"Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres."

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.



24 de abril de 2017

Los entregados


(Jacob Aue Sobol)


¿Cuántos nombres quiso pronunciar el anciano Tatsuaki en los oídos de la joven Kabane? Estaba allí, con ella, solo dado a ella, únicamente dejándose capturar por la mujer intensa de ese momento de su vida. Pero ¿por qué le atravesaban fugaces y dolorosas las imágenes de cuantas mujeres había amado? Y sin embargo, lo percibió como una especie de ensoñación, sin que descuidara su entrega y sin que la joven advirtiera que el pasado trataba de zaherirlo como una venganza pasional. ¿Con qué derecho aquellas sombras trataban de impedir que el hombre alcanzara goce como en los mejores tiempos de su cuerpo? En el juego entre ambos, las palabras de placer fluían calmas y precisas de la boca del viejo. Las elegía con su forma de metáfora o de alegoría o simplemente comparándolas con elementos que él consideraba sublimes en la naturaleza. Musitaba rozando su cuello como si se tratara de invocar un hechizo. Tal era su tacto o la presión de su cuerpo sobre ella, un deslizamiento casi volátil. Ella se conmovió en la manera novedosa de amar que tenía aquel hombre. No solo diferente respecto a cuantos hombres había amado antes, sino inductiva, generadora de nuevas emociones. Lo asió con mimo pero también con excitación y no hizo remilgos de aquel cuerpo huesudo y de movimientos sosegados. No apartó su cara del perfil que le acariciaba. No rehuyó su boca de los labios caídos pero cálidos que convertían las palabras en una succión tenue y prolongada. No evitó su aliento de hambre y de sed que le pareció tan auténtico como turbador. Ito Kabane se dio cuenta de pronto que el hombre la tenía aferrada, que no era ya ella quien agitaba la actividad del anciano, que éste crecía en la posesión de su cuerpo juvenil. El anciano no ocultaba que estaba recuperando la memoria sobre otro cuerpo. Una memoria que había considerado perdida para siempre. Y aquel olvido de las sensaciones que tantas veces le habían embargado parecía ser reparado por la joven Kabane, que le devolvía con creces la medida de una fuerza que le remitía a sus orígenes. Como cuando se descubre de pronto un paisaje inédito o uno se deja seducir por una escena callejera asombrosa. La mirada experimentada del fotógrafo aparecía ahí de nuevo bajo otro prisma. Ahora era todo su cuerpo el que buscaba y toda su sangre latente la que actuaba en otro cuerpo. Ito Kabane vibró con el abrazo convulso del hombre. Se cimbreó a lo largo del cuerpo de Tatsuaki, del que escuchó brotar una voz profunda que se acercaba al placer de ella. Él lo pronunció con nitidez, acompañándolo del vigor de su bocanada húmeda. Esposa única, la llamó. Entonces la joven comprendió el carácter de ceremonia al que se habían aplicado ambos. Huyendo de las horas, del pasado y sus fantasmas y, sobre todo, anclándose a un destino enigmático que carecía de planes pero que se había instalado con desconcertante conmoción entre los dos.    


  



14 de abril de 2017

Mutuos acogimientos


(Ishiuchi Miyako)


No estés inquieto, yo te acogeré, dijo ella. Han sido muchos años de desamor, comentó el viejo. Sólo los que no han amado nunca, o escasamente, ignoran la fuerza que para cada uno conlleva la decisión del desamor, le respondió la joven con audacia. Lo ves así porque eres joven, Ito, pero el desamor no es únicamente alejamiento de otra persona. No se decide, se instala de manera lenta y dañina. Lo peor es que te alejas de ti mismo. Que ya no te atreves  a probar de nuevo con cierta consistencia, que no sabes reconstruir tu mundo afectivo. Y te acostumbras a lo fácil, a la oportunidad que te surja. O al olvido. Pero eso te obliga a sacar fuerza de ti mismo y te pone en el camino de la superación, Tatsuaki, dijo ella con soberbia juvenil. Yo he vivido siempre de esa manera y aquí estoy, y sonó a confidencia. Más o menos a gusto, pero sobreviviendo, y sabiendo distinguir quién quiere aprovecharse de una o quién te necesita realmente, dure lo que dure el sentido de un encuentro. El amor es siempre circunstancial, y más cuando oficios como el mío no te dan estabilidad, remató Ito Kabane. Sus ojos se encontraron a través de miradas diferentes pero intensas. No estés inseguro, dijo al anciano atrayendo su cuerpo frío hacia el propio. La firmeza de ideas de la joven estremeció al hombre. Hablas como yo opinaba hace mucho, eres una alumna aventajada de la esperanza, pero mi tiempo es un tiempo extraviado. Sintió que el cuerpo flexible y encendido de la mujer se apoderaba del suyo, y quiso creer que lo había tenido siempre. Tantos años...musitó en un guiño quebradizo. Habré perdido el saber acumulado, tal vez las reacciones de los sentidos, sin duda que la energía. Pero no la ternura, estuvo a punto de soltar ella. No te acojo por compasión, ¿sabes?, ni por curiosidad, entiéndeme, ni por ponerme a prueba a mí misma, dejó caer espaciadamente la modelo en el oído del fotógrafo. No me lo creo, pensó para sí el hombre, pero no respondió. Prefirió la seguridad de la ilusión incierta. Notó que su cuerpo despertaba de un letargo largo, extendió las manos hacia la belleza oferente y se dejó querer.      




3 de abril de 2017

Devaneos de Ito Kabane


(Jacob Aue Sobol)


Me gusta la delicadeza de Tatsuaki. ¿Habrá sido siempre así o es cosa de la vejez, que vuelve más pusilánime a la gente? Me agrada exponerme sin inhibiciones a su mirada. No se trata de ser fría y no dejarme afectar, ya tengo muy superadas las observaciones recónditas, y a veces perversas, de los hombres. Tal vez sea el acicate por el hecho de que le pueda estar seduciendo. Aunque ¿qué problema puede haber en que a su edad se sienta atraído hacia una mujer a la que multiplica en años? Su mente es muy cuerda y eso me cautiva. Sus sentimientos son como una cosecha de intensas y profundas experiencias asimiladas que le han hecho más fuerte para defenderse y sobrevivir. Su actitud comprensiva ante cualquier situación o conducta de los hombres le vuelve hermoso. Sin embargo, le veo tan frágil en su soledad sentimental. ¿Es lo que nos espera a todos cuando lleguemos a ancianos? Le concedo el don de ofrecerle mi cuerpo y mis movimientos a cambio de que él ejecute lo que tal vez sean las últimas obras de un profesional al que ya no se tiene en cuenta. Él, que tanto ha aportado a reflejar las vidas de fuera y dentro de los individuos, permanece ahora prácticamente olvidado. Suficiente para que su alejamiento del mundo se acentúe. ¿Podría yo dejarlo a las puertas de proporcionarle un regalo mayor? Lo que ha aportado con su trabajo sería incompleto. Sé que posee una mirada magistral, y que lo demostrará a la hora de revelar las fotografías que me haga. No, no tengo actitud de caridad con él. Es otra cosa. Acaso un instinto de protección que reclama una correspondencia. ¿O disimulo una insaciable y furtiva tentación de vivir con él lo que no he sentido con otros? Si Tatsuaki me desea y sabe llegar con su cámara hasta cada rincón de mi cuerpo y a cada manifestación de mis poses más auténticas, ¿no se merece atravesar el aura de mi piel ante la cual su prudencia le hace detenerse? No me da temor su gesto huidizo, ni me produce desagrado alguno el tacto de sus manos, ni hay fricción incómoda en los roces ocasionales con su cuerpo, ni creo que su carne ajada y floja esté desprovista de calor. Además, ¿no es el verdadero fin del amor obtener calor? Esa soledad que le cohíbe para hablar de sus pasiones lejanas, ¿le habrá causado olvido para saber manifestarse en intimidad con una mujer? Sería una cínica si ocultara que la curiosidad me excita. ¿Cómo amará un viejo a una joven? ¿Será su falta de vigor una barrera? ¿Repelerán los olores de un cuerpo lacio? ¿Se extraviará en un llanto si no consigue poseer a la mujer? ¿Se deshará de mi como si fuera un novato sin acierto? Mis prejuicios inducen a que me haga preguntas sin cesar, como un intento sospechoso para que desista de entregarme a él.    

Señor Tatsuaki, saltó de pronto agitada la joven interrumpiendo sus pensamientos revoltosos. Haga de la fotografía sobre mi cuerpo el recto camino hacia el calor, que además es luz, pidió con evidente y sagaz discurso zen. Soy lo que usted quiera ver dentro de mí. Descúbreme pues, insistió descendiendo al tuteo. El hombre pareció ignorar a la chica. Pero en aquel tuteo reverdecieron dentro de él las edades perdidas del amor.




26 de marzo de 2017

Preparativos para el ritual


(Rikki Kasso)


¿Te sientes cómoda, Ito? La joven sonrió, agradecida por la pregunta del anciano. Pocas veces se han interesado los fotógrafos por mi estado cuando me he expuesto a sus cámaras, respondió. Ellos iban a la urgencia de disparar sobre mi cuerpo y luego elegir con arreglo a lo que las marcas comerciales pidieran. Lo nuestro no es comercial, dijo el viejo, y ella supo encajar el doble sentido. Quiso seguir explicándose. ¿Sabe por qué estoy tan relajada? Porque lo necesito. Necesito que una sesión fotográfica no sea una sesión, sino una ceremonia, como usted dijo una vez que le gustaría hacer. Cada fotógrafo para el que he posado era un mirón, bien encubierto o bien descarado. Demoraban el trabajo, me pedían que me quitara y me pusiera prendas, que alternara posturas extrañas, a veces incluso violentas, con la excusa de que no acertaban a reflejar la idea que el cliente reclamaba. Algunos no se limitaban a mirarme, me hacían sugerencias extralaborales, digamos. ¿No me pregunta si acepté, señor Tatsuaki? El hombre sonrió con naturalidad. ¿Por qué debería preguntarte? Jamás se me ocurriría interferir en la vida de otra persona, y menos en su pasado. ¿Y si le pido que me haga la pregunta, señor? Tatsuaki tragó saliva con disimulo. Este trípode está bastante endeble, dijo. ¿Y si a mí me apetece contárselo, aunque no me lo pida?, y la joven Ito parecía portarse como una adolescente caprichosa, evadiéndose de la mujer con autocontrol que Tatsuaki había considerado que era. Por supuesto, dijo el anciano imponiendo una tierna autoridad, siempre te escucharía. Te dejaría hablar de cuanto quisieras, te permitiría que me hicieras las preguntas más curiosas, si eso es lo que también pretendes con tu propuesta. Nuestra diferencia de edad no tiene por qué ser un abismo para comunicarnos, dijo al fin el fotógrafo temeroso de que la joven le estuviera buscando una vuelta impredecible. De pronto, la joven Kabane se centró en la escena. ¿Me prefiere saliendo de un kimono o de una yukata?, dijo. El anciano le miró con escepticismo. ¿Por qué tiene que ser de unos vestidos tradicionales tan rígidos?, preguntó con cierto tono de objeción. La joven saltó admirada de la duda. ¿Y usted me lo pregunta? ¿No va siquiera a sugerirme cómo debo vestir o desnudarme para que haga usted las mejores fotografías de su vida? El hombre se turbó, no sabiendo si por el ímpetu de la mujer o por la manera de obligarlo a valorarse como si aún estuviera en la mejor etapa de fotógrafo. Fue salomónico. Podemos probar con vestidos de ritual y con prendas cotidianas, no menos ritualizadas hoy día, le replicó Tatsuaki con mucho temple. Pues empecemos, dijo ella. Eso sí, no saque mi tatuaje hasta el final, según vayan saliendo las tomas. ¡Y míreme con más interés!, exclamó enérgica la modelo. Como un hombre debe mirar a una mujer apetecible, insistió no sin soberbia. El anciano percibió un temblor. No se sentía reñido, sino provocado por una latente pasión que empezaba a martirizarlo. Ito, esto tiene que ser una ceremonia, dijo firme y pausadamente.  


18 de marzo de 2017

Irezumi, una piel sobre la piel




Dicen que los cuerpos tatuados son las expresiones artísticas más antiguas, comenta Tatsuaki mientras observa el pequeño dibujo recóndito sobre la piel de la joven. ¿Antes que los humanos hablaran o que pintaran en abrigos de roca?, pregunta Ito. Sí, mucho antes, y el anciano sonríe. Eso me hace pensar en que el cuerpo ya fue el primer campo de experimentación natural, y no solo para hacer incisiones en él. Ito le mira con audacia. El cuerpo humano ¿lo es todo, maestro? El fotógrafo percibe con ironía esta expresión. Maestro le denomina, cuando aún no le ha enseñado nada. ¿Se trata de un reconocimiento o de una llamada? Lo es todo, en efecto, pero entiéndeme. Es todo porque cuanto existe fuera de nosotros, naturaleza, urbes y edificaciones, humanos, vínculos, edades, y toda la vorágine de creaciones artísticas solo adquieren valor en función de nuestra mirada. No solo de una tendencia colectiva, que siempre es abstracta, sino de cómo cada cual percibimos o, mejor dicho, recibimos, para satisfacción o rechazo, en nuestro cuerpo. Si cualquier cosa de fuera nos complace o asombra la incorporamos en alguna medida a nosotros. Si no nos hace sentir la repudiamos. Pero incluso el rechazo es un aviso más que tenemos en cuenta para futuras experiencias. Nos permite aprender. Ito desbroza lentamente con su mirada asombrada la mirada encendida del anciano. ¿Quiere decir que cuanto existe en el planeta o más en concreto cerca de nosotros, por muy real que sea, por mucho que afecte a millones de personas, solo puede justificarse mientras lo hacemos nuestro? Más o menos, ironiza el viejo, obviando a propósito que a la mayor parte de las leyes naturales le interesan escasamente las vidas humanas y sus efectos. Entonces, ¿sucede lo mismo con mi tatuaje?, pregunta la joven descubriendo más su dibujo. Está aquí, usted lo ve y soy yo quien lo llevo, por lo tanto solo puede ser mío. Tiene significado solo para mí y sin embargo si alguien me lo ve se está apoderando con la vista de él, lo quiere hacer suyo, ¿no? Así es, responde Tatsuaki, con la diferencia de que nada del tatuaje se desprende de tu piel, Ito, y el hombre o la mujer que lo mire, al intentar retenerlo para su recuerdo, se perturbará, saldrá de sí, y no podrá ya ser el mismo. La joven ha escuchado el extraño y sereno razonamiento del anciano. Palidece. ¿Tan inquietante es el significado de un tatuaje?, pregunta. Lo es. Aunque no tanto como el cuerpo que lo preserva.




11 de marzo de 2017

Las dudas del viejo adolescente


(Tatsuo Suzuki)


El viejo Tatsuaki no envió la carta imaginada a su joven amiga. Tampoco la rompió. Se daba cuenta de que cada ilusión llevaba consigo el contrapeso de un temor. Que dar un paso manifestando sentimientos era también exhibir debilidades. Que al revelar que había caído en una seducción, probablemente no tramada deliberadamente por la mujer, iba a exigirse esfuerzos que no sabía si podría realizar. Pero sobre todo era el miedo adolescente a ser rechazado lo que le sujetaba. Y él, se lo repetía una y otra vez, era extremadamente pudoroso. ¿Cómo podía latir aún dentro de sí, tras una vida azarosa, preñada de dificultades, maltratada por los desaciertos, una brizna de pasión? ¿Cómo podía abrirse paso entre su cuerpo achacoso y decrépito aquel entusiasmo que amenazaba con devenir en delirio? La represión a la que se estaba sometiendo le alteraba. Si lo que decía en una carta no nacida del todo era cierto, ¿por qué no arriesgarse? Mientras se debatía entre pros y contras consideró que entregándose solamente al mundo de la escueta razón jamás nadie probaría de la belleza y, por qué no, de la locura de los sentidos. Había separado tantas veces el ejercicio físico que perseguía placer de un sentimiento más profundo que le hubiera llevado a entrar en otra persona...Pero tampoco era tan rotundo ni tan diferente, se decía. ¿Cómo podían asegurar algunas personas a la ligera que un hombre y una mujer pueden entrar en contacto de cuerpos y desproveerse de sentimientos?  A cada mujer que he tocado, siquiera unas horas, la he reconocido amorosamente. Con cada mujer con la que desbrozado mi soledad, no importa la manera de haber llegado a ella, ha habido al menos un instante en que no he podido separar placer y contemplación de la belleza. Porque el placer no es solo sensación aguda, ni únicamente un deleite etéreo, sino llave para abrir tu propia puerta al mundo de lo inalcanzable. Nunca he sabido bien si realmente amamos o si nos imaginamos el amor. Puede que no sea otra cosa, por mucho que se sublime. Y si amar es imaginar, si es llegar a la percepción fantasiosa de que dos que vibran al unísono se reconocen, si es que uno permite al otro deslizarse en su propia búsqueda atenta, aunque no sienta del mismo modo, ¿qué importa la duración de la experiencia? ¿Qué valor superior puede tener una circunstancia sobre otra, bien se produzca un encuentro espontáneo o sea el resultado de un vínculo más estable? He amado a mujeres a las que pagué por unas horas o a las que conocí en un viaje. Por no mencionar la necesidad de acogernos que teníamos cuando el desastre de la guerra. ¿Puede definirse por la duración de un tiempo la intensidad de la pasión manifestada? ¿No puede haber más posesión y hasta más hondura allá donde la brevedad se impone por los motivos más indeseados o bien inesperados? ¿Desmerece acaso en sinceridad una cita sentida con una mujer a la que tal vez no volverás nunca a ver? Amar no ha debido ser para mí sino una constante y confusa persecución de mí mismo, aunque a lo largo de la vida haya necesitado, de manera prolongada o intermitente, a la mujer. Shintaro Tatsuaki se interrogaba con la baraja de las posibilidades, donde leía el juego inexplicable que siempre había practicado, para justificar su misma indecisión.

El viejo fotógrafo estaba entretenido cuidando sus plantas en la pequeña parcela ajardinada detrás de la casa, cuando Yuriko Hikoma, la vecina más cotilla, pero para él la más entrañable, entró con precipitación a anunciárselo. Señor Tatsuaki, su joven discípula viene hacia aquí. Se ha bajado del autobús  que procede de Sasakuza.






23 de febrero de 2017

Una carta inconclusa desde Shinjuku


(Tatsuo Suzuki)


No debería decirte esto. No debería decirte nada. Tendría tan solo que seguir el curso tímido y en parte extraño que a mi edad se me depara. Hablar de todo con prudencia, incluso de mi pasado, eso sí. Escucharte con alegría mesurada. Pero no revelarte los sentimientos que remueves dentro de mí. Podría traducirlos mal y querer lo que acaso no debo querer. Aunque ¿cómo puedo afirmar que no lo necesite? Y si lo precisara ¿sería saludable o me perjudicaría y entonces debería reprimir lo que bulle aquí dentro? Ito, si escuchases mis sueños, porque ellos tienen voz y cuentan y juegan a ser aún los sueños de alguien que creyera tener toda la vida por delante, ¿sabrías que te hablan a ti? Antes mis sueños me torturaban porque se inspiraban en lo que había quedado atrás. Tú todavía no has tenido tiempo de comprobarlo, pero cuanto vamos dejando en el pasado vibra por un salvaje complejo de pérdida y trata de vengarse erigiéndose en objetivo onírico, dejando su huella de vivencias arruinadas para que nos levantemos por la mañana desolados. ¡Quieren hacerse presentes de la manera más traidora que puedas imaginar! El pasado es vengativo, se resiste a no existir, y trata de canalizar su sed de desquite allá donde no llegamos. El sueño es propicio para él, es terreno fértil donde campa a placer.  A veces establece incluso una alianza con nuestros deseos inconscientes y nos martiriza, no solo en su territorio idóneo sino arrastrándose hasta nuestra vida cotidiana. Pero últimamente hay noches en que lo que sueño no se basa en experiencias pretéritas. Y las imágenes son nuevas y los rostros se muestran agradables y las palabras son propuestas y tu nombre se desvela entre todo ello y tu cuerpo se acerca al mío y yo me veo aún entero, ágil, deseable. No sé si este escrito te lo haré llegar. De momento es un desahogo, o una puesta en orden de unas inquietudes que jamás pensé que podrían apurarme a estas alturas. Pero ¿y si me dejo llevar por un arrebato y establezco un puente entre mis ilusiones y tú y te entrego la carta? Soy pudoroso aunque creo que podría afrontar el bochorno. No tengo mucho que perder. Uno siempre piensa que a un viejo se le permite que exprese casi todo. No solo sus quejas, sus desaires, sus apartados silenciosos, sus resistencias. También se le admiten quimeras, porque se le considera un delirante y se reciben sus ensoñaciones con afable bondad. De ahí no pasa, ciertamente. Pero yo no quiero, Ito, que me hagas sentir así. No hagas nunca caridad conmigo. Nada de un gesto, unas sonrisas, unas palmaditas graciosas. Preferiría tu desdén, no volver a verte, porque al menos sabría que me has tomado en serio. ¿Debería resignarme ante lo improbable? Tal vez estoy yendo contra aquello que muchos llaman la ley natural, algo que nunca he comprendido bien. Porque ¿qué clase de naturaleza establece límites a la necesidad del hombre? ¿Qué naturaleza puede reprimirse a sí misma? Y puede, claro que puede. Uno de sus rostros se impone al otro y le ordena que no vaya más allá. Y le habla al anciano con voz ronca y le dice que se conforme con la tranquilidad, con el pequeño bienestar y cierta capacidad de movimientos para que no se vea un inútil total. Pero ¿y si escuchara la otra voz de la naturaleza desafiando sus riesgos? ¿Y si tú fueras esa otra respuesta que detuviera mi tiempo ineluctable?





16 de febrero de 2017

En el estudio del fotógrafo Tatsuaki


(Nobuyoshi Araki)


A la joven Ito Kabane el barrio donde vivía el anciano le pareció apacible. Algunas nuevas edificaciones habían alterado para peor el perfil arquitectónico, pero sobrevivían cogollos de pequeñas viviendas que permanecían sin modificar, en un estado análogo a décadas pasadas. Si bien humildes, no se las veía abandonadas y, no obstante la sencillez de los materiales, se observaba en ellas ciertos cuidados que expresaban vida. El mantenimiento del jardín, un pequeño huerto activo, la reparación de los tejados, el adecentamiento de las fachadas. Los compromisos de Ito Kabane la habían mantenido alejada del anciano durante varias semanas. Creí que te habías olvidado ya de nuestro acuerdo, dijo sorprendido y tembloroso Tatsuaki al verla entrar en su casa. Se arrepintió al instante, por si sus palabras contenían reproche, él que no era dado a reprochar nada a nadie. La modelo se había presentado en el antiguo estudio del fotógrafo sin avisar. Me pillas con el piso descuidado, avanzó como excusa para disimular su confusión. Confusión que pretendía disimular una incontenible alegría por la súbita aparición de la mujer. 

El estudio propiamente dicho ocupaba la planta superior de la casa. Pocos cambios había realizado en él. Mantenía sus cámaras antiguas, su cuarto oscuro, un tanto desasistido, y aquellas telas que en ocasiones utilizaba para que los cuerpos de sus clientes resaltaran. Todo ello bastante obsoleto. Ito lo advirtió pero no dijo nada. Duermo en la parte baja, le dijo Tatsuaki, ya te habrás dado cuenta al pasar. El revoltijo habla por sí solo, insistió avergonzado. Antes había sido al revés, la vida privada arriba y el trabajo en la planta de calle. Mi cuerpo no está para andar subiendo y bajando ni siquiera estos cuatro peldaños. Además, y el hombre dio cierto énfasis a sus palabras, la luz que se recibe arriba ayuda a mi vista y a una suerte de alternar luces y sombras cuando tengo que realizar una fotografía especial. Prefiero la luz natural, confirmó. ¿Sabes, Ito? Nunca quise añadir nada a las imágenes de los clientes que no aportaran ellos mismos por su propia manera de ser. ¿Cree que hay dos luces entonces?, preguntó Ito al anciano. Siempre, aseveró Tatsuaki. La clave de una buena toma es cuando la luz externa, no importa si abunda o escasea, si es soleada o turbia, coincide con la que desprende un cuerpo. Ito mostró asombro. Me gusta su teoría, dijo. No, no me lo invento, se defendió el fotógrafo. Lo tengo comprobado, podría mostrarte infinidad de copias y tú misma distinguirías enseguida dónde se da esa convergencia de luces y cuáles se deben solamente al artificio. La joven le miró con ojos asombrados. Me gusta su talento, Tatsuaki, para mí su manera de proceder es todo un un desafío. Hasta ahora había estado rendida forzosamente a las luces y los fondos artificiales. Y, desde luego, a las órdenes y los caprichos de fotógrafos con dudosos escrúpulos, y pobre imaginación. Pero su método, señor Tatsuaki, es una propuesta que me cautiva, aunque no sé si sabré responder convenientemente. Sabrás, no lo dudes, dijo el anciano. Además, prácticamente lo vas a hacer todo tú. Imagina que yo apenas te digo: detente o muévete. Y que a partir de esos dos conceptos, digamos, opuestos y aparentemente irreconciliables, tú decides si quieres quedarte parada, echada o de pie o sentada recogida sobre tus rodillas, en las múltiples formas que un cuerpo puede adoptar. Y en esa decisión por detenerte un instante ha obrado mientras un movimiento, varios movimientos, aquello que denota que para llegar a una meta física antes hay que cambiar algo. Ito sintió un desasosiego placentero. Pero, ¿todo eso tiene que salir de mí?, preguntó. No voy a exigirte nada, respondió Tatsuaki, solo podría sugerir si tú misma dudas. Pero incluso dudando ya me estarás mostrando cómo eres. Imagina que solo te digo: Ito, llegas de la calle, apesadumbrada por algún problema o contenta porque has resuelto algo, y estás en tu casa, y haces lo que sueles hacer en tu casa, tocas los objetos que quieras, te sientas donde te apetece, te tumbas con la mirada perdida en el techo o das volteretas sobre el tatami. Estás sola y obras como te da la gana. Pues bien, aquí tampoco habrá nadie. Este viejo loco estará tras una sombra silenciosa, empuñará sin ruido una vieja cámara y simplemente seguirá con pasos débiles, sin molestar, el ejercicio de tu cuerpo. ¿Te ves capaz de ser así? Y mira que digo ser, no actuar. A Ito Kabane la proposición delicada del fotógrafo le pareció que celebraba, como nunca había sentido antes, el casamiento de la materia con la feminidad. Puedo intentarlo, respondió conteniendo sus emociones.