en el mero hecho de dejarme vivir a mí mismo y mi vida  preserva el misterio. Hubo quien rizó el rizo. Seguro que tiene su propio secreto pero se lo calla. Entonces él aparentó que iba a entrar al tema. Morirá conmigo sin que yo mismo haya logrado descifrarlo, y les dejó mudos. Se le acosó una vez más para que comprometiera una opinión razonada. Le argumentaron: sospechamos que todo es influencia de la naturaleza que le rodea, la calma con que se ha tomado los problemas, la nutrición justa y adecuada, la prudencia a la hora de no desear sino lo imprescindible, y algunas características más, pero nos gustaría saber cómo ha mezclado unos elementos con otros hasta conseguir una medida tan precisa para prolongar la edad. El anciano, sin poder evitar un mohín de desprecio, contestó con sencillez: uno solo vive por sí y para sí, y lo que habla mi cuerpo solo lo escucho yo. Los interlocutores estaban a punto de tirar la toalla. Pero alguien creyó tener la llave para que el hombre revelase el enigma de su larga y bienaventurada existencia. Seguro que su vida ha sido estimulante y ha encontrado el equilibrio perfecto, dejó caer sin más aquel curioso, creyéndose maestro de psicología. Estímulos, si bien escasos, no me han faltado, respondió hastiado el viejo, y sinsabores, que han sido más bien abundantes, me han sobrado. Ya le contaré cuando me haya muerto dónde ha estado mi equilibrio. 

Los viajeros continuaron el viaje entre risas y mofas, mientras el anciano andarín se disponía a iniciar un diálogo más fecundo con las abejas. 



(Para todo debe haber preguntas, pero no siempre puede o debe ofrecerse respuestas)



25 de febrero de 2020

Los jinetes


(Kaktsushika Hokusai)



Tres veces han pasado al galope los jinetes hacia el Norte. Tres veces han desandado el camino hacia el Sur. En la aldea es la comidilla de la jornada. Algo sucede en Edo, exclama el samurai venido a menos Daido Numata. Algunos hablan de tambores de guerra. Un viajero comenta que la destitución de un alto funcionario honrado amenaza con provocar una revuelta. El monje peregrino dice que ha soñado que el emperador ha perdido la cabeza por una mujer que no es cortesana y que las intrigas se han puesto en marcha. En la provincia de donde procedo, cuenta un comerciante de loza que se dirige a la capital, abundaba la agitación. Cuando la epidemia de hace seis años ocurrió algo parecido. Tal vez se trate de un hecho luctuoso, cuchichea Shinju, la vieja ama del samurai. Y bajando aún más la voz: también los emperadores o sus esposas mueren. Alguien dice: seamos prudentes. Todo son conjeturas y rumores. Pase lo que pase nada va a cambiar para nosotros. Y si hablamos demasiado acaso troquemos la vida por la muerte. Se esperaba temprano al recaudador de impuestos y solo a la caída de la tarde aparece con cara de pocos amigos. ¿Problemas con los mensajeros?, le han inquirido. Cuando ellos aparecen hay que detenerse y me ha tocado hacerlo varias veces, responde refunfuñando. Ignora lo que sucede y pide pasar la noche en aquel lugar de paso.

La noche ha engullido al pueblo. En la oscuridad el caserío no existe. Las pocas lumbres que quedan prendidas se vuelven más discretas. Rugidos del viento. De pronto la senda traslada hasta el fondo de los hogares un estruendo de caballeria. No puede ser que los enviados circulen también por la noche. Algo grave ha tenido lugar, insiste el samurai, cuya pobreza le carcome más que sus antiguas heridas. Ni él ni el recaudador pueden pegar ojo. Se asoman. Esta vez es ruido de un tropel de jinetes. Pero quién los guía en las tinieblas. A dónde van. Qué misión les urge. No ven nada pero sienten en sus rostros el azote de una galopada. Creen percibir que las espadas refulgen como estrellas de sangre. Recojámonos, propone el recaudador, no estudié yo para negociar con espectros. El samurai, cuya edad ha encogido su valor, le sigue con precipitación hacia el interior de la vivienda. Tampoco yo sabría manejar la katana contra las sombras. No hay nada más terrible que aquello que parece escucharse pero no se ve, dice con voz trémula.

La escarcha del amanecer ha convertido en invisibles las huellas del paso de los jinetes.


(El rumor es el lenguaje de lo fantasmagórico)




23 de febrero de 2020

Los porteadores


(Katsushika Hokusai)


Desde el borde de la ladera los niños observan a los porteadores. ¿Qué crees que llevarán hoy?, pregunta Masaru. Saori, su amiga, le responde con aplomo. Seguramente lo mismo que ayer. Hacen igual recorrido, son los mismos hombres, hablan y callan como cualquier otro día. El anciano Fujita, que ha oído el comentario, les chista. Eh, no os fiéis. Ni el mismo recorrido es el de ayer, pues no siempre dan los mismos pasos, ni los hombres permanecen en su misma edad, ya que hoy son más viejos, ni lo que transportan es género idéntico, porque el anterior ya fue entregado. Puede que lo único que no se modifique sea la palabra empleada o el silencio requerido. Pero si todo lo demás es diferente, ¿por qué lo que hablan no lo es? Fujita repara en la sagacidad de los chicos. ¿Habéis oído vosotros que tengan entre ellos una conversación menos tosca un día que otro o una queja más liviana o una palabrota que no sea obscena? No, no, en eso no cambian, responden a la vez. Ojo, salta el anciano. Lo que nunca queda claro es si lo que callan es igual o callan algo diferente. Saori y Masaru se miran, desbordados por la observación. Tener la boca cerrada es tener la boca cerrada, ¿no?, razonan. Ah, dice Fujita. Pero lo que hay en cada persona detrás del silencio, ¿qué y cómo es? Eso nadie lo sabe. 


(Lo análogo nunca es identidad)

21 de febrero de 2020

Monogatari del pescador


(Katsushika Hokusai)


Apenas había rayado el día. Desde la roca el pescador echaba su arte para sobrevivir a la jornada. Las aguas revueltas, decía a su acompañante, ¿serán la respuesta a nuestra plegaria o la condena por esta condición miserable que padecemos? Al pescador le había enseñado el oficio su abuelo, luego su padre, ahora se las componía para tratar de que su vástago aprendiera. Pero el hijo, ay, solo escuchaba el rumor del oleaje y soñaba con la vida de los que vivían en las ciudades. Si no me echas una mano hoy no comeremos y tampoco podremos llevar nada al mercado, le reprendió el padre. Los peces picaban pero el pescador los devolvía a la marea. Un día que no comamos puede ser un día de aprendizaje para mi hijo, pensó. Mejor volver de vacío que no dárselo hecho a quien no se esfuerza.

(¿La carencia enseña?)



30 de mayo de 2019

El hombre que leía periódicos en blanco


(Jorge Molder)



A la misma hora de cualquier otro día. Es temprano. Tomo el periódico abriendo mis brazos de par en par. Como abarcando el mundo. Pero esta mañana la prensa se abre con unas cuantas hojas en blanco. Perplejidad primero. Escepticismo después. Seguramente se trata de un sistema nuevo de publicidad, pienso. Alguna estratagema para concitar la atención del lector. Paso más páginas. El vacío total. Digo total porque decir absoluto sonaría metafísico y esto es un periódico, no un mundo difuso de ideas que quieren trascender. ¿O acaso se trata de algo análogo? Un fallo de máquinas o una prueba que se ha colado, seguro, me digo con menos paciencia que antes. ¿Una prueba sin texto, sin imágenes, sin paginación, sin anuncios? Dudo si volver o no al quiosco. Reclamaré otro ejemplar, aunque tenga que desandar el camino. Pero, y si otros números también vienen vacíos, ¿a quién pido explicaciones? No es cuestión de precio. No me importa perder el dinero pero no estoy hecho para perder la costumbre. ¿Y si me quedo sin noticias y las horas que me vienen de frente me encuentro huérfano y perdido?

No estoy preparado para ser abstemio de la información así, de golpe. Esto mío es un vicio, una deformación, quién sabe si habrá llegado a ser una malformación. Claro es que siempre tengo la posibilidad de cambiar de periódico, siquiera por un día. Pero las otras cabeceras no me hacen tilín. Unas tan proclives a A, otras tan sumisas de B, todas apostando a buen pagador, sea este anunciante o influyente. Que suelen ser los mismos. Y tanto corifeo adulando a los líderes, tantos tertulianos malgastando palabras. No es para animarse a cambiar, no. Inseguridad viandante. En lo que estoy tardando en decidirme y aunque vuelva sobre mis pasos se ha podido agotar la tirada. Será un esfuerzo inútil.

Veamos, si el periódico me niega sus aromáticas tintas matutinas, ¿por qué no probar a leerlo en blanco? Si alguien escuchara mi autopropuesta diría que soy un orate. Dos opciones. Imaginar que el mundo es tan blanco como las páginas huecas que tengo entre mis manos puede ser una. Eso me excluye por lo tanto del planeta social. No es mala idea. Me llevaría a un reencuentro con otras especies. O simplemente a ser un contemplativo en la era en que nadie reflexiona más allá de sus narices. Otra posibilidad es más intrépida, incluso arriesgada. Todavía bullirán en mi mollera relativamente frescas las noticias de ayer y, si bien las mismas vuelan y los acontecimientos se suceden de manera vertiginosa, no será difícil reconstruir el ejemplar neutro que tengo entre mis manos. Puesto que retengo mentalmente lo leído ayer en las distintas secciones no me costará desarrollar cada tema. Qué digo desarrollar, mejor actualizar. ¿No hay acaso mejor cosecha que la que uno siembra y en la que controla su crecimiento? Las noticias, las emita quien las emita, siempre mantienen un pulso abierto, lo cual permite convertir el hecho imaginado en probable. Y de la probabilidad a lo firme solo hay un paso. Además la mayor parte de las noticias son anodinas, con frecuencia intrascendentes. Lo que tiene valor se demora en contarse, cuando no sufre alteraciones que lo desfiguran. Y de lo que se ofrece espectacular no se sabe bien qué hay de verdad o de mentira. Pero ¿quién busca la verdad en la prensa? ¿Quién cree a estas alturas que haya verdad en alguno de los estamentos o portavocías que inundan hasta los ámbitos más íntimos?

Hay quien lee la prensa para pasar el rato. Quien la hojea para sentirse respaldado en sus ideas. Quien se deja deslumbrar más por las imágenes o los titulares -¿no son los titulares de las distintas secciones una imagen más que si es acertada o atractiva evita leer los contenidos?- y con ello se conforma. Me pregunto cuántos bucean en un periódico para contrastar ideas, alimentar pensamientos y confirmar alguna certeza. Y no me cabe duda que hay personajes tan exigentes y raros como yo, a los que les cuesta admitir los mensajes y enseguida los ponen en cuarentena. Todo es tan inseguro en el asunto de la emisión y recepción de noticias y comentarios que cuesta interpretar. ¿Se cuenta para saber lo que hay en el fondo de las cosas o para favorecer a unos y denigrar a otros?

Así que no me parece imposible cubrir por mi cuenta páginas enteras, o al menos una mitad de ellas, por ejemplo, y dejar otra parte para una publicidad imaginaria,  con informaciones deducidas, que no me cabe duda no diferirán mucho de las del día anterior. Naturalmente tendré que recurrir a noticias con sorpresa, sacar a relucir informaciones imprevistas, así como inventar revelaciones novedosas de algún personaje que rompe su silencio para salvar el pellejo, de la cárcel o de la vida, por ejemplo. Esa clase de contenidos me costará un poco más, pero lo supliré con una dosis de invención especial. Al fin y al cabo el lector del periódico invisible voy a ser yo únicamente. ¿Que hay errores en mi reedición del periódico? Los subsanaré leyéndolos de otro modo cuando los detecte. ¿Que no me convence la noticia que yo mismo creo? La redactaré de nuevo hasta que sea de mi agrado. Uno tiene derecho a buscar lo que le gusta, ¿no? ¿Que las entrevistas que imagine a personalidades resultan comprometidas? Las replantearé, no es cosa de que comprometa a otros y encima me comprometa a mí.

Me parece que el periódico en blanco que me han vendido me ha hecho un gran favor. No tengo cura. Ser lector tradicional de un periódico me ha convertido en un maniático empedernido o en un enfermo, cuyo mal solo lo percibo y mido yo mismo. ¿Podría vivir sin las noticias que transmiten los periodistas, sin los articulistas de opinión, sin los gacetilleros que relatan escabrosos sucesos? Tanta tinta en vena durante años me ha vuelto un depravado, lo reconozco. Puesto que no sé si podría soportar un vacío permanente, como si la dictadura de la ignorancia más cruel de todos los tiempos impidiera la narración de lo vivido, ¿debo resistirme a inventar mi propio y exclusivo periodismo cotidiano?

Estos pensamientos me han puesto ufano. Prosperen o no mis intenciones, ¿a quién podrían molestar? Al fin y al cabo, el hombre vive tanto o más en su espacio onírico, deseoso y hasta erotizante por necesidad instintiva. De no hacerlo ¿podría sobrevivir?





24 de octubre de 2018

La aldaba y el destino





¿Dónde vas?, me pregunta la aldaba. Voy a pedir posada, respondo. ¿Quién te ha dado permiso, maleducado, para aferrar mi delicada curvatura con tanto brío?, me echa en cara. Ah, pensé que usted estaba para eso, para que desde dentro me oigan, le digo atónito. Sí, claro, eso dicen todos -y ella baja el tono de voz- pero aquí no hay golpe que valga sin antes solicitar mi consentimiento. ¿Y si golpeo sin mediar palabra?, insisto. El aldabón se defiende. Entonces tu llamada no tendrá efecto alguno; tu mano se sentirá pesada, yo engrosaré la circunferencia y el volumen y, por lo tanto, el peso, y llegará un momento en que no podrás alzar siquiera mi silueta labrada y esbelta. De nada te valdrá, peregrino. No le creo, me defiendo. Me han dicho que aquí somos bien recibidos los caminantes y mejor atendidos aquellos que mostremos mayor talante piadoso. Vengo en son de paz y en busca de consuelo. Ven como quieras, hermano, se encastilla el picaporte, pero una no está puesta en la escena del portalón para ser objeto de capricho de cualquiera, ni me paso a la intemperie los días y las noches, con los consiguientes rigores del año, como para que me chulee el primer advenedizo que pretende entrar en el templo del misterio. De nada me vale dar explicaciones, ni mostrar las cartas de recomendación, ni hacer la confidencia de que necesito recluirme un tiempo allá dentro para salvar los muebles de mi alma, ni relatar el esfuerzo que vengo haciendo por ser un hombre virtuoso. Mira, peregrino -y su voz se vuelve más tenue pero no menos firme- te han debido informar mal. Hay tantas leyendas falsas que corren por ahí sobre este lugar. Aquí dentro no se cura nadie. Ni se proporciona paz, ni se soluciona la vida, ni se evita la muerte. Tras esta puerta de intenso color almagre solo está el destino. Y al destino no se entra por las buenas. Hay que tantearlo primero, probar la capacidad de adaptación, luego pactar con él determinadas circunstancias vitales. ¿Ves, viajero, cómo hay que llegar aquí con prudencia antes de exponerse uno a lo desconocido? Mi confusión es tal que me hace sentir impotente. Me rindo, aldaba, le digo. Empecemos de nuevo. ¿Me permite sujetarla con delicadeza y llamar, pues pretendo acceder a los misterios del futuro? La ironía me rezuma desde lo más hondo de las cuerdas vocales.  Como quiera que la aldaba no responde, haciéndome creer que se ha ido, aunque yo la veo ahí, decido echar mi mano con energía sobre ella. Aquel aro de metal parece una losa. Imposible moverlo. De pronto el postigo se abre pesadamente, chirrían los goznes, el zaguán está oscuro, siento la sacudida de una ráfaga heladora, el silencio me sobrecoge. Sí, me digo a mí mismo, ya lo entiendo. No hay voz alguna, no se nombra nada, nada duele ni nada da placer. Sin duda que al fin he accedido al destino. 



15 de junio de 2018

La pesadilla



(Evgeniy Shaman)



Mientras estaba ausente de este mundo pero sin hallarse todavía en el que no le tocaba estar el paciente permaneció sumido en una pesadilla. Soñó que una niña le sacaba el corazón limpiamente a través de su pecho, que lo mecía entre sus pequeñas manos y escuchaba los movimientos de aquel órgano escurridizo; el corazón seguía sonando y él seguía viviendo, y a la niña le parecía un juego entretenido; y entonces le preguntaba a aquel cuerpo abandonado ¿puedo sacar más cosas?; decía así, cosas, porque la niña no sabía nombrar aún ni lo que veía desde fuera ni menos aún lo que él tenía dentro, y el hombre le respondió: haz lo que quieras, yo no siento nada, y ella arremetió entonces con los órganos que bullían entre las costillas y las fue poniendo junto a los costados del hombre, y mientras le hablaba, le decía, por ejemplo, cuántas cosas tiernas tienes dentro, voy a volver a ponértelas. 

Al paciente le parecía divertido que la niña jugara con sus vísceras y le gustaba verse convertido en un puzzle, sin importarle si la niña acertaría a colocarle de nuevo cada pieza en el lugar del que provenía. La niña lo intentaba, insistiendo una y otra vez en dejarlo todo como estaba, pero o los espacios se habían reducido o a ella le sobraban fichas de aquel rompecabezas viscoso, desigual, complicado. 

En medio del sueño de la anestesia el paciente farfulló con lenguaje trabado, que nadie prestó atención. No imaginaba desde su profundo vuelo de éter que varias manos sorteaban de modo aleatorio sus vísceras, que eran revueltas sin aparente orden y con escasa delicadeza, y que las mismas manos las distribuían sobre su torso y más abajo aún, rasgando su abdomen, jugaban a situarlas en los diferentes espacios de donde habían procedido. El hombre, en su estado alejado, soñaba y, rendido pero curioso, quería hablar. No sé mucho de mi propio cuerpo, creía confesar avergonzado, salvo cuando he tenido dolor o me he dado placer, pero ¿servirá para algo esta alteración de mis órganos, quedaré como estaba, sentiré que no siento?

Como no podía obtener respuesta y los cirujanos proseguían su labor, admitió su impotencia y sólo acertó a pensar que decía: hagan lo que sea, pero déjenme bien, como al principio del principio, como si aún ni yo ni mi cuerpo hubiéramos crecido. Entonces le pareció que la mujer niña que habitaba en esos momentos sus sueños, que hurgaba en lo más profundo de sus cavidades, hablaba impositiva pero transparente. Te voy a dejar mejor que estabas, no te importe si tu cuerpo tiene otra orientación y si sus funciones se alteran un poco porque mejorará tu calidad vital. Volverás a nacer aunque nazcas con otra imagen. Entonces él, ante aquella calificación mágica que le sonaba a calidad de cuerpo, a la que estaba acostumbrado en la vida común, ya no temió. Y no hubiera tenido más temor si en el sueño no acertara por un momento a ver otro rostro y otro cuerpo de sí mismo. No puede ser, pensó mientras varios médicos tomaban con firmeza su cabeza, la ajustaban al tronco, cosían en vertical su abdomen, alineaban sus brazos y sus piernas formando el hombre total que yacía. No puede ser, se repitió asombrado, en un estado de confusa felicidad, que la niña haya acertado a poner en su sitio cada uno de mis órganos.

Las sombras blancas se alejaron de la mesa. La más rezagada de ellas recubrió con una sábana el cuerpo del hombre. La niña se iba difuminando presurosa pero divertida en sus sueños.



1 de febrero de 2018

La anestesista


(Nicolas Henri Jacob)


Esté tranquilo, le dijo la anestesista, embozada en su traje de faena. Confío plenamente en usted o, mejor dicho en lo que me va a poner, respondió el paciente. Entonces pensó: debería haberlo dicho a la inversa, no vaya a creer que no me fío de ella. La sustancia es la que me va a dormir. Pero, al fin y al cabo, de la mano de esta mujer depende que la dosis me haga el efecto conveniente. Está muy estudiado todo esto, le replicó la anestesista, como si hubiera interpretado sus pensamientos. Sabemos qué dosis hay que aplicar en función de la edad, el peso, el estado del corazón, los antecedentes y, en fin, las pautas saludables que se muestren en el paciente. Al hombre le escalofrió la textura fría del guante del látex buscándole la zona de piel donde iba a actuar la médica. ¿De verdad que no sentiré nada después de la operación?, y las dudas le hicieron bajar la guardia, exhibiendo una aprensión que chocaba con su corpulencia y aplomo habituales. Se rebeló ante este indicio explícito de su fragilidad, con lo aparente y seguro que había sido, tan celoso de su autocontrol habitual. Dormirá como un bendito, le tranquilizó la mujer. ¿Suele soñar mucho? Aquí soñará pero de una manera tan pesada que ni siquiera el sistema nervioso del cerebro se dará por aludido. ¿Ve qué bien? ¿A que no ha sentido los pinchazos?

El hombre observó los negros ojos de ella, como si fuera un campo de amapolas en medio del erial del resto de su cara. Así como está parece una musulmana, discurrió para rebajar la tensión. La firme mirada de la anestesista le transmitía confianza. Si te tuviera frente a frente en otra tesitura, se le ocurrió imaginar. Pero aquel pensamiento fugaz, aquel deseo transitorio y aparentemente fuera de lugar, mezcla de tentación y de necesidad de refugio, no se trataba sino de una excusa que le proporcionaba serenidad. Por una parte era el hombre que siempre había sido, incluso en ese instante de debilidad de su cuerpo. Por otra, se veía como el rey desnudo, rendido a la necesidad de una salvación que llegara de otras personas. No estaba en condiciones de poner reparos a aquel abandono de sí, entregado a profesionales que habían estudiado su caso y decían que le iban a recuperar. Cualquier pensamiento o deseo ahora mismo, no relacionado con lo que voy a pasar,  pensó, me viene bien; necesito normalizar este momento como sea, se justificó en su interior.

Fueron llegando otros médicos. La anestesista prolongó a su vez lo que a él le pareció una contemplación dotada de especial bondad. ¿Sólo bondad? ¿O veía en la soledad del hombre abatido algo más? Le observó con cierta dulzura -¿puede percibirse esa actitud a través de unos ojos sacados del contexto de un rostro que se oculta?- mientras le apretaba el brazo. Dígame que no es compasión lo que muestra hacia mí, estuvo a punto de decir a la mujer. Ella le siguió hablando con unas palabras cuya cadencia amortiguaba los temores. Verá lo relajado que va a encontrarse en pocos minutos, le dijo. Empujó con suavidad el cuerpo del hombre hacia atrás, para ajustarlo a la camilla desde la que le iban a trasladar a la mesa de operaciones que había en la proximidad. Cómo serán sus manos sin los guantes, le dio en pensar al hombre. Al acomodar la postura del paciente la médica arqueó sobre él parte de su torso, informe y ausente, anulado por la amplia bata verde que sustraía formas y fragancias a los sentidos cada vez menos receptivos del enfermo. El enfermo rió por sus adentros por una ocurrencia callada: qué generoso debe ser su cuerpo, y reprimió enseguida el pensamiento fuera de tono. Su tarea acaba aquí, ¿verdad?, acertó a preguntar a trompicones a la anestesista. No, estaré toda la operación pendiente de usted, por si me necesita. Aquella expresión, por si me necesita, le sonó al hombre a un propósito que traspasaba la situación y los roles jugados por cada uno. ¿Se refería al riesgo de la operación o le proponía veladamente otra actitud que acaso pudiera ser sentimiento? Qué iluso soy, masculló entre dientes mientras una densa niebla lo secuestraba, para retenerlo en un espacio desconocido donde dejaba de ser. 

Dos enfermeros colocaron al paciente sobre la mesa de operaciones. La anestesista se quedó al lado, observando la respiración cada vez más pausada del hombre derrotado. Haremos todo lo posible para que salgas de ésta, le dijo con un acompasamiento suave, estimulante, asombrada por el tuteo repentino. El cirujano la miró con extrañeza. ¿Estás bien?, la preguntó; pareces rara y tienes mucha experiencia en esto. La médica afirmó sonriente, sin que supiera muy bien si respondía a su estado de ánimo o al buen hacer habitual. Se notó turbada. Por qué me cambiarían el turno hoy, se martirizó en su perplejidad eufórica. 




17 de diciembre de 2017

La última visión


(William Eugene Smith)



Ataúlfo Oronoz se moría de viejo a la sombra de aquel volcán eterno que habían conocido cientos de generaciones y al cual tenían por tótem. Lejos de estar preocupado por su estado decía a los suyos: lo que yo veo ahora no lo véis vosotros. ¿Qué ves, pues?, inquirían al hombre postrado. Cosas hermosas, contestó.

Cuantos le rodeaban se miraron desconcertados. Uno de sus familiares se atrevió a murmurar: no puede ser, la muerte nunca trae nada bello. Ataúlfo lo oyó, no obstante la creciente sordera que se iba apoderando de lo que en otro tiempo fue un fino sentido de su oído. Una muerte inminente como la mía trae la belleza de contemplar la vida que he llevado, de la que no me siento arrepentido, replicó alzando la voz, con un gesto de reproche. Los circundantes no sabían si echarle en cara viejos agravios o reírse de sus fantasías. Ha hecho bien a algunos, pero ha perjudicado a otros, dijo un familiar ejerciendo de Perogrullo desde una silla de enea. Qué dices, ha disfrutado cuanto ha querido y ha procurado que otros lo pasaran bien con él, atinó a señalar alguien más benevolente. Se quejaba de mil males pero nunca cedió a ninguno de ellos, metió baza un pariente recién llegado. Pues para mí que fue desinteresado en exceso, de ahí que no sacara todo el rédito suficiente de un mundo competitivo como el que le tocó vivir, comentó uno de sus descendientes. Juan, el secretario municipal, no quiso ser menos en opinar: rencor extremo y sentido de la venganza no tenía, pero quien se la jugaba ya se podía despedir de seguir teniendo tratos con él. Le gustaba ser justiciero.

Se hizo el silencio en la  habitación. Algunos parientes salieron de ella discretamente. Veo la tierra que dejo, afirmó de pronto Ataúlfo Oronoz con tono arcano y firme. Veo la tierra tal como quedará mañana cuando ya no esté. Todos dieron un discreto respingo y quien hubiera dicho no sentirse sobrecogido en ese instante estaría mintiendo. ¿Cómo es esa tierra, Ataúlfo?, preguntó su mujer con voz minúscula. Los acompañantes prestaron suma atención. Nadie ignoraba que el hombre no sólo había sido siempre un saco de sueños fecundo, sino que recordaba muchos de ellos y solía contarlos fantaseando con un lenguaje literario detallista y entretenido. Muchos le llamaban el narrador de sueños.¿Para qué queréis saberlo?, respondió el moribundo. Tampoco vosotros estaréis para verla. Los más supersticiosos temieron que el alma de la sibila se hubiera apoderado de su mente agotada y hablara por él. El hijo mayor tomó su mano con ternura. Está bien que los sueños le envuelvan, padre, siga soñando. Ataúlfo Oronoz no dijo más. Aún tardó casi tres días en morir. En el instante justo en que su energía quebró para siempre el volcán tronó. Nadie se quedó a velar su cadáver.


30 de noviembre de 2017

La mujer del expreso


(Edward Hopper)



Pocos viajeros en esta época del año, ¿verdad? Fue la manera de presentarse al entrar en el compartimento. Muy pocos, respondió la mujer que iba ensimismada en la lectura. El viajero colocó su maleta y se acomodó con parsimonia. Será un viaje largo, así que iremos más holgados, dijo el hombre para atemperar la frialdad de la escena. Sí, se limitó a responder la pasajera, que siguió leyendo. Los viajes que son largos se llevan mejor si hay más gente, aunque también se pierde intimidad, dijo el hombre por decir. Así es, contestó la mujer, de nuevo lacónica. El hombre cayó en la cuenta de que el recorrido se le iba a hacer tedioso y se levantó para sacar un periódico del bolsillo de su gabán. El tren arrancó repentinamente y dio un traspiés. La mujer hizo ademán de sujetarle. Le advirtió sonriente: tenga cuidado, no hay caída buena. No, no la hay, asintió él avergonzado. 

La compañera de viaje continuó con el libro y el viajero desplegó el diario. De vez en cuando el hombre contemplaba el porte de la mujer por encima del perfil de la página. Pensó para sí: estoy haciendo lo mismo que sale en las comedias de cine, qué excusa tan patética para observarla. Se sintió ridículo y dobló el periódico. La miró largamente. Jugó a adivinar qué vida llevaría aquella mujer. Su condición, su trabajo, el estado, los motivos del viaje, sus gustos, sus entretenimientos, sus amoríos. Giró luego la cabeza hacia la ventanilla y contempló el paisaje que iba oscureciendo. Qué cortos son los días, musitó, tan bajo que probablemente no fue escuchado. Volvió a contemplar a la mujer, a ráfagas, con movimientos disimulados. Sin cerrar el libro, ella alzó el rostro, pero no hizo gesto alguno que diera pie a su compañero. De pronto le preguntó: ¿lleva cada vez que viaja un simple periódico? En desplazamientos más concurridos ni siquiera llevo un diario, contestó él sorprendido. Siempre he pensado que el ambiente que se genera en un tren es bastante ilustrativo, añadió. Basta con observar, charlar con unos y con otros comedidamente, y contemplar los paisajes cambiantes por donde atravesamos para que recibamos una información más fiable que lo que pueda decirnos la prensa, ¿no cree? Cierto, ratificó la mujer. 

El viajero dio por hecho que ella tenía ganas de hablar. Aprovechó la circunstancia. Y usted, ¿siempre se enfrasca en un libro? La acompañante se dirigió a él con una mueca divertida. En una novela intrigante, por ejemplo, hay mucha más información, y no tan equívoca como la que ofrecen los diarios. Y además de otro género, donde sabemos mucho de los personajes, nos hacen conocer mejor una geografía, nos relatan con mayor verosimilitud un escenario de situaciones variadas. Fíjese hasta qué punto hay riqueza en una narración que puedo ir en un tren como ahora y leer un relato sobre un viaje en tren, lo cual duplica sensaciones. A mí me gustaría leer como usted, intervino el viajero. Se la ve entregada, resistiéndose a conversaciones que la saquen de aquello que le produce interés. Estoy seguro que cuanto lee le hace vivir, que no solamente lee por matar el rato. Antes la pillé sonriendo ante una página o poniendo cara de asombro al pasar a la siguiente y en páginas más posteriores daba la impresión de sobrecogerse. No sé de qué irá el relato pero usted parecía más un personaje del tren que se mueve en ese libro que una viajera real que habla ahora mismo conmigo.

Los ojos de la mujer destellaron y por primera vez en todo el tiempo que iban juntos le interesó aquel el hombre. Desplegó su melena castaño y dejó caer la espalda en el respaldo de la butaca acogedora, buscando una relajación cómplice. ¿Me está diciendo que soy alguien inexistente?, dijo con ironía. ¿Que usted ha estado observando a una pasajera que no era de este tren? Entonces, ¿cómo debo considerar su manera de contemplarme, como si intentara adivinar las facetas de mi vida? Bien, pongamos que no soy tal viajera que habla con usted cara a cara. Pero ¿y si usted tampoco fuese quien se cree ser y no ha subido a este tren con una sencilla maleta, un abrigo y un periódico? ¿No se le ha ocurrido pensar que usted no viaja en el tren al lejano lugar donde se supone que nos dirigimos y solo está sentado en un compartimento de la novela mientras charla con una mujer que no estaba convencida de seguir su charla? 

El viajero sintió una apasionada curiosidad por conocer qué contaba el libro. Se lo hizo saber a la mujer. No, ni hablar, no le contaré el argumento. Cuando lo termine, que será un poco antes de llegar a mi estación, se lo daré. Usted empezará la lectura cuando yo me haya bajado. Pero tendré que devolvérselo, y el hombre reveló una leve tristeza en su voz. La mujer saltó prudente. En absoluto, cuando lo esté leyendo me agradecerá que se lo haya pasado. Pero ahora, antes de que continúe con mi lectura, hábleme un poco del objetivo de su viaje. ¿Hará lo propio usted?, aprovechó él la ocasión. Sin duda, eso se lo garantizo, respondió la mujer. Entonces no va a poder terminar la novela, dijo con ironía el viajero. Ah, pero entonces, dejó caer con sarcasmo la mujer, ¿no se ha dado cuenta todavía que estamos ya dentro de ella? 





14 de julio de 2017

El ejemplar índico


(Malick Sidibe)


Lourenço Mocuba, esbelto ejemplar de la costa índica, se despertó ya avanzada la mañana pensando en las dos mujeres. No sabía muy bien si se sentía pesaroso o eufórico. Ni con cual de las mujeres con las que creía haber soñado se adecuaba un estado u otro de su ánimo.

Se contempló un rato en el barroco espejo superpuesto en la jofaina. Hizo una gimnasia de hombros varias veces y observó su dentadura alba, impecable. Qué gran invento el espejo, pensó, puedes verte tal cual eres o puedes engañarte como te parece que eres, depende de como quieras mirarte. Gesticuló mordisqueando los labios, grandes y pulposos, hizo guiños con los ojos aún somnolientos, se miró la lengua, pastosa, percibiendo un sabor acre. Luego, aún confuso y atolondrado taponó el agujero de la vasija, vació un generoso chorro de agua hasta cubrir buena parte de la superficie y sumergió media cabeza mientras contenía la respiración. Es bueno evitar la oxigenación durante unos minutos para poner orden en los pensamientos, justificó su acto. Mientras no respiro toda mi mente se detiene y pone orden a la memoria de lo acontecido antes. Cuando no pudo aguantar más el ritual purificador alzó su rostro violentamente, sacudió la cabeza mojando ampliamente el suelo embaldosado y se secó despacio con una toalla desgastada. Es sorprendente, siguió hablando consigo mismo. Apenas me acabo de levantar y ya voy olvidando los sueños. ¿O no he soñado lo que he vivido? ¿O he vivido tan intensamente algo que me desconcierta y que me cuesta aceptar?

Así, dudando de la veracidad de las imágenes que aún fluían alocadamente dentro de él, se vistió no obstante con parsimonia y cuidado. Escogió uno de los trajes más elegantes de su repertorio, embetunó  con esmero sus zapatos de paseo y salió a la calle. El café La Negra Beira estaba a tres manzanas. Acudía cada mediodía. Antunes le vio llegar. Se dirigió a él. Querrá vuecelencia un tazón de café bien preñado ¿verdad? El blanco Antunes se había quedado de propia voluntad en el país cuando éste dejó de ser colonia. No tenía nada que perder, y era cierto; eso dijo en su momento y eso repetía a los desconocidos. Antunes le tenía cogido el punto a Lourenço Mocuba, le disculpaba su gandulería, le defendía ante otros vecinos del barrio que tenían que salir antes del alba a trabajar. El señor Mocuba es depositario de altas misiones en esta vida, solía decir entre el choteo general de los tertulianos del Beira. ¿Va a salvar el mundo o solo nuestro país?, le respondían entre carcajadas. No, decía Antunes, algo más elemental y cercano. Sabe hacer felices a las mujeres. Antunes, que tenía un conocimiento acertado y riguroso sobre todas las clases y tipologías de café africano que pasaban por la ciudad, estaba bien considerado. Su opinión sobre un tema central como el café le validaba para hacer un juicio sobre cualquier otro tema. Pero a veces la gente no sabía bien si al emitir juicio sobre Mocuba lo hacía en serio o con una ironía especial, prudente cuando Mocuba se hallaba delante. Siempre había algún parroquiano que tirando más del hilo decía: A las mujeres no las hace feliz ni el Gran Bantú. Ojo, que lo de Lourenço es cosa fina, saltaba entonces Antunes. Él tiene sus artes y también sus secretos. Y consigue que ellas sean discretas. Hablando de este modo Antunes protegía al ocioso enamorador y le exculpaba a los ojos de la gente de aquella fama de vividor. Hay que respetar a quien está llamado para designios sublimes, precisaba como colofón.

El elegante ejemplar índico estaba acostumbrado a aquel tipo de comentarios y no se dejaba afectar. Su presencia, siempre bien puesta, dotada de buenas maneras y de un derroche de amabilidades con cualquiera, causaba admiración incluso entre los hombres. Algunos le envidiaban, pero no podían competir. A Lourenço Mocuba le beneficiaba un talante sereno y una predisposición prudente a la hora de hablar. Se ve que estuviste en aquella Universidad, le decían a bulto, por lo que aprendiste. Pero él siempre afirmaba: he aprendido más de la vida que de las aulas. A decir de su vocación de entrega a las mujeres nadie lo ponía en duda. Pero sí, era un hombre informado, dotado de una retórica medida y muy precisa, expuesta con un tono de voz suave pero convincente. Todo ello obraba a su favor, pues si bien podía ser criticado por su forma de vida era a su vez reconocido por el bagaje cultural del que no hacía gala y que empleaba cuando consideraba oportuno. ¿Era esta personalidad lo que atraía especialmente a las mujeres y no solamente la belleza de pura cepa africana que parecía herencia de mezclas y selección de las más depuradas de ellas? ¿Era por aquel monumento de saber y de armonía por lo que las mujeres le reclamaban incluso entre sueños? Lourenço Mocuba se sentía tan seguro en su modestia que no sospechaba que las dos amigas hubieran llegado a crear dentro de sí un mundo propio que iba más lejos que el del resto de los mortales. No sé si estuve ayer contigo o te he soñado, le decía temblorosa Inês dos Praceres Gomes. ¿Has sido tú el de esta noche o mi imaginación me lo hace creer?, le interrogaba ansiosa Margarida Afonso dos Anjos.

En su ámbito de intensa atracción por Lourenço Mocuba ambas mujeres habían diseñado, cada una por su parte, un amante imaginario que trascendía la animalidad humana para ser un endriago. Aquello las salvó de una lucha encarnizada entre ellas y desbordó al ejemplar índico, del que exigían cada vez más en sus encuentros febriles.




7 de julio de 2017

La llamada del monstruo


(Karin Szekessy)



Inês dos Praceres Gomes, que jamás había tenido carencia de un hombre, sintió en una noche cálida la llamada del monstruo.

La temperatura concentrada en exceso dentro de la casa, tanta sequedad que estrangulaba cada ángulo de su cuerpo,  aquella inquietud de quien no sabe adaptar ni su torso ni sus extremidades a la cama, todo ello apostaba por un desasosiego generalizado que inhibía su respiración. Tenía las ventanas abiertas de par en par, la corriente de aire se deslizaba muy tenue y sibilina entre las puertas, y para evitar el resistero heredado del día había reducido al máximo la luz eléctrica. Se perpetraba una oscuridad rayana en el vacío que la confundía más. Extendía brazos y piernas con nerviosismo, para hacer más liviana la pesadez de aquellas horas muertas. Golpeaba sin cesar con sus palmas la llanura del lecho. La sábana, impregnada de la fragante humedad de su cuerpo, le clavaba el relieve de las arrugas transversales que, con los constantes retorcimientos causados por su desazón, había quedado dibujado sobre ella. El colchón parecía hundirse bajo el peso de la mujer. Inês, tan frágil, se sentía gravosa. Dispersaba sobre la almohada sus cabellos profundamente zainos, expandiéndolos con sus dedos delgados, luego giraba su rostro y lo hundía inhalando su propio aroma. Pellizcó la almohada, buscando lejanas identidades de la infancia, y por un instante pensó que se sumergía en un pozo cuya agua era la baba que ella misma generaba. O la saliva de las bocas de los hombres que había catado y la habían dejado siempre insatisfecha. En fin, tan pronto se hacía un ovillo como se dispersaba violentamente pues el calor casi dolía.

La mujer no sabía cómo ponerse. Se levantó, bebió agua, rascó aquellas zonas de sus muslos mordidas por la comezón y a las que irritó más, se abanicó sin orden alguno la superficie de su piel, en un gesto más simbólico que efectivo, intentando que los poros recibieran un frescor que la noche les negaba. Buscó los pequeños objetos de metal que hubiera a su alcance, los alambres trenzados del somier, unos tornillos incrustados en las patas de la cama, el cabecero desgastado, la manilla barroca de la mesilla. En aquellas efímeras sensaciones de frialdad encontraba alivio pero también frustración. Todo era insuficiente. Se desplazó por el cuarto, clavada a las paredes, raspando sus pechos contra el encalado, hiriéndose en un gesto primitivo y más bien desesperado. ¿Era solamente aquel clima denso y ofensivo lo que la zahería hasta incitarla a perder la razón? ¿Había algo más en el ambiente que le ponía en guardia, recordando cuanto le había contado su amiga Margarida? Entonces se ordenó a sí misma: refréscate, cuerpo, dijo de viva voz. Pero no dejaba de secar su sudor continuo, inagotable. Lamía cuantas gotas transpiraban desde sus mejillas. El pelo cada vez más pegajoso. La pelvis le hervía y pensó: hasta dónde llega este bochorno. Anduvo por la habitación temiendo generar más calorina, y lo hacía despacio, buscando distraerse de este modo. Cuando consideró que la opción no era efectiva se sentó en una silla. Desnuda, cediendo todas las partes posibles de su cuerpo contra los puntos de apoyo, buscando la frialdad de las superficies de los muebles, que no tardaban en arder a medida que imponía su carne sobre ellos.

En medio del desvelo tomó un libro entre las manos. Lámpara de mermada luz. Ventilador de mesilla. Espalda adherida a un respaldo de caoba, acaso imitación. Un vaso de agua perfumada de lima. Entretenida tendré menos calor, trató de persuadirse. Casualidad o paradoja, el argumento de la novela consistía en una historia de amor entre inuits interrumpida por la partida del hombre a su período de caza. La mujer inuit veía acortada su recién incubada querencia y se disponía con tristeza a soportar un largo tiempo de ausencia del hombre. O, mejor dicho, de privación del hombre. Las imágenes que se desprendían de la lectura y las que ella añadía de su cosecha a un texto que la atrapaba apartaron a Inês de la incandescencia de la noche. Se relajó, depositó el libro en su regazo, y allí, abrazándolo, lo acunó en un ejercicio de vaivén lento. Permaneció un rato absorta. Frotó con la lengua sus labios, no porque los encontrara más resecos, acaso por inercia, o por el atisbo de otra clase de sed. De pronto sintió que un apetito emergente la acuciaba procedente del interior del libro. Deseaba al varón inuit de la ficción que partía para la caza, angustiado también por abandonar a su esposa. Entrecerró los ojos. Imaginó súbitamente que una mano de hielo la recorría desde los pies hasta la nuca, troceando su cuerpo, abriéndole en canal como si se tratara de un animal marino. Vibró imaginando el ejercicio de una mano áspera, rugosa, cuya aridez, sorprendentemente, trasladaba sensaciones no alcanzadas anteriormente. Se prestó a la maniobra del hombre que iba tomando cuerpo en su mente. Que iba tomando su carne sin resistencia. La duermevela proporcionó a Inês la percepción de que la sensación térmica caliginosa se le rebajaba. Pero que otra energía más envolvente, ajena a la temperatura, la suplía. La proximidad de un cuerpo envuelto en pieles le producía fatiga y desconcierto, pero le atraía su roce, el cuero de su cinturón, la hebilla congelada, las manoplas de las que se había desprovisto y las llevaba ahora encajadas en su cintura. Fue entonces cuando le pareció que la presión elemental pero firme de unas manos curtidas por el aire polar y erosionadas por las ventiscas incesantes se deslizaban seguras y sin reparos por cada palmo de su desnudez. Inês acarició nerviosamente el lomo del libro, lo apretó en cuña contra su vientre, entreabrió a dos manos el volumen rasgando sus páginas. Sus dedos se humedecieron de la tinta desprendida de las palabras, que era tanto como decir de los sueños. Sueños que están escritos por el deseo.

Sumergida en el letargo del agotamiento, congelando la temperatura de su corriente sanguínea como un reptil, Inês dos Praceres Gomes soñó que el esposo inuit no volvía jamás a su hábitat de origen. Así se lo contó al día siguiente a su amiga íntima Margarida Afonso dos Anjos.