"Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres."

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.



23 de abril de 2016

Desahogo


(Joachim & Malik Verlag)



Hay hombres a los que se les debería exigir vivir dos veces, dijo ella. No una vida más larga, sino de otra clase, cuya dimensión no sé precisar, en la que vivieran de otra manera. ¿Un purgatorio, acaso?, intervino su amante. A eso lo llaman también existencia arrepentida, y ya la practica mucha gente. Tal vez, dudó ella, pero tal actitud implica una somera conciencia de la culpa, algo que yo considero insuficiente. No basta con el mero símbolo del perdón, ya sea el que emite la religión o el que inflige el castigo de la ley del Estado, que es a lo que se acogen la mayoría de los individuos canallas, precisó. Ah, tú planteas un tiempo denso en el que vivan atormentados por sus faltas. Que sepan lo que significa sentirse reprobados en lo más profundo de sí ante las conductas malvadas de su pasado, le contestó la otra mujer. Ambas permanecían aún con sus dedos enlazados, como si se sostuvieran ansiosas en el hilo del amor inconcluso, y necesitaran dirigir sus bríos hacia terrenos escabrosos. Ella insistió: ser perdonados o ser castigados nunca les sitúa en la sensación real de todo aquello que han pasado las personas que han recibido mal por su mano. Deberían ser rozados por alguno de los padecimientos que sus víctimas han sufrido, saber del dolor, arrastrarse en una humillación análoga, conocer la desesperanza, quebrarse ante el miedo más hondo. No debería pensar esto, a mí misma me parece espantoso. Tampoco es oportuno que lo diga justo ahora, cuando me siento unida a ti y no a un bárbaro. Su amante la besó en los párpados. Aquella ternura la calmó. Puso una voz tenue en su oído: quien debería desear todo lo que tú has dicho tendría que ser yo. Tengo profundas razones para haber acumulado odio. Aligera tu peso, infinitamente más leve que el mío. Suaviza el malestar por la recóndita traición de ese hombre que ha estado ocultándote su bestia. Al fin y al cabo, yo no tuve tanta suerte. Aliviémonos en una latitud diferente. No permitamos que lo vivido anteriormente cada una de nosotras nos obceque y nos desvíe del disfrute. Se miraron al fondo de sus ojos, ahuyentando el mal, abriéndose a otra vida.






8 de abril de 2016

Alejamiento



(Daido Moriyama)


¿Qué queda del tacto de otra persona sobre nuestro cuerpo cuando tiene lugar el abandono? Él cree que he sido yo la que me he ido. Pero hace tiempo que el hombre se iba alejando de mí, acaso sin saberlo. No era él, sino el otro que habita secretamente en él y al que no puede renunciar. Uno que yo no acepto. No voy a mentir y cargar las tintas de mi ira sobre las manifestaciones del hombre respecto a mí. Si me basara solamente en sus comportamientos no debería tener queja. He recibido afecto y atención y, sin ninguna duda, un refinado placer en cada uno de nuestros encuentros, esa difícil ofrenda que muchos hombres no saben obsequiar. Él siempre ha reconocido generosamente mi libertad y ha sabido responder como un hombre tranquilo ante mis ocasionales reacciones agitadas. Sé lo que pensarán mis amistades. ¿No te bastaba eso? ¿Qué más quieres? ¿Crees que vas a hallar un amante más completo? Si la gente no se dejara arrastrar por el aspecto exterior de las cosas, si se diera margen para concebir el amor no como una ensoñación sino como una realidad torticera que nos embarca pero nunca nos acaba de llevar a un puerto seguro, tal vez me entenderían.     

No podía soportar por más tiempo sus caricias, ni el tono pausado y agradable de su voz, ni el contacto de una piel que convulsionaba la mía, ni la manera de enfocar parcialmente los temas generales de la vida. Ni siquiera esa amable bondad que rezumaba y que causaba admiración en nuestros círculos de amigos, desatando un efecto de envidia sobre mi persona. Sabiendo lo que sé ahora, ¿cómo podría permitirme ser acogida por un cuerpo que desconozco a qué hombre de los dos que lleva dentro pertenece? ¿Cómo podría soportar el discurso de un individuo en apariencia prudente? Me hubiera dolido menos si hubiera aparecido otra mujer entre nosotros. Pero él nunca previó tal cosa. Su fijación conmigo era absoluta, aunque otros llamen a esa actitud fidelidad.

En mi vida ha habido hombres a los que me he entregado, aun sospechando que seguían viéndose con alguna amante con la que no habían roto del todo. También ellos me han compartido conociendo que yo reservaba ocasionalmente alguna relación poco definida. Los liberales en el amor nos hemos respetado y dado con generosidad cuando se han producido tales circunstancias. Afortunadamente hemos sabido reaccionar a tiempo ante los comportamientos de las personas posesivas, incapaces de comprender que el disfrute de la belleza no puede ser propiedad de nadie. Y que la búsqueda del placer hermoso es una proyección más honda, pero nunca definitiva, del reconocimiento de una naturaleza benigna y propia del signo de unos tiempos que no condenan la exploración de unos individuos por otros. 

Pero no es por nada de eso por lo que me he alejado de mi amante. No me tengo por vieja y, lejos de hundirme, las dificultades me dan alas. A estas alturas prefiero elegir la flor del día y, aunque asumo que había llegado a una cota de ternura y de goce con él como no había percibido con otros, cundía dentro de mí un rechazo virulento ante su presencia. Había empezado a sentir ásperas esas manos, escamosa toda la piel de su cuerpo, biliosa su mirada, broncas las palabras que pronunciaba, airados los ademanes, feroces sus movimientos, agresivas las maneras de tomarme. Sí, es una percepción imaginaria de que el otro que se impone a él mismo en su propio interior me maltrata y me reduce, como voy sabiendo que puede estar haciendo con otros seres. Este hombre bueno, este amante idóneo, este personaje admirado no ama a los demás humanos. ¿Será cierto que oculta a un individuo despiadado? Entonces, ¿cómo permanecer más tiempo con quien no ama a los que tienen el mismo derecho a vivir que él?





26 de marzo de 2016

Y de pronto, la vejez



(Bernard Plossu)



Hoy es el primer día que me siento viejo. No, no pregunten por mis años. Tengo una edad y he perdido otra. 

La edad no es estable, ni se trata de una cifra. Es una mutación, un trazado confuso cuya marca se emborrona. Otros dirán que es una línea que sucede a otra línea, al modo de un hexagrama chino, pero cuya interpretación resulta más dificultosa e incierta. No lo sé. Nunca sabemos con exactitud en qué línea estamos y mucho menos en que tramo de ella, si es que la línea es el modelo por excelencia de una imagen rectilínea. Yo no lo creo. No veo el tiempo como una geometría única aunque vaya en una dirección inexorable. A veces sus perfiles se difuminan, otras se hacen evidentes. Soslayamos lo curvo, pensando que nos aleja y saltamos sobre lo lateral, como si no fuera con nosotros. Error. Sus contornos nos asombran con redondeces que enriquecen nuestra existencia, nos conducen a lo imprevisto, nos sorprenden con cortes que hieren, o toman la disposición de aristas extrañas que dificultan la marcha y nos desvían. Tantas veces lo que parece un callejón sin salida nos depara un nuevo mundo... Si por algo se califica la edad es por ser solo una palabra, bastante trivial por cierto. O por ser un lugar inaprensible, ausente.

Eso me parecía hasta ahora, en los momentos que me entrego al filo despiadado de las reflexiones. En ocasiones te has puesto a meditar sobre la dimensión del tiempo, me digo, y te has perdido en la disolución del discurso. Ahora es cuando te das cuenta de que el perímetro de los días se desestabiliza como nunca lo hizo antes. Jamás te acuestas del mismo modo que ayer ni amaneces con el mismo talante. Aparentemente sí. Pero eso no es el tiempo, es la circunstancia, una manera de estar a caballo, no se sabe si al paso o al trote, entre el espacio de los cuerpos y el tránsito temporal de los compromisos y las exigencias. 

Por qué hoy me cae de repente encima la vejez es una impresión que me viene zahiriendo todo el día. Puede que a causa del rostro inexpresivo que veo reflejado en el espejo, acaso este tono aguardentoso de voz, o bien el aullido de un tirón muscular en el costado. Justificaciones. Ha sido a raíz de levantarse la mujer, precipitada y mohína, alejándose con brusquedad de mi lado. Ha sido tras la agitación de unos cacharros en la cocina, del golpeo de la tapa del inodoro, y un rastro descuidado de agua que ha quedado por el suelo. El frío inexplicable, repentino. El eco de unas palabras cínicas, pronunciadas con tono excitado. Martilleo de reproches, endurecido a través de un mensaje cruel. Después, apenas las sensaciones. Inmediatas, dolorosas. El vacío. La sospecha de que un aroma al que estaba acostumbrado, en el que yo mismo había habitado, se haya diluido para siempre entre mis sábanas. El temor al no retorno. ¿Son los lenguajes ocultos del cuerpo los que me atosigan, cargándome de ancianidad antes de tiempo? De la cabeza a los pies, un temblor fatigoso se hace presente. La lasitud me encoge. Es como si todo lo vivido con ella se hubiera retirado de improviso. Instalándose en esa estancia abrumadora llamada recuerdo. Dicen que así sucede cuando se apresura la muerte total. Acaso esto que me ocurre, que nos ocurre, es también una expresión anticipada de la muerte física. Porque, ¿no muere uno cuando padece la pérdida de una parte decisiva de sí mismo?

Ceniza de los días exultantes. No sé interpretar la huida de quien ha compartido complicidad y disfrute conmigo. ¿Qué faceta de mí no le ha gustado? ¿Acaso haber preservado con excesiva discreción mi pasado? ¿No haber sido lo suficientemente elocuente y sincero? ¿Se ha percatado ella de que soterro emociones tras el despliegue de mi condescendencia carnal? ¿Sospecha que oculto un oficio menos digno tras mis comportamientos ordinarios? Preguntas que me hago a mí mismo de manera vertiginosa, horrorizado por ejercer de psicólogo sobre mi propio carácter. Yo, que tanto odio esa profesión.




17 de marzo de 2016

La redada



(René Groebli)


Nacemos para la muerte, bramó el sumo sacerdote desde las gradas del templo. Hubo un silencio que encogió aún más la naturaleza de los obligados acólitos. Aquella gente, sumisa por circunstancias forzadas, no estaba acostumbrada a tal clase de imprecaciones. Acaso por esa razón la voz de trueno y la sentencia rigurosa del clérigo les perturbó. Estaban allí a causa de la redada que había tenido lugar en todos los antros de la ciudad, a excepción de aquellos locales de clase alta que exhibían su hipócrita rótulo de espacios reservados y que eran intocables. Los tugurios fueron registrados palmo a palmo por las huestes clericales y se había conducido por la fuerza hasta la magnificente seo a tahúres, prostitutas, clientes, rufianes, beodos asiduos, sicarios, traficantes de vicios mayores y menores y delincuentes de infame ralea. 

Nacemos para la muerte, que nadie lo dude, insistió con voz suavizada el predicador y añadió con tono profético: pero morimos para la vida. Nadie de los presentes le entendió. Quien más o quien menos dio vueltas en su magín al oculto significado de aquella frase que parecía sacada de lo más profundo de los libros sagrados. Suena bien, dijo uno de los apresados al que tenía al lado. Pero, ¿qué ha querido decir?, respondió el de atrás. Me gustaría morirme entre alcohol y putas, soltó el que despedía un tufo ácido desde lo más hondo de su estómago. Pues a mí no me importaría correr el peor de los riesgos por conseguir los tesoros que debe tener este vocero, comentó sarcástico el especialista consumado en asaltos. 

El alto clérigo, en aquel cuchicheo sordo creyó percibir la inquietud de la masa. Ya van encarrilados, pensó. Y se deshizo en una catarata de recomendaciones ásperas. Tenemos que purificaros, dijo, y se corrigió. Tenéis que purificaros, tenéis que limpiar vuestros espíritus y cambiar vuestras actitudes para que no muráis antes de tiempo. Y lo trágico no sería que desaparecierais, pues la sociedad agradecería la limpieza, sino que unierais el destino malogrado que os ha marcado en vida a la desdicha de la condenación, donde lo peor no es tal sanción sino vuestra negación eterna. 

La turba allí domesticada siguió sin entender a aquel personaje, pero en voz baja alabaron su buen decir y la facilidad de palabra. Debe desear para nosotros algo bueno, pensaron muchos. Asomaron las primeras lágrimas, las fáciles, entre los más débiles. Otros cayeron en una profunda introspección en la que no se sabía si lo que cundía era miedo, el arrepentimiento de sus conductas díscolas o el tanteo para sortear aquel destierro que no les proporcionaría ya placeres sino dolor e insatisfacción. A uno de los indóciles, aprovechando una pausa motivada por la contención de un gargajo por parte del orador, se le ocurrió alzar prudente la voz. Preguntó. Si nos corregimos y expiamos, ¿podremos ser modelos para otros pecadores? Todos temieron que la pregunta, un tanto soberbia, irritase al clérigo. Pero, de pronto, éste se dulcificó, contempló de un extremo a otro a la grey, pasó revista con la mirada a cada una de sus ovejas. Todos vieron cómo el férreo pontífice de la advertencia se emocionaba. Miradme a mí, dijo atemperado. ¿Pensaríais que yo fui una vez como vosotros? Todos se sorprendieron y turbados negaron con la cabeza. Pues bien, lo fui. Yo y la mayoría de los que fueron un día ungidos como yo.

La tensión se propagó bajo la sobrecogedora bóveda. Algunos cayeron genuflexos, como si las palabras escuchadas sonaran a revelación. Clamaron a gritos que se arrepentían de su pasado. La mayoría, viendo oportunamente una salida a su detención, se sumó con toda clase de manifestaciones grotescas y exculpatorias. Perdón, padre rector, queremos entrar en vuestro predio de bondad, vociferaban con falsa compunción. Entonces el sumo sacerdote se conmovió, su cuerpo entró en convulsiones, el verbo ducho se le bloqueó y no supo sino repetir nerviosamente una vez tras otra: yo fui como vosotros, yo fui como vosotros. 





9 de marzo de 2016

Muda



(Antoine D'Agata)



Hueles acre cuando te aprietas contra mi cuerpo, y me dices no des la luz, me dices deja que sientan mis sentidos como si no fueran míos, que no nos veamos el uno al otro bajo ningún prisma luminoso, que no sepamos quiénes somos, que compruebe tu cara con mis manos, son mis dedos, dices, los que te dibujan, los que afilan los perfiles de un rostro que habla y que mira y que jadea, porque me gusta marcar tus contornos, y donde no llegue con mis palmas, afirmas, llegaré con mi cuerpo cambiante, mi cuerpo que se estira para que tú te extiendas, que se impone al tuyo para que se deshaga en el vacío y se recomponga dentro de mí, así hablas con ese tono firme pero deslizante, y yo me acojo a tus órdenes, y deseo cumplir los trabajos que me impones, mis labios se resecan con la sal que emite tu piel, me da tanta sed el perímetro resbaladizo de tu cuerpo, quiero sujetarme a ti pero patino sobre tu carne que muda, que pierde sus asperezas, imperceptiblemente al principio, luego me diluyo, y la humedad acerba que excretas se apropia de mi identidad, y vas y me dices lenta, apagada casi, nos hemos perdido en un espacio en el que no nos reconocemos tal como éramos cuando llegamos aquí, te das cuenta, y yo digo que sí pero que no siendo ni uno ni otro también sentimos, y dices que sentir no necesita nombres ni imágenes ni tiempo, nada de eso basta para llegar más lejos, llegar a lo desconocido solo puede ser si no se pretende llegar a ninguna parte, y tu palabra alargada me convulsiona, es como si diseñaras un mundo con mi cuerpo que no hubiera imaginado, y al guiarme a través de tu verbo exacto y al afirmarme en tus sugerencias se produce en mí una identidad nueva, que no exige, que no compromete, que no crea dependencia, verás que sin verme te ves, dices contundente, y retrayendo tu lengua bífida que aún afilaba mi piel dejas caer junto a mi oreja una definitiva sentencia, ves qué fácil ha sido abandonar nuestro cuerpo de víboras y amarnos como humanos, y ambos derivamos nuestras lenguas múltiples en un solo manantial.






29 de febrero de 2016

La descendiente



(Annibale Carracci)



No sé si aquel antepasado existió realmente, aunque así se afirmara de generación en generación. ¿Debería producirme una emoción extraordinaria que hubiera habido un hombre de aventura en la familia? ¿Tendrían que bullir por ello mis fluidos de modo especial? Si durante décadas se ha silenciado el asunto, ¿por qué sale ahora a relucir? ¿Simplemente porque los tiempos han cambiado y se puede hablar libremente de ello? Sé que algunos parientes alardean ahora, incluso entre las amistades, de aquel episodio en que nuestras raíces se confunden con otras. Exotismo, dicen unos. Genealogía turbia, comentan otros de modo malévolo. A mí me da igual. Mi curiosidad es algo íntimo que no persigue justificarse ante nadie.


Cierto que las páginas de un diario que arroja poca luz y abunda en misterio hicieron arder mis manos cuando las recibí. Quería saber más. Tanto tiempo ocultándonos unos a otros la existencia del cartógrafo tras el vago rumor, sin creer nunca que fuera sino leyenda familiar. Nos movemos más entre el no saber que en el saber. Incluso consideramos menos problemático desconocer muchas cosas. Cuanto menos se sepa, menos conflictos, he escuchado en muchas ocasiones dentro de la familia. Yo me preguntaba si los problemas no vendrían precisamente de no tener claridad. Aclararlo siempre suponía tener que aceptar una realidad que, si bien ya pasada, no iba a ser del agrado. Es sabido que de la ignorancia muchos edifican su propio tótem, al que se aferran sin apearse un ápice de su necedad. Cierta gente huye de la indagación, así no se ve tentada a cambiar las conductas. Su torpeza les lleva a rechazar lo que conviene y seguir admitiendo lo que ya no es adecuado. Todo lo contrario de lo que debió hacer nuestro antepasado cuando se embarcó hace siglos para trazar cartas de continentes y océanos. Él no podía saber entonces que dibujaba también un nuevo mapa de su propia vida.

Nunca se está seguro de nada. Es uno de mis lemas preferidos. De lo que no sabemos y no queremos saber nacen las cábalas, sumamente peligrosas puesto que nos distraen de conocer los acontecimientos y la formación de los fenómenos. Para mí es un acicate no tener seguridad o, mejor dicho, no querer tenerla. Bajo lo que aparenta ser firme hay bastante arena movediza y muchos no tienen inconveniente en instalarse sobre ella. No es mi caso. De ahí que la aventura de mi antepasado me siga intrigando. No solo por lo que pudo hacer allá lejos y nunca supimos con exactitud. También porque mi instinto me dice que yo soy parecida a él en alguna característica recóndita. Mi color es aceitunado, y eso bastaría para descartar un vínculo. ¿De dónde viene esta pigmentación que me hace diferente a los otros miembros de la familia? El cartógrafo debía ser pelirrojo, se dijo toda la vida entre lo poco que se contaba de padres a hijos antes de que yo naciera. Entonces, ¿en qué punto la línea de transmisión de la naturaleza deparó un salto y se convirtió en excepción? 

Nadie se ha atrevido jamás a expulsarme del clan, pero a su vez han puesto en duda que yo sea una fiel heredera. Mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos eran y no eran de la familia. Una situación muy confusa. Saber y aceptar no siempre van de la mano. El resto de la familia sabía que esa rama era tan legítima como cualquier otra. Pero las diferencias no gustan de ser asumidas, abundaban los prejuicios. Ahora que se me respeta más que lo que se respetó a otros  -no estaría bien visto no hacerlo y tampoco sería legal-  mi empeño tiene más valor. De niña tuve que soportar chanzas de otros niños que contraponían al supuesto pelirrojo con mi propio color. Pero, ¿y si lograra demostrar que mi amor por los mapas y por el conocimiento de gentes y territorios viene por vía genética? ¿Y si el tono de mi piel, la prominencia de mis labios, el poblamiento de mis cejas, el generoso rizado de mi pelo o la forma de mi cráneo fueran también hijas de la geografía que obsesionaba al antepasado? Ya sé que al que no quiere escuchar no se le puede demostrar nada. No se deja. Demostrar no solo es razonar y exponer argumentos y pruebas, es proponer a los otros que acepten salir de su ceguera. Algo que no abunda.

Los fragmentos del diario de mi antepasado náufrago aclaran poco para otra mirada que no sea la mía. Yo busco en ellos una explicación sobre mi propia existencia. De que el océano no se tragó al hombre no me cabe duda, puesto que el escrito ha llegado hasta nuestros días, preservado secretamente. Nadie lo había prestado atención jamás. Pero las letras de ese manuscrito hablan como si fueran mi sangre. El relato alienta ocultas llamaradas en mi interior. Su resistencia invoca mi búsqueda apasionada. Y si mis pensamientos deslizan dudas, hay espacios y sensaciones de mi cuerpo que me sitúan en la verdad. Cuando en los atardeceres cálidos, por ejemplo, mi piel huele a especias lejanas y mi saliva se reviste de una consistencia salina. Cuando la sensibilidad de mis dedos acarician las plantas o mi olfato se recrea con los aromas del alba. Cuando mi cuerpo patina sobre el cuerpo de un hombre como una navegación tempestuosa. ¿Será todo ello un signo? 




23 de febrero de 2016

Fragmentos del diario de un geógrafo



(Théodore Géricault)




22 de diciembre 

...un fuerte viento de barlovento, apoyando la tormenta, ha arremetido contra el navío. En principio parecía que dominábamos la embestida; de hecho todos los efectivos de la tripulación se pusieron en guardia para, cada cual desde su puesto, evitar que los palos quebraran y la nave se inclinara peligrosamente hacia estribor. Por mi parte, ajeno al conocimiento de las tareas de marinería, no he sido de utilidad y he permanecido toda la noche recluido bajo cubierta, repasando nerviosamente los mapas imprecisos de los territorios a donde nos dirigimos. Nunca en mi vida, habiendo afrontado aventuras y riesgos de toda laya, me he visto tan agarrotado por el pánico, por lo que considero necesario registrar en mi diario el efecto de estas horas estremecedoras.


23 de diciembre 

 ...el oficial mayor dice que ya es el alba, pero para mí sigue siendo la noche interminable. El oleaje es tan intenso que al menos dos o tres marineros han desaparecido, bien porque no pudieran sujetarse con la maroma o por un fallo en la maniobra. No sé permanecer tranquilo aquí abajo. El movimiento de los objetos me desquicia, apenas puedo desplegar las cartas de navegación que el capitán me ha pedido que revise, ya que su vista es pésima. No entiendo que me pida algo que desconozco, salvo en aquella materia que consiste en revisar las zonas costeras y precisar ciertos rumbos. Sea cual sea lo que yo pueda hacer, tengo la sensación de que estamos vendidos. Mientras no amaine el temporal o salgamos de este vórtice que nos mantiene a su capricho no hay manera de situarse. Avanza el día pero es tan turbia la luz que los hombres están sumamente inquietos. No puedo seguir escribiendo, ni siquiera mi brazo es capaz de permanecer sobre el pupitre y temo se vuelque la tinta. Jamás me había sentido tan rendido a unas circunstancias que me superan y tan inútil para realizar un trabajo eficiente.


24 de diciembre 

...parece que hemos salido un poco del ojo de la tormenta, si bien puede tratarse de una situación pasajera. La tripulación está alarmada por los numerosos desperfectos que se van detectando. El capitán y el contramaestre me han pedido que les dibuje con mayor claridad las zonas costeras del sur, pues dicen que por allá los vientos son más suaves y tal vez podamos abrir una nueva ruta. Tengo la impresión de que es una estratagema para infundir confianza entre los hombres, ya que las cartas marinas son las que son y no tenemos otras, y un mapa que yo modifique a ciegas no va a sacarnos del atolladero. Todo el mundo ruega a las fuerzas del cielo que que cambie la dirección del viento y las nubes se alejen definitivamente. El mando me pide un gesto de complicidad y colaboraré aunque solo sea por elevar la moral colectiva. Si el capitán quiere justificarse con un mapa que no será verdadero, en el empeño de que hay que cambiar de rumbo, él sabrá. Estoy desarbolado de pensamientos y rendido al destino, así que no hay nada que perder.


26 de diciembre 

...la corriente de agua que ha inundado la bodega no solo ha dañado una parte considerable de las mercancías que transportamos así como de la munición destinada al fortín de Bonnefoi, sino que ha echado a perder bastantes vituallas. Aprovechamos esta calma chicha para tratar de poner a salvo lo que permanece incólume. La tripulación, debilitada por el esfuerzo de los últimos días, está malhumorada al tener que racionar los alimentos. Algunos hombres han enfermado. El capitán no me deja ni a sol ni a sombra, pretendiendo que a través de la cartografía que tengo entre manos obre un milagro. Parece olvidar que el que tiene que tomar decisiones es él. Su experiencia debería hacerle extremar su olfato. La salinidad que llega con el aire no augura un asentamiento de la bonanza y el océano empieza a estar de nuevo picado. Una parte importante del velamen se encuentra rasgada y si el viento se vuelve impetuoso tendremos problemas para avanzar. Estar al pairo si se cierne de nuevo la tempestad no es la mejor solución, comenta la marinería.


27 de diciembre 

...imposible escribir dos líneas seguidas. Es tal el grado de turbulencia que azota el navío que la confusión reina por doquier. Aunque los hombres saben estar perfectamente en sus arriesgadas posiciones de nada sirve si el capitán no toma una determinación. La resistencia de sus cuerpos puede resentirse, como así mismo quebrar la envergadura de la embarcación. Sin haber hecho mayores esfuerzos tengo magulladuras por todas partes. Los hombres se ríen de mi queja por lo que llaman males menores y me muestran heridas profundas, costillas partidas, tumoraciones en su piel. En fin, un estado de desgaste generalizado que les vuelve decrépitos. Únicamente palían sus desdichas ingiriendo el alcohol que llevamos como mercancía a bordo. 


28 de diciembre 

...al fin hemos cambiado el rumbo y, según el capitán, muy al albur. Tal maniobra prometía al principio salir del círculo vicioso en que nos mantenía el océano. Pero o bien hemos retrocedido, capturados de nuevo por un remolino de dimensiones colosales, o la tempestad se extiende mucho más de lo previsto, el caso es que las acometidas son superiores a las que anteriormente hemos sufrido. Cunde la alarma y la tripulación no deja de comentar que la situación va de mal en peor. La nave escora peligrosamente, ora a babor, ora a estribor, y hay momentos en que se encabrita como si no pudiera volver a seguir el ritmo del oleaje. Para evitar la pérdida o el destrozo, he recogido los mapas, mis libros, la escribanía. Oigo más griterío y carreras de lo habitual, aunque no me llegan muy perceptibles, pues el ruido ensordecedor de los elementos se ha adueñado del navío, al que consideran un intruso en su dominio proceloso. Dejo de escribir, puede suceder lo peor.


31 de diciembre o 1 de enero

...no sé con exactitud qué día es. Tampoco en qué parte del océano nos encontramos. He estado sin conocimiento mucho tiempo; el cuerpo, tan dolorido. Moraduras y cortes por todas partes. Crujen mis huesos como si fuera un anciano, tal vez haya alguno dislocado. Tengo una sed que duele. He salido a cubierta, dando tumbos. Llamo al capitán, pero no responde. Tampoco el alférez ni el piloto. Recorro el galeón sin encontrar hombre alguno. La confusión se apodera de mí. No aparece nadie, ni vivo ni muerto. Tampoco están los animales que trasladábamos en la bodega. Me siento contento por haber sobrevivido a la tempestad, pero mi desasosiego va en aumento. Las vías de agua son de escasa entidad y no parecen una amenaza. Me siento en una isla flotante, una especie de tierra de nadie entre el cielo y el mar. O, mejor dicho, entre mi respiración palpable y las ensoñaciones. No sé si servirá para algo que deje constancia de la situación, pero este diario obra como un instinto más de supervivencia. Acaso mi único testigo.


tal vez 4 de enero

...sigo perplejo, sin saber  muy bien en qué fecha me encuentro, aunque ¿de qué me serviría saberlo? Me río de esta situación enigmática, sin poder compartir con nadie ni mi perplejidad ni mis ironías. Pienso en la fábula bíblica de Noé llenando el arca de animales y parientes para salvarse. Aquí soy yo el único que resiste a la deriva, en una nave que se ha vaciado inexplicablemente de hombres. No sé si me he salvado o si estoy al otro lado de la vida y aún no  me he dado cuenta. Tengo algunos víveres, pero escaso apetito y un ánimo endeble. Solo me alimento de confusión.


sin fecha clara

...la carne en salazón está extremadamente salobre, apenas queda agua y el coñac como sustituto me produce más sed. El sol es tan cruel como lo fue la tormenta de los últimos días. A veces me vuelvo goloso con mis propios dedos untados en esta tinta que traslada las palabras a unos pliegos que nadie leerá jamás. No sé para qué escribo. ¿Para certificar que aún estoy vivo?


día sin número

...imposible situar en qué fecha vivo. Mi propia debilidad me somete a desvanecimientos frecuentes. Recorrer el navío, cuando las fuerzas me lo permiten, me aburre. Ya ni las ratas aparecen. No son deseables, pero al menos me proporcionaban juego y compañía. No sé lo qué digo; nunca me gustaron, pero cuando no tienes otros seres a los que aferrarte cualquier especie te habla y te entretiene. Mis pensamientos se han vuelto pesados, ni siquiera aquellas creencias que me inculcaron de niño están a salvo. Para qué. Han naufragado, como todos mis sentidos. La naturaleza que me alentó la vida es ahora inhóspita y cruel.


...

...no sé si escribo o sueño que escribo. Si al menos mantuviera la lucidez y la destreza suficientes para empuñar la pluma podría escribir mis propios recuerdos. Volvería una y otra vez a relatar cada episodio de mi vida, considerándolo desde personajes diversos. Podría ser una buena excusa para no sucumbir al tedio. Quién sabe si el recrear mis experiencias no me llevará también a renacer de nuevo.


...

...este sopor profundo tira de mí. Me despierto una y mil veces, en cada ocasión más exhausto. No soporto la idea de que me traicione el cuerpo ahora que he empezado a registrar los años de infancia. Nunca pensé que encontrarme cerca del fin me llevara al origen de esta manera. El escribiente que se ocultaba en mí ha tomado el relevo del cartógrafo que convertí en oficio. Tal vez porque los mapas de mares y territorios ya no podrán conducirme a ninguna parte y, en cambio, reconstruir con palabras mi vida desde los primeros pasos podría concederme la paz que jamás he tenido.


...

...escribir y leer mis primeros recuerdos me ha dado cierta fuerza. No para bien del funcionamiento corporal sino para mantener el temple y la resistencia. Leer lo que narro sobre mi pasado me produce congoja, pero después apacibilidad. A veces me quedo dormido y las alucinaciones, sumadas a lo que escribo, se convierten en un espacio único en el que me dejo mecer. ¿Moriré así? ¿Perderé la energía pero no la curiosidad por conquistar un territorio tan nuevo como desconocido?




14 de febrero de 2016

La mujer invisible



(Jean-François Jonvelle) 



Hoy he vuelto a ver a la mujer invisible. Cómo es posible, se preguntarán ustedes. No sé responder. Pero la he visto. No presentaba un perfil muy definido ni su imagen era un derroche de luminosidad, pero no me cabe duda de que se trataba de ella. Además, he escuchado su respiración contenida, su tono pausado y bajo de voz, los pasos prudentes y apenas ruidosos al pisar la tarima de la estancia. Suelo verla con cierta vaguedad algunas noches en que me desvelo y no sé poner orden en mis turbados pensamientos. Pero nunca con la evidencia con que hoy se ha mostrado. Otras veces se limitaba a permanecer en un rincón del cuarto y sonreír, o simplemente observarme. Una mujer invisible, aunque se me revele, es siempre un ser evanescente. Hasta ahora sus apariciones eran fugaces y, como mucho, el movimiento de aire que producía dejaba un aroma agradable a flor de primavera, pero confuso. No sabría decir qué flor emite el perfume natural que ella exhala, no soy experto en botánica y apenas en mujeres invisibles.  

La cercanía que ha mostrado esta madrugada me ha confundido. En otras ocasiones aparecía más ausente, como si ni el mundo ni yo mismo fuera con ella. Si tocaba los objetos, estos no variaban de ubicación. Si se desplazaba, no dejaba huella. Miraba el entorno, pero no lo alteraba. Solo cuando me parecía que fijaba sus ojos en los míos se alejaba de su invisibilidad. Hoy ha transgredido la conducta que era habitual en ella y su osadía tenía algo de invitación a que yo formara parte de su invisibilidad. Dirán ustedes que debe ser más bien a la inversa, que ella ha pretendido llegar a mí y manifestarse con su corporeidad. No estoy seguro. 

Se precipitaba la oscuridad hacia el alba y la invisible se ha acercado resuelta. ¿O me ha llevado a su ámbito silencioso y mortecino? Sentados ambos en la cama, sin distinguir qué territorio de los dos pisábamos, he percibido un halo tangible que me proporcionaba calor, pero también agitación. La mujer, con sus manos invisibles, palpaba mi cuerpo con cautela, como si deseara situarme en un espacio que ella pudiera ocupar. Yo solamente percibía ráfagas del éter que ella buscaba materializar. En el cuello, en la espalda, en las rodillas. ¿Cómo lograba ensortijar sus dedos en mis cabellos? ¿Cómo escribía caricias tibias en mis labios? ¿Cómo hurtaba mis palabras con su lengua ebúrnea? ¿Cómo arañaba mi pecho con sus uñas aguzadas? ¿Cómo hendía mi ingle con su vientre incandescente? Desplacé a un lado mi cuerpo para aprehender aquellos movimientos que se sugerían pero nada retuve. La mujer invisible, alterada, indecisa, se apartó de mí y se expuso al espejo. Esta es la ocasión de verla con alguna claridad, me dije. Me levanté impetuoso para capturar su imagen. Pero el espejo me devolvió una película de vaho, deleble, inaccesible.




7 de febrero de 2016

El samaritano



(August Sander)



En mayo de 1934 la casa del bibliófilo Hans Joachim Würth fue asaltada por energúmenos uniformados. Würth no era judío, tampoco comunista, ni siquiera un librepensador declarado y confeso. No se le conocía actividad pública alguna que le comprometiera. Toda su capacidad de expresión personal había sido reducida y modesta. La asistencia puntual a la junta de propietarios municipal y la participación alterna a una tertulia en el café El ciervo verde. En  la junta se limitaba a votar conforme a las razones de la mayoría en cuestiones de interés meramente organizativo y doméstico. En la tertulia era parco en palabras, preciso en sus aseveraciones y exacto en la recomendaciones acerca de lecturas. A las opiniones más polémicas él respondía con citas de autores clásicos. Al enfrentamiento entre tertulianos reaccionaba canturreando el pasaje de La cabalgata de las Valquirias. A la pretensión de alguno de los presentes de leer un artículo de la prensa oficial o bien un opúsculo clandestino Würth se echaba hacia atrás en el rincón donde estaba colgado el perchero y abría con disimulo una separata sobre el libro de Job en versión luterana.  

La casa del bibliófilo parecía más que una biblioteca personal un centro de acogida de libros huérfanos. Tomos provectos y jóvenes, polvorientos o bien oliendo todavía a tinta reciente, con tipografías al uso o conteniendo caracteres de alfabetos misteriosos. Interpretaciones históricas que ahora se negaban, novelas que apenas habían posado en los escaparates de las librerías, pensamiento político y filosófico que no estaban bien vistos, incluso volúmenes ilustrados sobre el arte maldito hallaban una tierra de promisión en espera de mejores tiempos en la casa de Würth.  El vicio o, mejor dicho, la virtud del hombre consistía en recoger libros tirados en cualquier parte, salvados de las piras o entregados voluntariamente por amigos que se sentían inseguros. Nunca imaginó que semejante generosidad pudiera ponerle en aprietos.

De dónde partió la información perniciosa por la que allanaron el domicilio del buen samaritano no se supo. Hans Joachim no era un hombre que se granjeara enemigos ni competía con nadie ni se traía entre manos negocios turbios que algún desagradecido aprovechara para ajustar cuentas. Una vieja novia despechada de juventud pillaba muy lejos. Los fieles del nuevo régimen no contaban con su apoyo pero tampoco les daba motivos para señalarlo. Hacía muchos años que había abandonado las clases lectivas como para que algún estudiante suspendido se tomara la revancha. No tenía ni deudores ni acreedores, así que la venganza por esta causa quedaba descartada. Tal vez el miedo o la tortura de uno de los perseguidos que le hubiera entregado parte de sus fondos para no ser destruidos podría haberle delatado. Partiera de donde partiera el chivatazo, los uniformados que irrumpieron en casa de Würth se llevaron un chasco.

Aquel día infausto los anaqueles de la vivienda del anciano apenas mostraban sino obras totalmente libres de sospecha. Autores reconocidos de la más acendrada idiosincrasia y del pensamiento ortodoxo, libros de historia y de eugenesia considerados sostén de las teorías advenedizas, tomos de mecánica y física obsoletos y algunos catálogos y composiciones musicales sobre la larga y rica tradición germánica. A la sección de asaltantes lo que hubiera allí les daba igual. Oían la palabra libro y les rechinaban los oídos. Veían una estantería repleta y se disponían a prender la hoguera. Olían el papel rancio y ácido de los volúmenes y se les alteraba el carácter. Pero sólo el jefe decidía. El jefe era un antiguo estudiante, entrado en años, frustrado en la carrera y que no había llegado a nada, pero que presumía de decidir sobre el sentido de la cultura. Pontificaba sobre el bien y el mal de lo que estaba escrito, daba el visto bueno a los contenidos morales apropiados o vía libre para destruir lo infame. Decidía, en fin, sobre el destino de la huella cultural de la historia, que él y los suyos consideraban propiedad y destino.

¿Dónde están todos esos libros que nos han dicho que recoges?, preguntó el líder del grupo de asalto a Würth. Todo lo que tengo está delante de vuestros ojos, respondió prudente y tranquilo el anciano. ¿Para qué iba a querer más? A un pitido del jefe los secuaces se desplegaron por la casa, abrieron puertas, corrieron muebles, desvencijaron armarios, subieron a las buhardillas. No encontraron nada oculto. Sabemos que no tienes más propiedades, dijo ufano el jefe, pero si aquí no están todos los libros que andas rescatando, ¿qué haces con ellos? ¿Dónde los escondes? O peor aún, ¿a quién se los has pasado? Pero Hans Joachim no se dejó amedrentar. Quien os haya ido con el cuento, respondió al energúmeno culto, miente. Todo lo que pude ya lo leí hace años y olvidado lo tengo. Aunque me dieran ahora un libro de esos que decís que van contra nuestra cultura y nuestro sistema, sentiría tales arcadas al rozar sus lomos que no podría ni abrirlo.

El jefe se sintió burlado, no se sabe si más por las informaciones dudosas que le habían conducido al desliz o por las respuestas del viejo, de quien se conocía de toda la vida su disposición lectora y sabia. Respecto a cómo se las ingenió Würth para ocultar aquel asilo de libros salvados de la destrucción es algo para lo que hoy, muchos años después de terminar el desastre, no se ha hallado explicación.  





31 de enero de 2016

Akiko y el profesor



(Daido Moriyama)


Los amores de Akiko con su profesor de lengua se iniciaron en un burdel. Él fue una tarde nevosa hasta el otro lado de la ciudad, se bajó en el apeadero de la vieja cementera y tomó la calle de los ferroviarios. En la casa le presentaron a Akiko. Ninguno de los dos exteriorizaron conocerse. Ni delante de la patrona y las otras mujeres, ni durante todo el tiempo que pasaron juntos. Mantuvieron la discreción, controlaron su mutua sorpresa, estuvieron en su papel. Ella olió enseguida que el profesor no era ningún novicio, no obstante los prudentes modales de éste. El hombre no se encontró con la alumna torpe que le sacaba de sus casillas; lo dedujo por aquella insinuación con que le recibió. Akiko estuvo tentada a ponerle a prueba. Hoy vas a ser mi cliente insatisfecho, urdió para sí mientras ajustaba el reloj. Pero el profesor, que ella había tomado por avezado, optó por quedarse inerte. Ninguno de los dos parecía urgir al otro. Permanecieron vestidos, tomaron sake, y la mujer encendió un cigarrillo ruso del paquete olvidado por otro cliente.

El profesor y Akiko se tantearon con miradas fugaces, disimuladas. Fueron cautelosos y abrieron un territorio de nadie. Relajado, expectante, mudo. Cierto que ambos hervían de curiosidad por llegar el uno al otro. Mas para ello tenían que desprenderse de sus personalidades anteriores. Ni el maestro podría enseñar ni la alumna sabría aprender. Los roles que les denunciaban debían quedar apartados. No se decidían a dar el paso como aquellos que se están conociendo por primera vez para un intercambio mercantil pasajero, que no compromete a más. No, en modo alguno la situación les resultaba incómoda. Para ella, porque el hombre ya había satisfecho el servicio y podía apurar su tiempo de manera inactiva. Para el profesor, porque no se recuperaba del estupor y el deseo había sido desplazado. Se siguieron observando sin prisa, con mayor decisión, con gestos sordos, ella recostada en la cama y él sentado en un sillón americano.

A medida que los ojos del hombre buscaban más insaciablemente los de la mujer, el silencio se volvió intenso, incluso activo. Akiko observó al profesor de lengua pronunciando en su interior un vocabulario apropiado, fijando una sintaxis apasionada que no expresó con voz. Más allá de la canosidad del hombre, del ligero encorvamiento de la espalda, de los ojos ahogados por la miopía de los años. Miraba los labios carnosos, casi occidentales, y la mueca sonriente que el hombre abortaba con frecuencia y que le atraía con fuerza. El profesor veía a la estudiante como si ambos estuvieran en clase, pero con la libertad que da un ambiente diferente. Fue también más lejos. Reparó en sus pechos delicados, enmarañó su mirada con el cabello de ella, hizo de su boca un pensamiento que se depositó recóndito en el cuello de Akiko.

Sin que ninguno de los dos tomara la iniciativa sintieron el agudo latigazo de la necesidad de conocerse íntimamente. Pero el mismo impulso que reprimían para aceptar el rol que deberían asumir en ese instante, les acercaba en otra dimensión que no parecía tener cabida en aquel ámbito. Se mintieron burdamente. Él dijo con aplomo forzado: nunca había estado en un sitio así. Ella dijo innecesariamente: yo no te conozco de nada. Pero ninguno se desvistió, ninguno acarició al otro, ninguno emitió una propuesta que hablara con palabras de carne. Sonó el contador del reloj. Akiko se levantó sin prisa y rozó la solapa del profesor. ¿Volverás?, murmuró en el oído del hombre.




23 de enero de 2016

La nueva diosa



(Gene Oryx)



Giorgio dei Parco, pintor secreto al servicio del Dux, recibió el encargo de pintar una representación femenina de nueva encarnación. Ni diosa de civilización antigua ni Virgen cristiana ni efebo angelicalmente reconvertido, la nueva imagen debía plasmar un concepto renovado de mujer que trascendiera la idea sublime pero distante que había sido aceptada hasta entonces. Ni las viejas divinidades matriarcales ni las nuevas vírgenes paridoras del Redentor expresaban ya el signo de los tiempos para la minoría culta de ciudadanos de la República.

El pintor favorito del gran mandatario buscó modelos por todos los rincones. Recorrió mercados callejeros, visitó casas de lenocinio, asistió a las grandes celebraciones de la corte, se introdujo en las estancias de príncipes, habló con pastoras púberes, visitó talleres de artesanos, platicó con las hilanderas, se desplazó a otras ciudades que rendían cuentas a la pujante República y llegó incluso a espiar en los gabinetes donde las modelos posaban para los pintores más solicitados. Por lo general fue discreto al observar a cuantas mujeres realizaban de mejor o peor grado sus tareas y se mostró expectante con cada rostro y cada actitud o simplemente con una pose de los cuerpos. Manifestó cautela con las más prudentes, desnudó a las descaradas, miró de reojo a las sujetas al hogar, tanteó a las campesinas, se refociló con las ansiosas, hizo propuestas a las desposadas más jóvenes. Tanto esfuerzo y, en ocasiones, sacrificio con tal de hallar en alguna de ellas una característica diferente. Perseguía una clave que le permitiera reflejar a la nueva mujer conforme a las caprichosas y confusas exigencias de los incipientes burgueses.

Un día, deambulando por los jardines de la villa que el Dux poseía fuera de la ciudad, Giorgio dei Parco observó que una joven mutilaba zarzales, efectuaba injertos, recogía flores e incluso limpiaba el suelo para que no se acumulase la hojarasca. Todo ello realizado con una calma y habilidad admirables. Se pasmó con los movimientos ágiles, casi musicales, que aquel cuerpo producía al ejecutar las labores. Parece mentira, pensó el pintor, que con la cantidad de trabajos que esta mujer acomete no pierda la serenidad ni altere su porte ni se advierta en su rostro malestar alguno. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo logras desempeñar tanta actividad sin que muestres perturbación por ello?, le preguntó Giorgio a la jardinera. Debe ser la costumbre, le respondió la mujer. Pero hay hombres que no mantendrían el control que tú consigues, insistió el pintor. Muy pocos hombres se empeñan en una actividad que les enseñe a hablar de tú a tú con la naturaleza, sino que más bien se enfrentan a ella para domeñarla o devastarla, le respondió con entereza. 

Giorgio se dio cuenta entonces que lo que embellecía a aquella mujer no era un rostro extraordinariamente agradable o un cuerpo esbelto o un ejercicio cortés de la palabra, sino la quietud que transmitía. ¿Puedo hacer un boceto tuyo?, le pidió Giorgio a la jardinera. No es necesario que poses en estudio para mí, me basta conque me permitas observarte en otras ocasiones inmersa en tu tarea.

Cuando Giorgio dei Parco hubo terminado la obra se lo hizo saber al Dux. Este se presentó en el estudio del pintor. Se quedó de una pieza. ¿Dónde has encontrado tal modelo de mujer especial cuya belleza reside principalmente en la dulzura del sosiego?, le inquirió el Dux. En los jardines de su villa, Serenísima, es una de las jardineras, le confesó el pintor. El Dux no dijo más en aquel momento, pero pensó para sí: jamás se me hubiera ocurrido imaginar que una de mis hijas pudiera encarnar el símbolo de la nueva mujer. Los mitos del pasado nos han cegado hasta el punto de no dejarnos ver la hermosura inmediata de la calma.





17 de enero de 2016

El poeta confundido



(Óleo del Maestro de la Anunciación de los Pastores)



Recitaba una y otra vez los versos del poeta alemán. Oh, tú cuya ausencia trajo mis desdichas. El libro se resentía del tacto de sus manos. Nunca había podido entregárselo a la destinataria. Para él aquella poesía fue un descubrimiento que quería compartir. Cayó en su propia trampa. Nada es el amor si los amantes no participan de lo agradable que depara la vida, se decía. Oh, tú que hablabas por boca del Eros inequívoco. Y para él lo gratificante no era el mero deseo pasional o la aspiración a un amor que nunca le habría de corresponder o una profesión que acaba enajenando, sino la literatura. En ella veía el mundo a través de otros mundos que le ofrecían una variedad de territorios inalcanzables o de experiencias arriesgadas. Puestos a hacer ficción, elijo la que más posibilidades me da con el mínimo de daño, reconocía en sí mismo. Oh, tú que te revelaste para hacerme padecer. Pero aquel libro poemático, bien porque tuviera resonancia de sus vivencias frustradas, bien porque era un grito de dolor, se había convertido en un amuleto. Qué mejor talismán que las palabras hilvanadas por un poeta maldito, pensaba.  Oh, tú que de la carne que tanto te anheló hiciste cenizas

Leía de cabo a rabo el libro favorito y volvía a envolverlo cuidadosamente en el papel elegante, a la espera de hacérselo llegar a la mujer. Pero la mujer nunca acababa de llegar a él. La ausencia llevaba camino de la desesperanza y poco a poco del olvido. En ocasiones parecía que el libro perdería su cometido perpetuo de obsequio y desaparecería en un alejado anaquel de su biblioteca. Pero algo especial, acaso una asociación de ideas o un despertar súbito de madrugada o unas frases escuchadas en cercanía en la misma lengua que el libro suponían para él una revelación. Entonces interrumpía sus quehaceres y corría al mueble donde estaba guardado. Abría el cajón, cerraba la puerta, se sentaba bajo una luz tibia, casi melancólica, y se disponía a iniciar una nueva lectura. 

Y entonces aquellas páginas le aportaban nueva luz. Donde la última vez él percibía tenebrosamente un amor imposible leía ahora una llegada entusiasta. Oh, tú que te aproximas para ser mi benefactora. O cuando había leído que el amor no solo es quebradizo entre personas sino que además embate contra el mundo y sus circunstancias, él hallaba ahora una manera de reencarnarse. Oh, tú que te negaste a destruir la esencia del hombre de bondad que  hay en mí. Y cuando el poeta había relatado los tiempos afligidos que laceraron su vida ahora le parecía que el sentido aportaba un equilibrio que le compensaba con creces. Oh, tú que me elevas para elevarte. No daba crédito a que el libro, que tantas veces había leído con fruición rigurosa, pudiera ahora transmitirle un libro nuevo. Se quedó parado en la última página, perplejo, sin decidirse a cerrar el libro, como si temiera que al hacerlo los versos huyeran, ahora que había hallado por fin una lectura que le consolaba. Sin duda que la mujer está cerca y podré entregarle el hermoso poemario, llegó a pensar con entusiasmo infuso.    

Cuando dejó el libro sobre la mesa se contempló los dedos untados de tinta y al olerlos le pareció que se confundían dentro de él dos poetas.




8 de enero de 2016

Recuento



(Mimmo Jodice)


En la hora fatídica en que le sobrevenía con lentitud la muerte Onán Basterra revivió todos los momentos de felicidad vividos. Fue una carrera vertiginosa de recuerdos, un recuento fugitivo cuya claridad le embargó. Arrinconado en el lecho del asilo, desahuciado por los médicos y tan solo en manos de los últimos mimos de las cuidadoras, Onán Basterra fue desgranando en su interior, con una memoria de agenda precisa, sus innumerables conquistas amorosas. Situaciones, espacios, rostros e incluso significados que solamente el sentimiento sabe poner a cuanto acontece en la vida, desfilaron ordenados, luminosos, detallados. Las voces prudentes y los pasos silenciosos de los empleados que entraban periódicamente a comprobar su estado no alteraron el balance de sus amoríos. Había hecho muchas cosas más en la vida, algunas reconocidas, otras discutidas por sus allegados. Pero en su estertor Onán eligió por instinto el recuerdo de todo aquello que le había proporcionado placer en estado puro. Podría decirse que había en aquel acto final algo de ceremonia de despedida y bastante de homenaje agradecido a cuantas mujeres se había entregado. 

Sumergido en la penumbra, con la boca abierta y desencajada por una quijada huesuda, el anciano emulaba al cadáver que todavía no era. El tiempo se le iba, pero se ratificaba en que aún era suyo. Memorizó con la capacidad de un niño. Como si el desgaste de los últimos años le concediera el premio de una recuperación fugaz. Allí,con la calma que proporciona saber que la pérdida definitiva va a hacer descansar, fingió ser juez de sus actos pasados. Consciente de que rendirse cuentas a sí mismo de sus innumerables relaciones no le producían inquietud ni desafección alguna, comprobó con extrema bondad que no cupo jamás la traición, menos el abandono, ni siquiera el despecho y en absoluto la incomprensión con cada una de las mujeres a las que amó. Sentía satisfacción por su particular moral al respecto y aceptaba de buen grado que aquella galería vertiginosa de amantes se desplegara ante él, echando un pulso extremo con la muerte próxima.

En su postrero episodio Onán Basterra no veía una exposición de bustos sonrientes, ni una exhibición de poses, ni siquiera un derroche de risas y caricias. Mucho menos el plano secreto de los momentos más íntimos. Cada figura pasajera, cuyo nombre y cara reverdecían como si no hubieran transcurrido los años, se presentaba ante él no para despedirlo sino para sujetarle a la vida de modo natural. Cada amante se le ofrecía con una frase cariñosa o con un gesto grato. Tal parecía que las palabras contuvieran claves que solo él podía interpretar y llevar a la nada que le esperaba.  Una de las mujeres dijo con desparpajo: Me gusta nuestro amor clandestino. Otra murmuró con tono secreto: Siempre serás presencia. Otra sonrió y no dijo nada. Aquella de allí decía: Cuando me tomabas hacías de mí transgresión. Otra más sentenció: Tú eres mi esposo aunque no lo seas. Llegó la misteriosa y le susurró: Nunca supe a quién amaba cuando te amaba, si a ti o a mí misma. La iracunda pero apasionada se le reveló con reproche: Debiste dedicarme más tiempo, pero tu intensidad me llenaba. Una silenciosa extendía una mano y trazaba signos invisibles sobre el pecho de él. Y así innumerables rostros y voces y actitudes de mujer fueron manteniendo las ascuas de la última fogata del hombre, antes de ser cenizas.

Cuando las secuencias de la memoria se agotaron, Onán percibió que una ráfaga de estremecimiento placentero le subía desde lo profundo del abdomen, se fijaba entre sus costillas y  le acuchillaba el corazón. Le encontraron muerto de madrugada, abrazado fuertemente a las carnes flácidas de su escuálido cuerpo.







1 de enero de 2016

Personalidades


(Saul Leiter)


¿A qué hombre de los que hay en mí amas?, le dije. A todos, me respondió hiriente. Pero todos no son yo de la misma forma, aclaré. Ella: Por eso me gusta amarte de manera diferente. ¿Esa sería la razón por la que a mí me parece estar a veces con otra mujer?, arriesgué. Tú sabrás, yo sé perfectamente cuándo me entrego a uno de los hombres que aun siendo tú no eres tú. Sentí celos de mí mismo: ¿me prefieres así, acaso? No es que te prefiera, y desnudó su mirada sobre mi cuerpo, sino que prefiero unos días al león, otros al ciervo y a veces al águila. Nunca pensé que mi pluralidad fuera también zoomorfa, le espeté asombrado. No podías saberlo, soy yo la que siente con toda claridad cuándo me elevan unas garras o me abreva una boca sedienta o me despedaza un manotazo o me recorre una lengua bífida. Me puse a la defensiva. Entiendo; quieres probar lo salvaje de mí antes de domesticarme. No, quiero sacar cuanto de montaraz se ha reprimido hasta ahora dentro de mi cuerpo. Podías darte a otros hombres y tener más seguridad de que tu fiera se tantea con otras, extremé la propuesta. Ella, firme: Para qué, si todos los hombres se crecen y se apocan dentro de ti. Además , ¿no te das cuenta de que quiero ser yo quien te ayude a descubrirlos?

Desde aquel diálogo inusitado, ambos nos sedujimos y nos traicionamos infinitas veces con nuestras otras personalidades.